Taxi Challenge
Al mismo tiempo y hacia el mismo lugar salimos a probar los distintos servicios que por estos días se disputan casi a golpes las calles de Santiago. En el camino encontramos varios hoyos y sorpresas, y averiguamos quién está más enojado, cuál cobra más barato y dónde se escucha mejor música.
En los 80 llegó a Chile el Pepsi Challenge, una agresiva pieza publicitaria en la que personas con los ojos vendados, Katherine Salosny mediante, tenían que escoger entre las dos bebidas cola y decir cuál les gustaba más. Esta semana, inspirados en la famosa campaña ochentera, hicimos un experimento para poner a prueba, en igualdad de condiciones, a los servicios tradicionales de taxis y a las alternativas que en los últimos años han salido a competirles en distintos países del mundo, incluido Santiago, generando un enfrentamiento entre ellos y con las autoridades.
Probando, probando
Lunes 11 de abril, 12:06 pm. Dos periodistas salen del edificio de La Tercera, en Ñuñoa, uno va en busca de un taxi, el segundo camino a la Estación de Metro Ñuble, a la vuelta de la esquina. Otros cuatro piden, a través de aplicaciones en sus teléfonos, un servicio que los pase a recoger al lugar, un barrio al que por estos días no resulta fácil llegar, ya que Vicuña Mackenna está cortada y parece el escenario de un desastre nuclear.
Todos van al mismo destino, Vitacura 3187, un poco más arriba de la ex rotonda Pérez Zujovic, donde está la panadería Metissage, al lado del Hotel Atton. Cada uno escoge un servicio distinto: Uber, SaferTaxi, EasyTaxi y Cabify. A los tres o cuatro minutos comienzan a sonar los teléfonos: son los choferes que necesitan indicaciones para sortear las dificultades de Vicuña Mackenna. Sólo el conductor de Cabify se las arregla solo. Punto para él.
Mientras todo eso ocurre, el periodista que salió a buscar taxi a la calle ya va arriba de uno, aunque antes tuvo que pasar a sacar plata al cajero para poder pagar la carrera. Va en un modelo clásico, el Nissan V16 que tiene un sticker que avisa que la bajada de bandera cuesta 300 pesos y la tarifa aumenta $130 cada 200 metros o 60 segundos. Su conductor es un hombre de mediana edad y barba que activa inmediatamente el taxímetro y se desconcierta cuando su pasajero le dice que va a Vitacura con Los Abedules. No tiene GPS, así es que el periodista le indica el lugar en su celular.
Así como ese taxi, el “básico”, el que anda por la calle de amarillo y negro y ofrece un servicio en que el pasajero decide origen y destino (a diferencia de, por ejemplo, un colectivo que tiene un recorrido previamente trazado) hay alrededor de 24 mil autorizados en Santiago. Ese parque está congelado desde 1998, decisión a la que se llegó tras el explosivo incremento que tuvieron en esa década, lo que amenazaba con aumentar la congestión y el smog. El Congreso recientemente decidió mantener la medida hasta 2020.
Con el parque congelado, hoy quien quiere tener un taxi le debe comprar a otro particular el permiso ya concedido anteriormente a un vehículo, los que en Santiago actualmente se transan en alrededor de 14 millones de pesos. Freddy Quevedo, de la Asociación Gremial de Dueños y conductores de Taxis Alameda, dice que, además de eso, los taxistas deben pagar el auto, la pintura negra y amarilla -450 mil pesos, aproximadamente-, el taxímetro –entre 200 mil y 250 mil pesos-, y entre otras cosas, las dos revisiones técnicas anuales que se les exige y el curso para conseguir la licencia profesional (clase A). Desde hace un tiempo, el Ministerio de Transportes tiene la facultad de llamar a concursos si detecta que hay déficit de taxis en zonas específicas, y entre 2010 y 2015 abrió 500 nuevos cupos para básicos en la Región Metropolitana.
Los taxis negros con amarillo han diseñado sus propias aplicaciones para atender clientes. Una de ellas es SaferTaxi, que nació en 2011, gracias a un proyecto Corfo. Hasta ahora, un millón de personas han bajado la app que tiene 300 mil usuarios activos, entre ellos el ministro de Transportes, Andrés Gómez-Lobo, quien ha explicado en varias ocasiones que la usa regularmente con muy buenos resultados. “Los medios han enmarcado esta discusión entre innovación tecnológica versus taxis tradicionales”, dice en relación a la disputa de los últimos días y luego agrega: “Pero eso no es cierto, el problema es entre innovación y aplicaciones que usan vehículos y conductores autorizados versus los que no”.
A través de SaferTaxi, aparece a los cinco minutos el primer auto convocado por esta vía a La Tercera. El chófer, autorizado, comienza dándose una vuelta prohibida que le ahorra a su pasajero varios kilómetros, pesos y minutos. A través de la aplicación la periodista sabe cómo se llama el conductor y tiene su patente y teléfono. El chófer también sabe el nombre de la personas a la que está recogiendo y cuando le indican la dirección sabe dónde tiene que ir. De fondo suena bajito “Laid”, de James, pero después ya no se escucha más la música, porque antes de que pasen tres cuadras el chofer ya va entusiasmado hablando de Uber. Él pone el tema. Dice que le parece que es competencia muy desleal, pero que su gremio también tiene que tomar conciencia y hacer una autocrítica. “Partiendo por el representante que tenemos, en la Confenatach, que le aseguro que a 23 mil de los 24 mil que somos no nos representa. Si es cosa de mirarlo, anda de buzo y chocopanda. Eso no puede ser, nosotros ofrecemos un servicio y tenemos que preocuparnos de esas cosas”, explica el conductor, que va de impecable camisa blanca y pantalón beige.
- ¿Y tú no has pensado en dedicarte a líder de tu gremio?, le pregunta la periodista.
- Ay, ¡usted es tercera persona que me lo dice esta semana!
Detrás de ese auto llega el que fue contactado vía EasyTaxi, la otra aplicación con la que funcionan los autos amarillos con negro. El chofer es de Maipú y viene a bordo de un Samsung que no es suyo, algo común en el rubro, donde hay muchas personas que les arriendan taxis a sus dueños por un precio que ronda los 500 mil pesos al mes. Lo que ganan después de eso es para ellos. El conductor explica que los arrendatarios son el segmento más complicado, por la competencia de empresas como Cabify o Uber, porque tienen que generar un mínimo antes de ganarse un ingreso.
Mientras conversa se va “conejeando” alegremente por las calles de Ñuñoa y Providencia con la ayuda del GPS que con una robotizada voz femenina le indica: “A dos metros, gire a la derecha”. EasyTaxi tiene 12 mil conductores activos y llegó a Chile a inicios de 2013. Según Manuel Parraguez, gerente general, tienen 600 mil usuarios que ocupan el servicio regularmente.
EasyTaxi y SaferTaxi operan con un esquema bastante similar, pero de acuerdo con los conductores, la principal diferencia entre ellos es la cobertura: el primero funciona mejor en el barrio poniente y SaferTaxi en las comunas de la zona oriente de Santiago, como Providencia, Vitacura o Las Condes.
Los ilegales
El Uber se demora 10 minutos en aparecer en Vicuña Mackenna, y llega un Peugeot 2008 blanco. Esta aplicación, que está en el centro de la polémica en Chile, ha desatado la ira de los taxistas en al menos 25 países, porque consideran que les compite con malas artes, ya que se salta las barreras de entrada lo que les permite ofrecer mejor precio y les quita a los clientes. En varias ciudades ha habido protestas y agresiones contra choferes de Uber, y esta semana en Santiago se registraron algunos incidentes.
En Chile, Uber comenzó a funcionar en 2014 y, de acuerdo con datos de la empresa, la aplicación ha sido descargada por 160 mil personas, muchas de las cuales han salido estos días a defender el servicio, desde la modelo Carolina Parsons, los ex ministros de Transportes Germán Correa o Pedro Pablo Errázuriz, la fotógrafa María Gracia Subercaseaux, la actriz Blanca Lewin o la periodista Soledad Onetto.
“Vamos a Vitacura 3187. ¿Tiene alguna ruta de preferencia?”, dice el chofer que no habla hasta que el periodista le pregunta si ha tenido problemas con los taxistas en los últimos días. “No, pero debo tomar algunas precauciones”, responde, y explica que si ve algo sospechoso les avisa a sus clientes antes de que se suban que cuando los recoja se va a bajar y los va a saludar. Pese a eso, ese día no le pide a su pasajero que se suba adelante, como sí lo están haciendo algunos de sus compañeros.
Él sólo se integró hace tres semanas al sistema y su historia es similar a la de muchos conductores Uber: Necesitaba dinero extra y un conocido que ya era parte –en este caso, su cuñado- se lo recomendó. Los requisitos son simples: licencia de conducir clase B –la de todos los mortales-, certificado de antecedentes, hoja de vida, Seguro Obligatorio y revisión técnica al día, más una foto frontal donde se vea la patente del auto. Y lo más importante, un auto sedán o hatchback de cuatro puertas, con airbag, aire acondicionado, motor de al menos 1.1 cc y de no más de ocho años de antigüedad. De acuerdo con el gerente de la empresa en Chile, Carlos Schaaf, un chofer de su compañía puede conseguir hasta 450 mil pesos líquidos a la semana, trabajando entre siete y 10 horas diarias, lo que duplica el sueldo promedio que tiene un taxista, según a la Conatach.
El Ministerio de Transportes considera que el servicio es ilegal, entre otras cosas, porque no usa autos permitidos para el transporte de pasajeros y porque sus conductores no son profesionales y no poseen los seguros que sí tienen los permitidos. Por lo mismo, prohíbe el servicio y si pilla un auto Uber trasladando pasajeros tiene la facultad de sancionarlo. Este año, por ejemplo, se han retirado 860 vehículos informales y, de esos, 106 son Uber (el resto son furgones escolares piratas, micros que hacen transporte de turismo sin permiso y un largo etcétera). Cuando eso ocurre les pasan una multa que empieza en 135 mil pesos y puede llegar a 900 mil pesos en caso de reincidencia y se les retira el auto, que va a parar a un aparcadero por un par de días. A los clientes del servicio, en cambio, no tienen facultades para sancionarlos.
De vuelta a La Tercera, a 12 minutos del llamado todavía hay un periodista esperando. Llega una Chevrolet Orlando negro, más parecida a una van que a un auto convencional, que se estaciona al frente.
-¿Don José Miguel?
-Sí. Voy a...
-Vitacura 3187. Perfecto.
Cabify es la competencia “lais” de Uber, la aplicación de los embajadores de marca, la más glamorosa. Su llegada pone fin a la primera parte del experimento, la salida, y muestra que en menos de 15 minutos conseguimos tener en la puerta cinco autos disponibles para trasladarnos.
El conductor de Cabify, de unos 50 años, anda con camisa cuadrillé y pantalón de gabardina beige. Escucha radio Futuro. Al principio va callado, pero a los cinco minutos rompe el silencio: “¿A usted cómo le ha afectado esto de Uber y los taxis”?, pregunta.
Lleva dos meses trabajando en Cabify, empresa que nació en España en 2011 y llegó Santiago al año siguiente. Al cumplir su primer año tenía una flota de 50 autos de marca y hoy ya cuenta con más de mil. También tienen un servicio de helicóptero, CabiFLY. De acuerdo con el CEO de la empresa en Chile, Agustín Guilisasti, en el verano hacían en promedio cinco vuelos semanales, a 60 mil pesos por persona la vuelta de 15 minutos por Santiago.
Guilisasti cuenta que con la reciente polémica, en la última semana aumentaron en un 500 por ciento sus usuarios inscritos. Además, desde ayer tienen 40 vehículos trabajando en Viña del Mar. A diferencia de Uber, cuya tarifa en el servicio económico parte en 600 pesos, la de ellos empieza en 1.300 pesos, y el servicio premium en 2.300 pesos -con autos tipo Volvo con asientos de cuero-, en los que les ofrecen a los clientes agua mineral, dulces y chicles. Eso sí, dicen, a diferencia de su competencia, sus tarifas no varían según horario ni demanda.
Cabify quiere diferenciarse de Uber no sólo por eso. También defiende que ellos están más en norma y dicen que la mayoría de sus conductores tiene licencia profesional (no dicen cuántos). Además, explican que sus choferes asociados pasan pruebas sicológicas, técnicas y de conocimiento de las calles de la ciudad, y se les exige que tengan permiso de transporte privado de pasajeros. “Si quieren que tengan dos revisiones técnicas al año, lo hacemos sin problemas”, agrega Guilisasti.
El chofer le cuenta a “don José Miguel” que es operador turístico, por lo que, además, presta servicios a hoteles chicos de Santiago. Con Cabify gana en promedio 50 mil pesos diarios, a los que hay que descontarle el valor del combustible y el porcentaje que le entrega a la empresa, que es entre el 20 y 30 por ciento de la carrera, similar a lo que les pide Uber a sus choferes.
Aunque fue el último en pasar a recoger, el Cabify es el primero que llega a su destino en Vitacura. 12.42 de la tarde, 36 minutos desde que fue solicitado, 6.600 pesos, cargados a la tarjeta de crédito del pasajero quien recibió en su e-mail el detalle. Aunque en este caso el periodista viene solo, tanto Cabify como Uber les ofrecen a sus clientes que andan en grupo la posibilidad de dividir la cuenta y cargarle a cada uno la parte que le corresponde. Ambos servicios además se pueden dejar reservados con antelación y Cabify permite programar preferencias como si el pasajero quiere que le abran la puerta al subirse. Hay papás o mamás que mandan a buscar a sus hijos a fiestas o salidas en la noche con Uber o Cabify, ya que desde la aplicación pueden rastrear si ya se subió en el auto y el recorrido que está siguiendo.
Tres minutos después de Cabify llega el periodista que tomó el taxi de la calle y que pagó 8.620 pesos con un billete de 10 mil pesos. En los siguientes 10 minutos aparecen en orden de llegada los pasajeros de SaferTaxi a ocho mil pesos la carrera, EasyTaxi, con un costo de 7.970 pesos y el periodista que venía en Uber. Al llegar a destino, el chofer se pasó por una cuadra. Rápidamente finalizó el trayecto en su celular para no generar cobros extras por un error de él. “Si me permite, daré la vuelta más adelante para dejarlo en la puerta del destino”, propuso. Antes de bajar del auto, en el correo electrónico del pasajero ya está la boleta por el servicio prestado y el detalle de los cobros: 6.022, pesos también cargados a la tarjeta de crédito. Es la carrera más barata de las hechas en auto.
En representación de las personas de regiones o aquellas que no usan servicios de transporte privado, sino que locomoción colectiva y nunca han usado ni Uber ni Cabify y por qué los taxistas están enojados, llega 20 minutos más tarde el reportero que se vino en Metro y micro. En el trayecto vio las siguientes situaciones: una mujer de unos cincuenta años corriendo salvajemente para obtener un asiento, un hombre vendiendo “Super 8” y unos escolares sentados en el piso. Hizo la combinación en Baquedano y esperó para subirse al tren de la Línea 1 con dirección a Pedro de Valdivia, la estación donde se bajó para tomar, en el paradero PC203, la 405 en la que otra vez se vino de pie, lo que en total le salió 660 pesos, valor horario valle.
Segundo ejercicio
Miércoles 13 de abril, 12.46 de la noche, La Diana, bar-restaurante de moda (ver sección Gente, pág. 28) en el barrioSan Diego, al lado de la Iglesia de Los Sacramentinos. Los mismos reporteros listos para repetir el ejercicio. Uno sale a la calle Arturo Prat en busca de un auto, el resto busca sus aplicaciones en sus teléfonos. El periodista que va a pedir Cabify se demora, porque está sin señal, por lo que tiene que ir a pedir a la caja WiFi. El pasajero que el día antes se fue en transporte público pide un radiotaxi por teléfono.
El destino común queda en el sector de Pedro de Valdivia Norte, en Providencia, y el primero en enfilar hacia allá es el auto Uber, que se demoró un minuto en presentarse. Al igual que el día anterior, aunque el pasajero pidió un UberX, el servicio más económico, le llegó un auto que de acuerdo a las categorías de la empresa es más lujoso: un Chevrolet Orlando.
Obviando las campañas en redes sociales que recomiendan sentarse junto al conductor para evitar fiscalizaciones -de Carabineros o "ciudadanas"-, su dueño abre la puerta trasera y apenas el periodista se sube le ofrece agua. A su lado, en la puerta, hay caramelos.
El trayecto transcurre en silencio y llega primero a destino: 13 minutos y 3.333 pesos.
Un minuto después de Uber aparece Cabify, también en una Chevrolet Orlando. El modelo parece ser tan común en estos servicios, que esta semana algunos automovilistas que lo usan andaban con carteles que aclaraban que no son Uber para evitar ataques de taxistas.
Con Lucybell de fondo (radio Rock&Pop), el conductor sigue las indicaciones de Waze. Azuzado por las preguntas del pasajero, cuenta que trabaja desde las seis de la tarde a las cinco de la mañana y que el auto es de un amigo, con el que se van a medias. Cuando su cliente le pide agua mineral dice que eso es en los servicios ejecutivos y premium.
El periodista que busca taxi en la calle encuentra uno libre casi al salir del restaurante. Su conductor no ubica la calle específica, pero sí el sector adonde va.
“¿Le gusta la música?”, pregunta, y ante el sí pone una radio en español. Mientras tanto, en La Diana, la pasajera de SaferTaxi está algo inquieta, porque ese mismo día en la mañana un taxi que pidió a través de la aplicación la dejó plantada. Tenía que recogerla en Monseñor Edwards con Príncipe de Gales, en La Reina, pero la llamó para decirle que se había pasado y cuando ella le pidió que se diera la vuelta canceló la carrera. No quiere que le pase lo mismo a esa hora. Pero apenas hace la solicitud en la aplicación, un chofer la acepta y tres o cuatro minutos después le llega el mensaje de que está en la puerta.
Se demora un poco en salir y cuando finalmente lo hace, hay dos vivas tratando de subirse, pero el chofer no las deja porque no se identifican como su pasajera. Ya arriba, el hombre empieza a hablar del conflicto. Es divertido, pero está furioso. “Me perdonará la expresión, pero ¡anda cada pendejo manejando autos con pasajeros! Y no saben. Se creen la gran cosa porque andan con GPS, pero mire, vea”, dice, y luego le grita a la pantalla que tiene abierta con Google Maps al lado: “¡Los Araucanos! ¿Ve? Si yo también puedo, y ahí me da la ruta. La gran maravilla de Uber”.
Casi al mismo tiempo que SaferTaxi llega el EasyTaxi. Una carrera corta que dura casi prácticamente lo mismo que la canción de Diego Torres que suena en Radio Pudahuel, pero en la que la persona que maneja alcanza a contar que él está afiliado a EasyTaxi y SaferTaxi, y que considera que el primero es más masivo y le da más clientes, pero es más caro. Es cierto: EasyTaxi les cobra a los taxistas 300 pesos por carrera, SaferTaxi, 250 pesos. Sorpresivamente dice que no está en contra de los otros servicios. “Con toda esta polémica, lo único que hacen es popularizarlos”, comenta.
El último reportero en dejar el centro es el que llamó a la empresa de radiotaxi, o taxi ejecutivo, como se llama técnicamente. Se demoran 12 minutos en recogerlo y el conductor le dice que la noche está mala. Está así desde hace un mes, agrega, por Uber, claro. No le importa que existan, sino que no estén regulados, cuenta mientras sube. Su diatriba se va encendiendo y en Santa Isabel con Pedro de Valdivia detiene el auto, abre la guantera y saca los papeles y los va mostrando uno por uno.Agrega que es muy inteligente viajar en taxi, porque hay un seguro que protege al pasajero. Durante el trayecto tiene encendida una pantalla de televisión que sintoniza en TVN la serie Dr. House. Naturalmente, es el último que llega a su destino: una y cuarto de la mañana; 6.350 pesos.
Antes que él aparece en el destino el auto de Cabify, cuya carrera cuesta 4.970 pesos, seguido del taxi que fue parado a dedo, a 5.340 pesos. Casi juntos se estacionan el SaferTaxi (5.100 pesos) y el Easy Taxi (4.330, casi mil pesos menos). Esas dos aplicaciones también permiten pagar con tarjeta de crédito, previa inscripción en el servicio de la aplicación. Mucha gente no sabe eso, como los dos reporteros que venían en cada uno de los autos. Ambos pagan con billetes de 20 mil pesos… Ninguno de los conductores pone mala cara ni tiene dificultad para encontrar vuelto.
A CUÁNTO LA CARRERA
Pusimos a prueba los distintos tipos de taxi en Santiago, incluyendo sus aplicaciones. Cada periodista realizó dos trayectos: desde Vicuña Mackenna 1962 a un restaurante de Vitacura (en el día) y desde Arturo Prat 435 hasta Pedro de Valdivia Norte (en la noche). Cada chofer escogió libremente la ruta. Estos son los resultados.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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