Hablemos de amor: A los 30, cuando por fin llegué a titularme
Dejar de medirse con el calendario de otros también puede ser una forma de quererse.

“¿30 años y recién titulándote?”, me han dicho muchas veces. Y la respuesta es sí. En unos meses entrego mi tesis y recibiré mi título a esta edad. Pero lo que más me impresiona es la cara de la gente, imposible de disimular, cuando se enteran. Ese segundo incómodo en que intentan reaccionar con normalidad. Los ojos que se abren un poco más de lo necesario. A algunos hasta se les cae la mandíbula. Después viene esa pausa breve, como si el cerebro estuviera recalculando algo que no le cierra del todo.
Porque claro, todavía hay quienes creen que todas las vidas siguen el mismo calendario. Que todos entran a estudiar a los 18, se titulan a los 23 y avanzan sin interrupciones, como si la vida viniera con cronograma y terreno parejo. Como si nuestros padres nos hubieran hecho una carta Gantt al nacer. Spoiler: a veces las cartas Gantt no se cumplen.
Acá va un poco de mi historia: trabajo desde los 15 años porque me encantaba dar clases particulares (siempre amé enseñar), me independicé a los 19 y me fui a vivir a otro país, donde hice una misión de servicio humanitario por casi dos años. Después me casé y, cuando todo parecía encaminarse para retomar mis estudios, me fracturé la columna.
Curiosamente, cuando la gente sabe eso, como que se tranquiliza. Ah, claro. Había una razón. Una excusa lo suficientemente válida como para que les cierre el relato.
Antes me preocupaba mucho dar explicaciones. Ahora me limito a responder: sí, me estoy titulando a los 30, ¿por qué te sorprende tanto? Porque si acá nos vamos a incomodar, al menos incomodémonos todos.
Pero esto va más allá de mi caso.
En Chile, estudiar no siempre depende del talento, ni del esfuerzo, ni de las ganas. Muchas veces depende de la plata. Otras tantas, del tiempo, de la salud, del trabajo, del contexto. Hay personas que se titulan a los 30 porque antes tuvieron que sobrevivir, ahorrar, postergar o simplemente sostener su vida como pudieron. Y otras ni siquiera estudian lo que querían, sino lo que podían pagar.
Unos meses atrás alguien me dijo “yo quería estudiar Derecho, pero no me alcanzaba, así que estudié técnico jurídico. Es lo que se pudo”, y yo no pude dejar de pensar en la resignación y tristeza con la que lo dijo.
Y en esa lista de vidas postergadas, las mujeres cargan muchas veces con una parte especialmente injusta. Porque mientras algunos pueden seguir avanzando más o menos en línea recta, a muchas les toca interrumpirse. Cuidar, criar, sostener, acompañar, resolver. Hacer espacio para la vida de otros antes que para la propia. Hay mujeres que terminan una carrera más tarde no porque les faltaran ganas o talento, sino porque estuvieron ocupadas sosteniendo solas una casa, una infancia, una familia entera. Y tantas veces eso se vive en silencio, como si fuera parte del trato.
Entonces no, no me da vergüenza decir que me titulo a los 30. Lo que sí me sigue pareciendo extraño —y me indigna bastante— es que todavía haya quienes lo miren como un atraso.
¿Atraso respecto de qué? ¿De una vida ideal que no existe? ¿De una trayectoria limpia, sin cortes, sin enfermedad, sin trabajo, sin deudas, sin cuidados, sin tropiezos?
Porque si hay algo realmente atrasado, es seguir creyendo que todos parten desde el mismo lugar.
Yo no llegué tarde. Llegué con una vida encima.
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- Camila Giurleo es estudiante de periodismo en la USACH y tiene 30 años.
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