Por Pablo OrtúzarGremialismo y organizaciones de protesta

El ideal normativo gremialista desarrollado por Jaime Guzmán plantea que las organizaciones intermedias, aquellas ubicadas entre el individuo y el Estado, deben servir, en primer lugar, a los fines específicos que justifican su existencia. Esta visión, así, promueve la despolitización de amplias esferas de la vida social, sosteniendo que su orientación hacia el bien común exige que no sean tratadas meramente como un instrumento político, sino que operen prioritariamente bajo su código específico.
¿Tiene sentido este ideal normativo? Mucha gente cree que no y defiende su postura señalando que “todo es político”, porque el hombre es “un animal político”. Sin embargo, este concepto de lo político lo que hace es confundirlo deliberadamente con lo social. En los hechos, especialmente en sociedades con cierto grado de diferenciación funcional, la idea de que “todo es político”, incluso si es bien aceptada en teoría, tiene muy poco sentido práctico.
El caso de Bomberos de Chile permite un ejemplo obvio: si su actividad se viera politizada y decidieran apagar o no incendios de acuerdo a la militancia de los moradores del lugar siniestrado, promoviendo que las personas militen en tal o cual partido para beneficiarse del servicio, perderían rápidamente sentido, misión y apoyo popular.
Un caso menos obvio es el de las organizaciones de activismo o protesta. Se supone que su rol es hacer visible para el sistema contradicciones o problemas que, sin esa actividad, pasarían desapercibidas. Por cierto, las demandas de estos grupos pueden ser altamente polémicas, a la vez que políticas. Esto las aproxima notablemente a los partidos políticos, sólo que las organizaciones de protesta se concentran en causas específicas y su fin no es ganar elecciones, sino llamar la atención del sistema político. Esto mismo hace que se espere de ellas coherencia y consistencia en la formulación de sus demandas y en la defensa de sus causas declaradas.
Si una organización ambientalista siguiera criterios político-partidistas para elegir los proyectos a los que se opondrá, o desistiera de protestar al recibir dinero de las empresas involucradas, nadie se tomaría muy en serio a esa organización. La razón es que la causa ambiental, en realidad, sería estrictamente secundaria en sus actividades, por lo que, de hecho, no sería una organización propiamente ambientalista.
Esta depreciación frente a la opinión pública es exactamente lo que han enfrentado las organizaciones sociales de izquierda que abandonaron la protesta y escondieron sus banderas durante el gobierno de Gabriel Boric debido a su afinidad ideológica. Deslegitimación que, de paso, ha dañado directamente las causas que decían defender. Es hoy mucho más difícil para los promotores del indigenismo, el feminismo, el obrerismo, el movimiento estudiantil o el ambientalismo presentarse ante la opinión pública como luchadores desinteresados entregados a la nobleza de sus causas.
En el caso del indigenismo, el daño a su imagen producido por los representantes indígenas que ocuparon los cupos reservados de la Convención Constitucional será muy difícil de revertir. En el del ambientalismo, los excesos de la permisología y la politización de proyectos como Dominga lo han desperfilado. Y, por otro lado, cuesta imaginar que el feminismo, que guardó silencio frente al caso Monsalve o que se ha mostrado dispuesto a defender al régimen teocrático de Irán, tenga un futuro muy esplendoroso. Lo mismo podría decirse de los movimientos de pobladores cuyo tema es la vivienda: es poco creíble que vuelvan a la protesta luego de cuatro años de silencio. Ni hablar de la CUT o de la ANEF, que no clamaron por la muerte de un trabajador en La Moneda en medio de una sobrecarga laboral, pero sí publicaron misivas condenando las operaciones norteamericanas contra la dictadura venezolana.
Si durante el segundo gobierno de Sebastián Piñera todas estas organizaciones lograron, con éxito, desafiar y desautorizar al gobierno en nombre de las causas que decían defender, hoy esa opción se ve lejana, pues se les percibe como instrumentalizadas políticamente por la izquierda. Guzmán, al parecer, algo de razón tenía.
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