Por Ricardo OlaveLas razones que han vuelto a Groenlandia el territorio más apetecido por Estados Unidos
Este terreno es clave no sólo por su gran reserva de tierras raras, sino también porque se ha convertido en un punto geoestratégico y militar que, además, con el cambio climático va camino a ser una disputada ruta comercial. “Es la ‘guinda de la torta’ de un patrón global”, asegura Manuel Reyes, académico de la Universidad Andrés Bello.
Ubicada geográficamente en América del Norte, pero administrada bajo un gobierno autónomo que responde al Reino de Dinamarca, Groenlandia partió 2026 con los ojos de todo el mundo puestos bajo su territorio.
Con una superficie de más de 2,1 millones de kilómetros cuadrados –casi tres veces el tamaño de Chile–, es la isla más grande del planeta y está cubierta por una espesa capa de hielo que ha puesto en aprietos a quienes han querido vivir allí.
Habitada hace siglos por pueblos nativos que lograron adaptarse a las condiciones extremas sin alterar su entorno, hoy, sin embargo, podría ser parte de un gran conflicto internacional.

¿La razón? Las intenciones del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien desde su primer paso por la Casa Blanca ha manifestado su interés por tomar administrativamente estas tierras. Pero no sólo eso: este año ha aumentado exponencialmente el interés de privados estadounidenses por comprar terrenos en la capital de Groenlandia, Nuuk.
Todas estas acciones han generado distintos mensajes de respuestas, tanto por parte de Dinamarca, que se niega a cualquier acción conjunta con Estados Unidos, como de otros países como Canadá o Francia, que en los últimos días han establecido consulados en Nuuk como una forma de reafirmar su soberanía.
Manuel Reyes, Doctor en Minería y académico de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Andrés Bello, relata que dicha zona tiene dos activos estratégicos para el mundo actual: minerales críticos y nuevas vías marítimas que acortan drásticamente las rutas entre América y Asia: el Paso del Noroeste, en el Ártico canadiense, y la Ruta del Mar del Norte, en el Ártico ruso.

Así, sus 57 mil habitantes –una población menor a la de Melipilla– ahora se ven amenazados por intereses comerciales. A pesar de que los Inuit, nombre con el que se conoce a los pueblos indígenas que habitan el lugar, se independizaron parcialmente de Dinamarca en 1979, Reyes comenta que estos “mantienen una dependencia económica de 500 millones de dólares anuales en subvenciones danesas”.
Un factor económico que, bajo la segunda administración Trump, ha llevado a la autoridad a plantear la hipótesis de comprar la gran isla ártica a Dinamarca, pese al rechazo de sus habitantes. En las últimas semanas, ha declarado que hasta podría entregar US$100 mil por cada habitante, es decir, unos US$5.500 millones.
Esta oferta se suma a otros datos entregados por NBC News, quienes indicaron que la Casa Blanca podría llegar a desembolsar US$700 mil millones por tomar posesión, un que monto ha sido rechazado por las autoridades danesas.
A ojos de Manuel Reyes, la de Estados Unidos es una postura “radical y apresurada”, ya que está compitiendo contra sus dos grandes contrincantes: Rusia y China.
Con esos datos en la mesa, ¿la amenaza de Trump se trata solo de una búsqueda de recursos naturales o hay algo más profundo en juego?
Para Alejandro Arroyo, analista internacional de la Universidad Austral de Buenos Aires, es mucho más que eso. El factor determinante es la importancia estratégica de un territorio virtualmente deshabitado en una ubicación clave.

“Groenlandia en el futuro tendrá un dueño o, al menos, una potencia con preponderancia en su destino: Estados Unidos, China o Rusia”, asegura.
Para Arroyo, es un tema de tiempo. “Si Estados Unidos no actúa, Rusia o China lo harán”, propone.
La “agresiva administración” del mandatario norteamericano en esta disputa geopolítica, a su parecer, se debate también en la toma del control del paso canadiense, que es objeto de tensiones entre Canadá, Estados Unidos, Rusia, Noruega, Dinamarca e incluso Inglaterra.

“Para Washington, controlar Groenlandia no es solo por los minerales; es una necesidad de infraestructura militar y naval”, precisa, ya que su control permitiría un despliegue rápido en temas de mercancías y posibles conflictos armados, que hoy es inexistente.
Soberanía bajo asedio
Otro punto crucial para entender el interés de Estados Unidos por Groenlandia es el sistema de defensa planteado por el Presidente Trump, llamado “Cúpula dorada”: un millonario proyecto de construcción de un escudo antimisiles que tiene a la isla como eje estratégico para detener misiles balísticos intercontinentales disparados desde lugares como Rusia o China.
Sin embargo, su forma de plantear la situación ha sido, a juicio de los analistas, incómoda, ya que no ha tenido problemas incluso en ofrecer a Canadá ser parte del territorio estadounidense a cambio de ser protegido por este escudo antimisiles.
“Estados Unidos ha sido explícito: su zona de influencia directa ahora comienza en Groenlandia y termina en Tierra del Fuego”, afirma Guillermo Holzmann, analista internacional.
Con relación a Groenlandia, el académico de la Universidad de Valparaíso señala que dicho territorio cuenta con características únicas para instalar fundiciones de tierras raras bajo estándares que, aunque estrictos, permitirían un manejo de residuos que sería imposible en zonas densamente pobladas del resto del mundo.
“Es un movimiento geoeconómico de primer nivel”, resume.
Para el profesor de la UNAB Manuel Reyes, las tierras raras, concepto acuñado para referirse a concentraciones de elementos que serán de vital importancia para el avance tecnológico, no están tan disponibles en otros lados del mundo como lo están en la isla ártica.

Los diferentes elementos presentes sirven para construir, por ejemplo, imanes de torres eólicas, motores de alta eficiencia, el desarrollo de la Inteligencia Artificial o la creación de pantallas para smartphones, en un interés que se suma a otros recursos naturales.
“Estados Unidos tiene el ojo puesto ahí no sólo por los minerales, sino además por ser la segunda reserva de agua dulce del mundo”, problematiza Manuel Reyes de la UNAB.
Para los expertos entrevistados, todo es cuestión de tiempo, y cada día puede aparecer una noticia que cambie el estado actual.
La soberanía está bajo asedio, e informes internacionales dan cuenta que Rusia está reactivando sus antiguas bases soviéticas; mientras Estados Unidos mantiene su presencia militar.
Incluso, plantea Reyes, existe el riesgo de un “colonialismo corporativo”, al referirse a empresas con capacidad satelital para descubrir yacimientos sin haber pisado el terreno. “Groenlandia podría terminar subyugada no a un país, sino a una gran corporación que controle sus recursos antes de que ellos mismos sepan qué tienen”, acentúa.
Lo cierto es que el mundo cambiará y estamos a solo “cinco minutos” en términos históricos, según el analista argentino Alejandro Arroyo.
“Las proyecciones indican que para 2030 estas rutas serán operables entre cinco y seis meses al año. Para 2040, podrían estar transitables las 24 horas, los 7 días de la semana”, explica. Esta situación cambiará “abruptamente” las cadenas de suministro globales.

El fin de la diplomacia tradicional
El interés de Estados Unidos parece estar fracturando la relación con sus aliados tradicionales. Para los entrevistados, el acontecer noticioso es prueba del fin del orden internacional tal como lo conocíamos, abordado hace poco por el primer ministro canadiense, Mark Carney, en su reciente discurso durante el Foro Económico Mundial de Davos, donde se refirió a la necesidad de construir nuevas alianzas estratégicas.
“Este reordenamiento evidencia nuevas zonas de influencia para Rusia y Asia, con focos de tensión en Taiwán, Corea del Sur y Japón, consolidando un multipolarismo que aún está en construcción”, dice Guillermo Holzmann. Este cambio en el relato ha llevado a la potencia norteamericana a no esconder sus intereses principales.
Si antes Estados Unidos intervenía bajo los argumentos de la democracia o el desarrollo, la administración Trump ha roto ese esquema por uno de pragmatismo puro, tal como ocurrió con Venezuela a inicios de este año. “Este enfoque, basado en aranceles y presión directa, quiebra el sistema internacional multilateral de las Naciones Unidas”, explica.

El proceso de transformación del orden mundial continuará con o sin Trump, quien a ojos de los analistas solo ha acelerado el quiebre de las formas diplomáticas. Este cambio impactará a Chile en los próximos años.
“No estamos lejos de eso en el resto del mundo; en nuestro país existe la misma tensión con el ‘Triángulo del Litio’”, propone Manuel Reyes, ante los intereses económicos de este nuevo sector energético. La palabra soberanía está perdiendo su significado internacional, y para el profesor “Groenlandia es la ‘guinda de la torta’ de un patrón global”.
Ante las posibles lecciones que los otros países pueden aprender de esta situación, especialmente en el caso chileno, Guillermo Holzmann proyecta que Groenlandia puede ser el espejo de lo que ocurrirá en la Antártica, cuando el Tratado Antártico deba volver a discutirse, especialmente el Protocolo de Madrid para explotación minera a partir de 2048.

“Debemos observar cómo las potencias imponen dependencias en América Latina y el Caribe mientras consolidan su autonomía de recursos”, sentencia, no sin antes recordar que Chile cuenta con una ventaja: una tradición diplomática de manejo de conflictos vecinales, una proyección antártica sólida y una fachada al Pacífico estratégica.
“Debemos entender que el dominio de recursos como el litio, el cobre o las tierras raras es solo la antesala”, comenta Holzmann, anticipando que no será extraño comenzar a escuchar discusiones sobre el dominio espacial y los recursos de la Luna y otros planetas. “Groenlandia, con su infraestructura de seguimiento satelital y su importancia geoestratégica, es una pieza clave en esa transición hacia la economía del espacio”, concluye.
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