Álvaro Bisama

Álvaro Bisama

Alvaro Bisama es escritor, autor de Estrellas muertas y Ruido, entre otras obras. Además, ve televisión chilena, mucha, y ha publicados sus ensayos sobre pantalla chica y cultura pop en Revista "Qué Pasa".

La Tercera PM

Bowie: La calavera del astronauta

Bowie jugó con todo eso, con la multiplicación de su identidad hasta volverse él mismo una legión, una multitud. Por lo mismo, su arte fue siempre sintético: la tradición completa del arte del siglo veinte estaba en él. Sus canciones pop tienen nunca escapan de la influencia, usan el collage como una forma de captar lo que vibra en el aire, su misterio depende de aquello

“En Cabo Kennedy ya había cazadores de reliquias que registraban la hierba en busca de tableros de instrumentos, trajes espaciales y, lo más valioso de todo, los cadáveres momificados de los astronautas muertos. Esos fragmentos ennegrecidos de clavículas y tibias, de rótulas y costillas, eran las reliquias peculiares de la era espacial, tan valoradas como los huesos de los santos de los altares medievales”, escribió J.G. Ballard en “El astronauta muerto”, un viejo relato suyo. En el texto, el programa espacial está desahuciado y sobre las abandonadas plataformas de lanzamiento de los cohetes, una pareja espera el retorno de un piloto cuyo cuerpo lleva veinte años orbitando la Tierra. Ballard es astuto; la historia espacial una trampa. Lo que le interesa es el modo en que la vida íntima de los protagonistas se deshace volviéndose otra ruina más, idéntica a los escombros del centro espacial  por el que deambulan como almas en pena, como fantasmas de otra era.

Anoto esto porque no dejo de pensar en ese cuento de Ballard cuando recuerdo que han pasado tres años de la muerte de David Bowie. Ballard lo escribió en 1968, pero sus ecos quizás están en el video de “Black Star”, una de las canciones del disco del mismo nombre que lanzó a días de su fallecimiento. El video, ya lo sabemos, es una especie de resumen, de despedida. Nada nuevo pues Bowie usó la ciencia ficción como un espejo y una profecía para entenderse a sí mismo y a los otros: fue a la vez un astronauta llamando a la Tierra y después un mártir extraterrestre. Nicolas Roeg lo filmó así, a la deriva en el mundo, fuera de lugar o de foco; del mismo modo en que el video de “Ashes to ashes” lo presentaba avanzando por una playa fluorescente, al modo de un Pierrot surreal, atrapado en un sueño metálico que la textura clásica del video tape hacía aún más áspero y extraño. “He aprendido todo lo que hay que saber del amor; detalles sórdidos a continuación”, cantaba. Lo mismo puede decirse de David Lynch, que lo filmó en “Fuego camina conmigo” apenas un par de minutos, saliendo de un ascensor y entrando a una oficina de Filadelfia como quien asciende del infierno. Ahí era Phillip Jeffries, un agente del FBI que se había entregado a influencias invisibles, acaso un fuerza eléctrica que era una señal de asesinato y muerte, otro confirmación de que la realidad está rota.

“Las estrellas de rock han asimilado todo tipo de filosofías, estilos, historias, escritos, y lanzan lo que han reciclado de todo eso”, le dijo alguna vez a Burroughs luego de comentar que no le había gustado una novela de Heinlein. Burroughs le indicó después que una canción suya le recordaba a T.S. Eliot. No es raro: Bowie comprendió que el pop era una máquina para procesar la cultura. Basta pensar que fue capaz de interpretar el “Baal” de Brecht en la tele un año antes de lanzar la fiesta que supuso “Let’s dance”, ese hit suyo que llegó tarde, demasiado tarde. “Cuando se está de noche sobre la hierba, tendido, se siente en los huesos que la Tierra es redonda y que volamos y que en este astro hay animales que devoran sus plantas. Es uno de los astros más pequeños”, anotó Brecht de la mano de su protagonista, al que Bowie representó como un adolescente tardío y mendicante, de nuevo solo en el mundo. “Mientras el color ilumina tu rostro, dejemos que se balancee, que se balancee atravesando la multitud hacia un espacio vacío”, cantó en “Let’s dance”.

Bowie jugó con todo eso, con la multiplicación de su identidad hasta volverse él mismo una legión, una multitud. Por lo mismo, su arte fue siempre sintético: la tradición completa del arte del siglo veinte estaba en él. Sus canciones pop tienen nunca escapan de la influencia, usan el collage como una forma de captar lo que vibra en el aire, su misterio depende de aquello. Todo eso culmina en “Black Star”, que es tal vez uno de los monumentos funerarios más impresionantes de los últimos años.  Dirigido por Johan Renck, en el video Bowie se reescribe a sí mismo de nuevo: su canción es una plegaria quebrada y él la canta cambiando el tono de su voz una y otra vez, sacudido y exhausto. 

Todo dura 10 minutos. En un planeta abandonado vemos un el cuerpo de un astronauta muerto y un sol negro. El astronauta lleva traje. El chiste está ahí. Es el mayor Tom pero también no lo es. Da lo mismo. Una mujer se acerca. ¿Es un sueño?¿Es un recuerdo? El color de video es sepia, el planeta del Bowie final está hecho de polvo y tierra. La mujer tiene cola. Abre el casco del astronauta: vemos un cráneo lleno de joyas. Mientras, Bowie canta. Una venda le cubre la mirada, arriba de cada ojo hay un botón. “¿Cuántas veces cae un ángel? ¿Cuántas personas mienten en lugar de hablar fuerte? Él pisó tierra sagrado. Él lloró fuerte en la multitud. Soy una estrella negra. Soy una estrella negra”, dice. Entonces, la muchacha lleva la calavera a una ciudad. Al fondo de ese lugar, antes del horizonte, se ven unos edificios oscuros, iluminados desde atrás por el fuego al modo de El Bosco. Vemos cómo el esqueleto sin cabeza del astronauta flota en el espacio, atraído por el sol negro. Bowie muestra un libro con una estrella negra en la portada. Lo agita como si fuese un libro religioso. Luego lo vemos cantando en un ático. El techo está lleno de agujeros por donde entra una luz sucia. Viste harapos, el sitio está lleno de muebles y objetos abandonados, de restos de vida. Soy una estrella negra, canta. La mujer muestra la calavera enjoyada a un grupo. Vemos unos espantapájaros que están vivos y se sacuden sobre el campo. Vemos gente que se mueve extáticamente: la canción existe dentro de los cuerpos. Los anima. Una criatura inhumana aparece, está llena de tentáculos, está hecha de hilachas de carne. Bowie sigue cantando y todo transcurre en esa ciudad vieja y perdida; en un lugar arrasado que está hecho de los escombros de la cultura del siglo veinte, de la guerra fría y lo que vino después de la guerra fría, de ese fin del mundo que nunca llegó, de todas esas canciones e identidades que alguna vez usó como ropas de fiesta; de todos esos restos que son ahora, como bien anticipó Ballard, objetos sagrados que apenas mantienen un leve lazo con un mundo perdido. Soy una estrella negra, soy una estrella negra, repite.

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