Por Andrés GómezAlejandro Aravena y Smiljan Radić: dos maneras de pensar la arquitectura y una ciudad en construcción
Formados en la UC y ganadores del Pritzker, ambos recibieron conjuntamente el Premio Nacional de Arquitectura. Sus obras recorren caminos propios, pero convergen en el rigor del diseño, la atención a la autoconstrucción y una reflexión sobre el oficio, la convivencia y la ciudad.

Al inicio del encuentro, Fernando Pérez trazó algunos paralelismos. El patio del Centro de Extensión del Campus Oriente de la UC estaba repleto para escuchar la conversación entre Alejandro Aravena y Smiljan Radić, el jueves 23, organizada por el ciclo La Ciudad y las Palabras. Reconocidos con el Pritzker Prize, ambos arquitectos se formaron en la misma escuela y fueron alumnos de Pérez. Viajaron luego a Europa, estudiaron en Venecia y con el tiempo desarrollaron una destacada trayectoria. Lo que el maestro no tenía cómo adelantar es que un par de días después otra distinción volvería a unirlos: el Premio Nacional de Arquitectura.
El lunes pasado, el Colegio de Arquitectos concedió el galardón en forma conjunta a Radić y Aravena, en reconocimiento al valor excepcional de sus obras. De este modo, ambos se incorporan a una nómina de destacados arquitectos chilenos, entre ellos Fernando Castillo Velasco, Alberto Cruz y Miguel Lawner, y a la que también se integró Fernando Pérez en 2022.
Además de su formación en la UC y sus estudios en Venecia, sus trayectorias tienen otros puntos en común: formaron oficinas independientes, han cultivado la escritura y la edición de obras de arquitectura y han alcanzado visibilidad internacional. Y, sobre todo, como comentó Fernando Pérez, son arquitectos que piensan la arquitectura.

Más allá de ello, el perfil de su obra tiene carácter propio.
Fundador de Elemental, Aravena ha elaborado sofisticados diseños, como las Torres Siamesas y el Centro de Innovación de la UC. A su vez, junto con su equipo ha establecido una conexión entre la arquitectura y el espacio público, y ha promovido la renovación de las viviendas sociales.

En el encuentro en la UC, Aravena recordó una conversación que sostuvo hace 20 años con Hashim Sarkis, hoy decano del MIT, sobre cómo la arquitectura podía recuperar relevancia social.
“Él decía que en los años 60 hubo una bifurcación en la arquitectura”, contó. “Los arquitectos le pidieron permiso a la sociedad para ser creativos, geniales. La sociedad se los concede y el costo que pagan es el de la irrelevancia, porque se empiezan a preocupar de problemas que solo les importan a otros arquitectos”.
El otro camino, precisó, fue “pegarse una inmersión en la sociedad, en los problemas que les importan a todos los ciudadanos, como la pobreza y el subdesarrollo. Pero los que optaron por ese camino abandonaron la especificidad del conocimiento de la arquitectura, que finalmente es hacer proyectos: ordenar la información en clave de propuesta”.

La idea de Sarkis era volver a reunir arquitectura y sociedad: abordar los problemas sociales aplicando los conocimientos propios de la disciplina. Sacar el lápiz y buscar soluciones es, según Aravena, un enorme poder de los arquitectos. “Uno tiene que ponerse en esa posición incómoda de ir a los temas que no son de la cancha de uno y, en esa otra cancha, aportar con algo que sí hace la diferencia”..
La obra de Aravena abarca también edificios cívicos, espacios comunitarios, facultades como el edificio de Medicina UC y museos internacionales, como Art Mill en Qatar. El jurado que le concedió el Pritzker en 2016 destacó no solo su compromiso con las necesidades sociales, sino también su comprensión de los materiales, la poesía y el poder comunicativo de la arquitectura.

La sensibilidad hacia los materiales es también una búsqueda de Smiljan Radić. En su arquitectura, lo frágil y lo sólido, la madera, la piedra y la luz conviven y dialogan. Hay una bella extrañeza en su obra, en la que destacan la Casa para el Poema del Ángulo Recto, su diseño para la Serpentine Gallery de Londres, el hotel de Viña Vik y el Teatro Regional del Biobío, que durante la noche se convierte en una lámpara a orillas del río.
Suele trabajar con su esposa, la artista Marcela Correa, pero rechaza la imagen del arquitecto artista. “Mi arquitectura es mucho más pragmática, constructiva”, ha dicho.
Entre sus proyectos estaba la idea de levantar una escuela básica urbana. Radić la imagina como un espacio capaz de crear comunidad más allá de lo pedagógico: “Viendo en positivo, es hogar, comedor, plaza, sala de clase, urna, centro de padres, comunidad de enseñantes”, dijo a La Tercera. Por eso, “pensar una escuela de enseñanza básica urbana es pensar los inicios de una nueva convivencia”.
Tras recibir el Pritzker, contó: “Participo de un equipo que está comenzando a trabajar en un proyecto intergeneracional de respaldo comunitario en comunas periféricas en Chile”.

La pregunta por la convivencia atraviesa igualmente la obra de Aravena. En sus proyectos de vivienda social se preguntó cómo construir, con recursos limitados, casas capaces de crecer sin expulsar a las familias hacia la periferia ni condenarlas a habitar estructuras deterioradas.
La respuesta de Elemental fue la vivienda incremental: utilizar los fondos públicos en aquello que los habitantes difícilmente podrían resolver por sí solos y dejar una parte disponible para que fuera completada posteriormente por cada familia.
Así, la arquitectura debía ofrecer una estructura clara para orientar las ampliaciones, pero también abierta para permitir que cada familia la transformara. En lugar de impedir una participación que ocurriría inevitablemente, el proyecto debía lograr que esa intervención se produjera gracias al diseño y no a pesar de él.

Los edificios de Radić también parecen incompletos, aunque por razones diferentes. Según el jurado del Pritzker, sus obras pueden verse “temporales, inestables o deliberadamente inacabadas —casi al borde de la desaparición—”, pero ofrecen un refugio estructurado que acepta la vulnerabilidad como parte de la experiencia humana.
Radić llegó a la idea de una arquitectura frágil observando las construcciones anónimas y la autoconstrucción chilena. Mientras preparaba una guía de viaje para amigos extranjeros, se detuvo en aquellas edificaciones modestas con una extrañeza difícil de encontrar en la arquitectura. “Gracias a mi ignorancia de aquellos tiempos”, recordó, llamó “frágiles” a esas construcciones y creyó ver en ellas un distintivo de la arquitectura chilena. Más tarde descubrió expresiones semejantes en la contracultura italiana de los años 70.

Con todo, Radić es reacio a mirar su obra como un conjunto dotado de una identidad definida: “Que aparezcan como una especie de enunciado de algo mayor es raro, cuando la mayoría de los edificios han sido ensayos, productos de una práctica más o menos automática. Pensar en ellos como total, como una tesis, no me gusta”.
Una nueva caja de herramientas
“La arquitectura debe poner atención en los llamados acentos sociales que parecen extremadamente importantes hoy. Esos acentos cambian según las circunstancias específicas de cada entorno. Las posibilidades de intervención las debe generar la sociedad presionando a sus autoridades”, ha dicho Radić.

El año pasado, con motivo de la reconstrucción en Viña del Mar, Aravena advirtió sobre un fenómeno: la guerra por el territorio con el mundo narco. Según contó, el Estado está llegando tarde con la ayuda. En una conferencia señaló que entre 2017 y 2024 se construyeron o ampliaron un millón 200 mil casas en Chile, de todo tipo, y se tramitaron solo 400 mil permisos. Es decir, dos tercios de esas construcciones se hicieron de manera informal. “En estricto rigor, uno podría decir que si la gente es capaz de hacer vivienda, lo que no puede hacer es lo que hay entre las viviendas. Y eso probablemente va a definir el rol del arquitecto”.
El fundador de Elemental recordó entonces una idea de Joan Clos, exdirector de ONU-Hábitat: habitualmente se piensa que si un país alcanza el desarrollo, construye buenas ciudades; Clos proponía invertir el orden. “Si hacemos buenas ciudades, entonces vamos a gatillar desarrollo”.

Para ello, dijo, se requieren tres condiciones: un Estado de derecho que distinga claramente lo público de lo privado; un financiamiento que sume al mercado, al Estado y el aporte de las personas, y un buen diseño que delimite adecuadamente los espacios. En las grandes ciudades, contó, la proporción suele ser de uno a uno entre el espacio vendible y los parques, calles y plazas. “En los asentamientos informales, esto baja a menos de uno a 10. Por cada metro cuadrado público hay 10 metros privados. Y los metros públicos son casi solo espacios de circulación”.
Desde lenguajes y escalas diferentes, Radić y Aravena observan y piensan la ciudad, el oficio y sus métodos Eventualmente, como dijo Aravena, “vamos a tener que cambiar la caja de herramientas”.
COMENTARIOS
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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