Pulso

Sudoku sudaka

El diez de abril de mil novecientos doce, Immanuel Cantor, hermano menor del célebre matemático Georg Cantor (1), se embarcó en la tercera clase del RMS Titanic. Privatdozent en la Universidad de Leipzig, había sido invitado por la Universidad de Los Santos de Los Últimos Días (Salt Lake City) a dictar un curso avanzado de Combinatoria. Tema en el que sentaba autoridad. Cuatro días más tarde, en una noche extremadamente fría y clara, con un cielo plagado de estrellas y una extraña calma, el académico, como ocurrió con el setenta y cinco por ciento de los pasajeros de su clase, se convirtió en una de las mil quinientas diecisiete víctimas del profusamente comentado, novelado, discutido, filmado y fabulado naufragio.

Immanuel creció a la sombra del desmesurado talento de su hermano con resignación aunque sin resentimiento. No exento de agudeza (de no ser por el primogénito calificaría para genio), desde pequeño se destacó en el difícil arte de buscar regularidades y repeticiones: las variadas formas de los cristales de hielo, el estructurado capricho de los girasoles, la nervadura de una hoja, los sinuosos recovecos de un hormiguero, la disposición de las piezas sobre un tablero de ajedrez… Cuando su entorno dejó de proveerle maravillas, se entregó al extravagante vicio de inventar asombros para posteriormente enumerarlos, describirlos y, de ser posible, encerrarlos en una fórmula: se había convertido, como el primogénito, en matemático.

Semanas antes del fatídico viaje, Immanuel redactó una larga memoria con la descripción de sus últimos descubrimientos. Fechada y sellada, la envió al secretario perpetuo de la Academia Francesa de Ciencias, para ser abierta, como se acostumbraba solicitar, exactamente un siglo más tarde. Esta situación, menos que premonitoria, correspondía a un hecho harto corriente en aquellos años: sentar precedencia sobre la autoría de  invenciones y descubrimientos.

Con sólo días de retraso, dicha misiva fue leída, el 29 de marzo recién pasado, en la sesión ordinaria de la Academia. No sin estupor, los miembros asistentes se percataron de que Immanuel Cantor había creado, con casi un siglo de anticipación, el famoso (e inútil) rompecabezas que agobia periódicos, gacetillas, magazines y semanarios del planeta bajo el nombre de Sudoku.

¿Qué hubiese sucedido de no morir este adelantado cultor de las artes combinatorias en las gélidas aguas del Atlántico Norte?...  Conjeturo que nada o casi nada… Cierto, quizás el virus de 81 casillas nos habría infectado con algunas décadas de anticipación. Tal vez, Louis Comtet, en su famoso compendio de Análisis Combinatorio (Presses Universitaires de France, 1970), hubiese dedicado algunas páginas a ese curioso engendro o la Sociedad Alemana de Matemática habría publicado una breve reseña sobre sus investigaciones.

Sin embargo, a pesar de la reciente noticia de la Academia, seguro estoy de que nada nuevo (¡nada!) ocurrirá. Ni hoy, ni mañana, pasado mañana, el próximo año, en cuatro lustros, antes de ayer, en cosa de semanas, un milenio o todavía más… Como el propio Titanic, el malogrado creador del Sudoku se hundirá en la confusión de apellido y autoría, siendo adjudicado su original hallazgo (evidentemente como un divertimento menor) al primogénito. Sin embargo, ni siquiera esto asegurará, al menos para su creación, una brizna de eternidad: más allá de la comunidad de matemáticos, escasísimos son los que saben de la existencia del creador de la Teoría de Conjuntos. Menos aún, los que pueden seguir los meandros de dicha especulación o conocen los tristes avatares de su vida: de asilo en hospital psiquiátrico, extraviado en un vasto laberinto de infinitudes, tratando infructuosamente de probar la indemostrable hipótesis del continuo… Así, Immanuel continuará (valga la redundancia) ahogado, ocluido por la sombra desmedida y triste de su hermano Georg… quien, a su vez, se pierde en bibliotecas, archivos de sanatorios, lugares comunes, tanta cosa y, sobretodo, rumas de porfiado y terco tiempo.

Todo esto me pone, estimado e hipotético (quizás inexistente) lector, en ánimo escasamente festivo y de tripa meditabunda: porque las variadas razones y ficciones aquí expuestas, conducen a la insoslayable conclusión de que Cantores reales o apócrifos, usted y yo, Louis Comtet (texto incluido), Sudoku y sudokistas, conjuntos finitos e infinitos, icebergs, Titanic y variados naufragios, mi fallecido y bien amado perro Mac y, por cierto, esta modestísima crónica sudaka, caminamos ya, inapelables, hacia el uniforme olvido que seremos.

El autor es académico e investigador en la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI).

(1) Georg Cantor (1845-1918), matemático alemán, creador de la Teoría de Conjuntos y la hipótesis del continuo (entre los números naturales [0,1,2,3...] y los números reales no existe ningún otro tipo de infinito), que trató de demostrar infructuosamente.

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