Paula

Caminantes

Hace un año el cocinero Sebastián Garat hizo con su hija Kin un viaje iniciático, justo cuando ella cumplió 18 años: se fueron a recorrer el altiplano chileno solos y a pie, empujando un carrito donde llevaban sus víveres. La extrema travesía de 18 días por parajes deshabitados a 4 mil metros de altura, tuvo un poderoso efecto en ellos: fortaleció su relación y le permitió a este padre enseñarle in situ a su hija que, superando los miedos, se puede llegar lejos.

Paula 1124. Sábado 22 de junio 2013.

El 28 de marzo de 2012, justo cuando había terminado el invierno boliviano más lluvioso en 20 años y el altiplano estaba exuberante de vegetación y fauna, Sebastián Garat (37) y su hija Kin (19) comenzaron su aventura: tomaron un vuelo de Santiago a Iquique y luego un bus rumbo a Colchane, un pueblito aimara en la frontera con Bolivia, a 3.700 metros de altura.

Ahí pasaron la noche. A la mañana siguiente ensamblaron el carro de aluminio que Sebastián diseñó especialmente para este viaje, y lo cargaron con 40 litros de agua, pastillas purificadoras, comida para 30 días, una carpa de montaña, dos sacos de dormir, una cocinilla, un botiquín de remedios y un tanque de oxígeno para la puna. Y se ajustaron a la espalda la mochila, donde cada uno llevaba su ropa. A las 9 horas se internaron en la ruta y empezaron a recorrer el altiplano, uno al lado del otro.

Unos meses antes, Sebastián, cocinero y ex dueño del restorán El Merkén, le dio vueltas a qué regalarle a Kin, su única hija, que estaba por cumplir 18 años y salir del colegio. En vez de pensar en regalarle un auto o el último iPhone, resurgió con fuerza una idea que le rondaba desde que Kin nació: invitarla a un viaje iniciático. "Antes de que ella entrara a estudiar o decidiera qué hacer, –lo que ella no tenía muy claro–, le propuse que hiciéramos esta travesía juntos" dice Sebastián, que tenía 17 años cuando Kin nació y, pese a su juventud, y a que después se separó de la madre, siempre fue un padre comprometido. De hecho, cuando Kin cumplió 13, decidió irse a vivir con él en su casa en La Reina. Juntos habían hecho otros viajes, como recorrer el norte en auto o ir de camping un fin de semana. Pero esto era mucho más extremo: iban a caminar 250 kilómetros a 4 mil metros de altura.

"Podríamos haber hecho el viaje en auto, pero encontré que era mucho más osado hacerlo con nuestros pies. Quería que mi hija tuviera una vivencia extrema de lo que he intentado inculcarle, como la conexión con la naturaleza y la perseverancia para alcanzar una meta difícil", dice Sebastián Garat sobre la travesía que hizo con su hija Kin.

Sebastián, que nació en Arica, explica que eligió el altiplano chileno porque es una zona a la que le tiene cariño. Sabía que el camino desde Colchane hasta Putre tiene paisajes espectaculares como el salar de Surire, pero también es un trayecto desolado donde casi no pasan autos, no hay pueblos habitados y las condiciones climáticas son inhóspitas. "Podríamos haber hecho la ruta en auto, pero encontré que era mucho más osado cruzar esos 250 kilómetros con nuestros pies. Quería enseñarle a mi hija una conexión extrema con la naturaleza y la perseverancia para alcanzar una meta difícil", dice Sebastián.

A fines de 2011, Sebastián vendió su restorán, que había tenido por cuatro años, y se dedicó a preparar el viaje. Estudió planos de la ruta, y compró ropa, carpa y sacos de dormir de alta montaña. Pasó un mes entero diseñando y construyendo un carro para transportar 100 kilos de víveres, incluyendo 40 litros de agua. Quedó como un carretón de La Vega pero desarmable y liviano, hecho de aluminio y con ruedas de mountain bike. Kin lo bautizó como El Cholito Impermeable. Cuando llegaron a Iquique, llenaron el carrito de alimentos: siete tipos de algas, harinas de coca, trigo, maíz, quínoa y centeno, papas, tomates, hongos, manzanas y ajos deshidratados, charqui de llama y de cabra, choritos secos, avena, quínoa inflada, leche en polvo, frutos secos y algunos productos frescos como maracuyás y queso de cabra. No llevaron celular porque no hay señal. Sí una cámara fotográfica que cargaron con una pantalla solar.

En los primeros kilómetros el camino todavía era de cemento, ninguno de los dos se había apunado y caminaban de buen ánimo, parando a tomar fotos a las plantaciones de quínoa y a los rebaños de alpacas. Llegaron a mediodía a Isluga, el último pueblito habitado. Luego, el camino se volvió de tierra y el paisaje, cada vez más seco y solitario. Cuando ya iban en el kilómetro 15, Kin empezó a quejarse y pedir que pararan. En vez de llevar 5 kilos de ropa en su mochila como habían acordado, la cargó con 12 kilos. "Me dolía todo", recuerda.

Kin tiró su mochila al suelo y se puso a llorar.

–¡Esto es una mierda, me quiero devolver!– dijo.

–Es tu mente la que te está molestando, tu cuerpo puede más– le dijo su papá. Kin lo miró furiosa. La mochila había sido tema de interminables discusiones con su papá antes del viaje.

"La Kin, como cualquier adolescente quiso llevar ropa más fashion, aunque sabía que íbamos a estar en medio de la nada y solos. Era obvio que una crisis así iba a pasar, pero lo que no sabía era si iba a poder superarla", dice ahora Sebastián.

Kin siguió llorando en el suelo. –¡No camino ni un paso más. En el primer auto que pase me voy!– dijo.

Ambos sabían que no iba a pasar ningún auto. Así que Sebastián sacó la mitad de las cosas de la mochila de Kin y la depositó en el carrito. Así la carga de su hija quedó más liviana. Kin refunfuñó un poco más, pero aceptó volver a caminar. "Lo peor era estar caminando en unos páramos deshabitados, la respiración se me acortaba con la falta de oxígeno y este chiflado al lado que no me pescaba. No tenía adónde escaparme, no podía llamar a nadie", recuerda ahora Kin, que está viviendo en El Bolsón, Argentina, donde estudia Permacultura.

Sebastián caminaba un poco más adelante, silbando. Cada cierto tiempo se volteaba y le gritaba "¡ánimo, tú puedes!".

1. El carro de aluminio diseñado por Sebastián Garat para resistir todo el viaje con 100 kilos de carga. 2. Huachito, el llamo perdido que los acompañó dos días.

ENFRENTANDO TEMORES

A las 6 de la tarde llegaron por fin a Enquelga, una terma de aguas cristalinas como espejos, rodeada de pircas. Armaron su campamento y devoraron su primera cena del viaje: charqui, queso de cabra, cebolla y pimentón. Y luego fueron a bañarse en el agua caliente, brindando con un cortito de whisky y un trozo de chocolate. El ánimo de Kin cambió. Había logrado caminar 20 kilómetros, después de todo. "Este lugar es increíble", dijo mirando el paisaje coronado por el volcán Isluga.

Esa noche durmieron en su carpa, abrigados del viento por las paredes de piedra de la terma. A la mañana siguiente los despertó un llamo bebé con las orejas adornadas de lanas de colores. Durante los dos días que se quedaron alojando junto a la terma, el llamito se transformó en la mascota de Kin. Hasta que llegó la dueña, una pastora aimara que les explicó que las lanitas en la oreja del llamo significaban que era huérfano. Quedó bautizado como Huachito.

El 31 de marzo desarmaron el campamento y continuaron su caminata por un camino donde aparecieron quebradas y antiguos pueblos abandonados como Paserijo y Taipicollo. Acamparon donde los pilló la tarde, cerca de Paserijo, porque apenas se iba el sol, bajaba la temperatura a -5 grados. Estaban justo en el cruce con un sendero que se internaba en Bolivia, y que tenía fama de ser una de las principales rutas de burreros y cuatreros que roban camionetas en Iquique y las pasan a Bolivia. La posibilidad de encontrarse con narcotraficantes armados era uno de los principales argumentos de sus conocidos cuando trataban de convencerlos de no hacer el viaje. "Era un riesgo importante pero teníamos que correrlo", dice ahora Sebastián. Esa noche, en su carpa, escucharon nerviosos acercarse tres autos. "Yo le decía a Kin que como era sábado había más gente trasladándose. Pero no tenía ningún plan si llegaba a ocurrirle algo a mi hija, solo la hubiera defendido hasta el final", reflexiona el padre ahora. Con alivio oyeron a los autos pasar de largo.

A la mañana siguiente levantaron rápido su campamento, porque tenían por delante un trayecto de 4 días sin agua, hasta que pudieran recargar sus bidones en el estero de Mucomucone. Tendrían que cuidar como oro los 40 litros que llevaban. Se lavaban los dientes con un vaso de agua y comían alimentos deshidratados. A medida que subían de los 4.000 a los 4.600 metros de altura, las caminatas se hacían más silenciosas, porque el oxígeno no alcanzaba para caminar y conversar al mismo tiempo. Callados, miraban en un estado muy parecido a un trance, los paisajes de colores cada vez más intensos, como el amarillo de los pastizales, los grises y blancos de las montañas y el verde casi fosforescente de las plantas llaretas.

Con el paso de los días Kin le tomó el gusto al caminar. "Podía vivir el paisaje más detenidamente, a un ritmo que no sería igual en auto o bicicleta. Tenía que respirar profundo por la falta de oxígeno, caminar en silencio, y eso me llevó a un estado de tranquilidad y meditación muy creativo. Se me ocurrían ideas nuevas y me di cuenta de cosas importantes, como que no quería vivir metida en la estructura de la ciudad", dice Kin.

Llegaron al estero de Mucomucone justo cuando se les había acabado el agua. Bebieron, se lavaron y llenaron sus bidones antes de seguir. Pero tuvieron que parar de nuevo, porque en el horizonte se acercaba una tormenta eléctrica. En 25 minutos la tuvieron encima. Estaban en una planicie y corrían el riesgo de que les cayeran rayos. Sebastián dejó el carro de aluminio  de forma vertical, como pararrayos a varios metros de distancia. Armaron su carpa y, cuando se refugiaron, ya caían rayos y granizos con una fuerza aterradora. Miró a su hija y le dijo:

–Si me alcanza un rayo, tú lo que tienes que hacer es meter un poco de agua y comida a tu mochila y seguir caminando y caminando hasta encontrar ayuda y estar a salvo.

–Papá, no digái eso.

Kin miraba asustada los rayos por la ventana de la carpa. "Fue muy heavy, ahí me di cuenta que lo que estábamos haciendo era muy peligroso. Solo nos teníamos el uno al otro y eso nos unió de una forma muy potente", reflexiona Kin.

3. Armaban su carpa donde los pillara la tarde porque, apenas se ponía el sol, bajaba la temperatura a -5 grados. 4. Kin en una de las cuatro termas del trayecto.

LECCIONES DE CAMINANTES

A la mañana siguiente vieron a un viejo aimara pastoreando llamas. Lo invitaron a desayunar y él aceptó la manzana seca y la quínoa inflada que le ofrecieron. Continuaron su camino y se encontraron con un cartel que decía "Bienvenido a la Región de Arica y Parinacota". Ahora venía la parte más alta del viaje, una cuesta que ascendía a 5.100 metros de altura, antes de volver a descender y llegar al salar de Surire, que estaba a 4.200.

Fue una de las partes más escénicas del viaje, con bosques de queñoas, cerros muy altos con nieve y manadas de vicuñas. Tenían que subir por una cuesta muy empinada, con curvas y terreno arenoso, lo que ponía el carro mucho más pesado. La diferencia de altura se hacía sentir y ambos caminaban lento, pero animados. "En esa etapa ya estábamos entregados, en un trance de perseverancia y caminata. La Kin había aprendido a vencer la barrera del cansancio físico y se sentía invencible, nada la paraba", recuerda Sebastián. Alojaron junto a una pequeña laguna y celebraron con chocolate y un poco de whisky.

Al día siguiente los paisajes se poblaron de vegetación y fauna, a medida que se internaban al salar de Surire. Aparecieron lagunas que reflejaban las montañas, vicuñas salvajes, tres especies distintas de flamencos y suris, una especie de ñandú nativo. Padre e hija estaban maravillados con los animales que pasaban muy cerca, sin inmutarse.

Llegaron a las termas de Polloquere. La mejor del viaje, con agua muy caliente y piscinas de barro naturales. Parecía un pequeño spa. Pero no lo era. "El problema, si estás en la intemperie, es que aunque quieras quedarte de guata al sol todo el día, no puedes. Si viene una tormenta de rayos, o cualquier otra cosa, no puedes bajar la guardia. Y Kin se cansaba, me decía '¿no puedes quedarte quieto un rato? Qué ganas de estar viajando con otra mujer para estar echadas en la terma'. Se nos hacía duro el aislamiento", dice Sebastián.

Días después, llegaron al último tramo, la carretera internacional de Arica a La Paz, que bordea un barranco y que tenían que bajar para llegar a Putre, el último punto de su trayecto. Afortunadamente, estaban arreglando el camino, por lo que el flujo de autos y camiones era más lento y seguro para ellos.

A las 7 pm del domingo 15 de abril llegaron a Putre, un pueblo a 3.500 m de altura con tiendas, agencias de turismo y 1.500 habitantes. Era el reencuentro con la civilización después de 18 días. Celebraron en un restorán con carne, ensaladas y vino.

"No sabía que esa experiencia iba a ser un quiebre con mi vida anterior", dice Kin, un año después de su caminata. "Estar solos en el altiplano, en medio de un lugar hermoso, me hizo darme cuenta de que no quiero vivir más en una ciudad. Por eso me hizo sentido aprender Permacultura, un sistema que favorece la vida sustentable", dice Kin, que a fines del año pasado estudió esta disciplina en el Centro Gaia en Buenos Aires y ahora es parte de una comunidad de Permacultura en El Bolsón.

Sebastián volvió a Santiago y ya está planeando una nueva caminata con su hija. Será en marzo de 2014 en Tierra del Fuego. 400 kilómetros en 40 días. "Yo me saco el sombrero por la travesía que se mandó esta cabrita. El enfrentarse a la naturaleza, a la pequeñez tuya, sin nadie más que tú mismo, no cualquiera lo hace. Estoy feliz, porque mi hija aprendió que puede hacer lo que se proponga y que en la vida es mejor andar liviano".

En el horizonte se acercaba una tormenta eléctrica. En 25 minutos la tuvieron encima. Estaban en una planicie y corrían el riesgo de que les cayeran rayos. Dejaron el carro de aluminio –un material que atrae los rayos– de forma vertical. Armaron su carpa rápido y cuando se refugiaron dentro, ya caían rayos y granizos con fuerza aterradora.

Inspirado en el viaje que realizó Sebastián con su hija, un amigo del chef realizó un video clip basándose en su historia. Mira aquí http://www.youtube.com/watch?v=loMYl3Z_NaI

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