Por Bastián Díaz“Todo va a salir bien”: Las revelaciones del New York Times sobre cómo Trump se decidió a ir a la guerra con Irán
Una investigación con entrevistas “detrás de escenas” en la Casa Blanca da cuenta de cómo la voluntad del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu de atacar Irán coincidió con las ganas de Donald Trump de vengarse por el intento de asesinato en su contra ordenado por el ayatola Alí Jamenei.
Todo partió con unas diapositivas enseñadas en la Casa Blanca por Benjamin Netanyahu y sus equipos de inteligencia. El 11 de febrero, una reunión entre el presidente estadounidense Donald Trump, junto con su círculo más íntimo, y una delegación israelí liderada por el primer ministro, terminó por sembrar la idea de una guerra que, a pesar de las dudas que generaba, terminó empezando menos de un mes después.
El diario The New York Times, usando como fuente entrevistas realizadas bajo condición de anonimato, dio cuenta de los distintos debates internos que tuvieron lugar en los casi 20 días que llevaron a la guerra con Irán y la muerte del ayatola Alí Jamenei. La investigación, que se publicará integra en un libro llamado “Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump” que se publicará el 23 de junio, muestra cómo el primer ministro israelí convenció a Donald Trump de que era momento de atacar a Teherán, y cómo se discutió el plan en la Casa Blanca.
La historia comienza en el todoterreno negro que llevó a Benjamin Netanyahu, a la Casa Blanca el 11 de febrero, poco antes de las 11:00 a.m. El primer ministro israelí llevaba meses presionando a Trump para que accediera a atacar a Irán, y del auto, entró a la Sala de Gabinete y rápidamente a la Sala de Situaciones, fuera de la vista de los periodistas.
El acto principal tuvo lugar en esa sala, en la que raramente entran dirigentes extranjeros, y reunidos casi todos los altos funcionarios y generales de Trump, Netanyahu tuvo al público ideal para una propuesta dura: atacar a Irán y apurar un cambio de régimen, que podría conseguirse a través de una misión conjunta estadounidense-israelí.
En la pantalla situada detrás del primer ministro aparecía David Barnea, director del Mossad, la agencia de inteligencia exterior israelí, así como oficiales del Ejército israelí. Dispuestos visualmente detrás de Netanyahu, creaban la imagen de un líder en tiempo de guerra rodeado por su equipo, apunta el Times.
Entre las cosas que mostraba esta presentación, hubo videos con montajes de posibles nuevos dirigentes que podrían tomar el poder en Irán. Entre ellos, estaba Reza Pahlavi, el hijo del último sha, hoy un disidente que vive en Washington y que ha intentado posicionarse como un “líder laico para la transición”.
Según el equipo de Netanyahu, el programa de misiles balísticos de Irán podría destruirse en pocas semanas. El régimen, pensaban los israelíes, “quedaría tan debilitado que no podría asfixiar el estrecho de Ormuz, y la probabilidad de que Irán asestara golpes contra intereses estadounidenses en países vecinos se consideró mínima”, indica la investigación de Maggie Haberman y Jonathan Swan, corresponsales del New York Times en la Casa Blanca. Junto a eso, la delegación israelí confiaba en que los kurdos atacarían desde Irak, y la inteligencia del Mossad indicaba que volverían a empezar las protestas callejeras dentro de Irán que ayudarían a colapsar el régimen.

Trump vio todo esto y dijo “está bien”, lo que fue leído por el equipo de Netanyahu como un visto bueno. De ahí, al día siguiente un análisis de la inteligencia estadounidense fue comentado, también en la Sala de Situación, por Trump, su círculo íntimo y los generales.
En la opinión de los funcionarios de inteligencia, las cosas no era tan color de rosa como las indicaba Netanyahu. La presentación del israelí se podía dividir en cuatro partes. La primera era la decapitación: matar al ayatola. La segunda era paralizar la capacidad de Irán para proyectar poder y amenazar a sus vecinos. La tercera era un levantamiento popular dentro de Irán. Y la cuarta era el cambio de régimen, con la instalación de un líder laico para gobernar el país.
Dan Caine: “Los israelíes exageran”
El diagnóstico, en resumen, era que solo los dos primeros resultados eran conseguibles. De hecho, el director de la CIA, John Ratcliffe, fue más lejos y dijo que los escenarios de cambio de régimen, esbozados por Netanyahu, eran “ridículos”. “Entonces, ¿todo esto es una patraña?”, se preguntó por su parte el secretario de Estado, Marco Rubio.
J. D. Vance, el vicepresidente estadounidense recién llegado de Azerbaiyán, también expresó un fuerte escepticismo respecto al cambio de régimen. El general Dan Caine, jefe de la Junta de Estado Mayor Conjunto, al ser consultado por Trump expresó: “Señor, según mi experiencia, este es el procedimiento operativo habitual de los israelíes. Exageran y sus planes no siempre están bien desarrollados. Saben que nos necesitan y por eso exageran”.
Asimismo, Caine compartió con Trump y con otros la alarmante valoración militar de que una gran campaña contra Irán agotaría drásticamente las reservas de armamento estadounidense, incluidos los interceptores de misiles, cuyo suministro se había agotado tras años de apoyo a Ucrania e Israel. Caine no veía un camino claro para reponer rápidamente estos arsenales, indicó el Times.

Trump analizó rápidamente la valoración. El cambio de régimen, dijo, sería “problema de ellos”. No estaba claro si se refería a los israelíes o al pueblo iraní.
Con esos datos en la mesa, sin embargo, Trump aún quería desmantelar al liderazgo iraní. La idea de “convertirse en el presidente que logró el cambio de régimen” tentaba al republicano, que encima tenía una “espina clavada”: Irán había ya intentado asesinar a Trump en enero de 2020, y por eso mismo, el magnate quería eliminar al ayatola y “reír último”.
A esto se mezcló la renovada confianza en el Ejército, luego de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero. No se perdieron vidas estadounidenses en la operación, una prueba más para el presidente de la incomparable destreza de las fuerzas estadounidenses.
En el interior del círculo íntimo, había distintos grados de escepticismo o belicismo, y la persona que menos quería declarar la guerra a Irán era J. D. Vance. Él, que había construido su carrera oponiéndose al “aventurismo militar”, llegó a describir el posible conflicto como una “enorme distracción de recursos”. De ahí, si llegó a apoyar una acción en febrero, fue un “ataque punitivo limitado”, más que una guerra de tomo y lomo en Irán.
“Ante sus colegas, Vance le advirtió a Trump que una guerra contra Irán podría provocar el caos regional y un número incalculable de bajas. También podría romper la coalición política de Trump y sería vista como una traición por muchos votantes que creyeron en la promesa de no tener nuevas guerras”, indica el diario neoyorquino.

Susie Wiles, jefa de gabinete de la Casa Blanca, les dijo a sus colegas que le preocupaba que Estados Unidos se viera arrastrado a otra guerra en Medio Oriente. Un ataque a Irán conllevaba la posibilidad de disparar los precios de la gasolina meses antes de las elecciones intermedias que podrían ayudar a decidir si los dos últimos años del segundo mandato de Trump serían años de logros o de citaciones por parte de los demócratas de la Cámara de Representantes. Pero, al final, Wiles estuvo de acuerdo con la operación.
“Todo va a salir bien, porque siempre es así”
Tucker Carlson, el comentarista que había surgido como otro destacado escéptico de la intervención, había acudido al Despacho Oval varias veces durante el año anterior para advertirle a Trump que una guerra con Irán destruiría su presidencia. Un par de semanas antes de que empezara la guerra, Trump, que conocía a Carlson desde hacía años, intentó tranquilizarle por teléfono. “Sé que estás preocupado, pero todo va a salir bien”, dijo el presidente. Carlson le preguntó cómo sabía que saldría bien. “Porque siempre es así”, respondió Trump.
A finales de febrero, un nuevo dato aceleró los preparativos: el ayatola se reuniría “a plena luz del día” con otros altos cargos del régimen, totalmente expuesto a un ataque aéreo. Esto daría una oportunidad para decapitar “fácilmente” a la teocracia.
Así, Trump le habría dado a Irán “una última oportunidad” para llegar a un acuerdo que bloqueara su camino a las armas nucleares, a través de la diplomacia. En ese momento, el presidente ya estaba decidido a invadir, pero no sabía cuándo exactamente.
Luego de reuniones fracasadas en Omán y Suiza, Estados Unidos llegó a ofrecerle a Irán combustible nuclear gratuito para siempre, lo que fue rechazado por Teherán como un “atentado contra su dignidad”.

Finalmente, el jueves 26 de febrero, hacia las 5:00 p.m., con todos los buques esperando en la región, ocurrió una última reunión en la Sala de Situación, en que todo el círculo íntimo del presidente tuvo su momento de hablar.
Trump estaba en su lugar habitual, en la cabecera de la mesa. A su derecha se sentaba el vicepresidente; junto a Vance estaba Wiles, luego Ratcliffe, después el abogado de la Casa Blanca, David Warrington, y luego Steven Cheung, el director de comunicaciones de la Casa Blanca. Frente a Cheung estaba Karoline Leavitt, la secretaria de prensa de la Casa Blanca; a su derecha estaba el general Caine, y luego Hegseth y Rubio.
El grupo de planificación de la guerra se había mantenido tan restringido que los dos funcionarios clave que tendrían que gestionar la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el secretario de Energía, Chris Wright, estaban excluidos, al igual que Tulsi Gabbard, la directora de inteligencia nacional.
El presidente inició la reunión preguntando: “Bien, ¿qué tenemos?”. El mandatario dijo que quería escuchar las opiniones de todos.
El director de la CIA le dijo al presidente que el cambio de régimen era posible dependiendo de cómo se definiera el término. “Si solo nos referimos a matar al líder supremo, probablemente podamos hacerlo”, apuntó.
Vance, cuyo desacuerdo con toda la guerra estaba bien establecido, se dirigió a Trump: “Sabes que creo que es una mala idea, pero si quieres hacerlo, te apoyaré”.
Rubio, por su parte, señaló que si la idea era cambiar al régimen, no era buena idea. Pero si el objetivo es destruir el programa de misiles de Irán, “ese es un objetivo que podemos lograr”. “Creo que tenemos que hacerlo”, le dijo el presidente a la sala.
Caine le dijo a Trump que disponía de tiempo; no tenía que dar el visto bueno hasta las 4:00 p.m. del día siguiente.
A la tarde siguiente, a bordo del Air Force One y 22 minutos antes del plazo fijado por el general Caine, el presidente Trump envió la orden definitiva. “Se aprueba la Operación Furia Épica. No se aborta. Buena suerte”.
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