Paula

Cuando hacer ejercicio deja de ser saludable

El movimiento trae un sinnúmero de beneficios para la salud física y mental, y la evidencia sobre eso es contundente. Sin embargo, esos beneficios no aparecen por el simple hecho de mover el cuerpo, porque también importa la relación que construimos con esa actividad.

Hay ideas que aprendemos desde pequeños y escuchamos tantas veces que terminan pareciendo verdades absolutas. Una de ellas es que hacer ejercicio siempre es saludable. Sabemos que el movimiento tiene beneficios para la salud física y mental, pero con el tiempo esa evidencia terminó convirtiéndose en un mandato. Si alguien entrena todos los días, asumimos que está cuidándose. Si dice que no le gusta hacer ejercicio, la respuesta casi siempre es la misma: le falta disciplina para poder generar el hábito.

¿Pero y si el problema no fuera la disciplina?

Como nutricionista trabajo todos los días con pacientes que tienen una mala relación con la comida y con su cuerpo. Veo personas que entrenan estando lesionadas, con fiebre o completamente agotadas; que sienten culpa si descansan un día; que creen que tienen que “quemar” lo que comieron, o que solo se han ganado el derecho a comer un postre después de hacer ejercicio. Desde afuera parece disciplina. Para muchas personas, en realidad, es una cárcel.

El ejercicio compulsivo es un síntoma frecuente en muchos trastornos de la conducta alimentaria (TCA). No hablo de alguien que disfruta moverse y mantenerse activo, sino de quien siente que si no lo hace va a engordar o perderá su “progreso”. Esa sensación es muy difícil que desaparezca porque hacer ejercicio, en esos casos, muchas veces calma la ansiedad o la culpa. El cerebro aprende rápidamente esa asociación y comienza a pedirla una y otra vez, hasta que llega un momento en que ya no parece una elección, sino una obligación.

Para recuperarse de esta relación no es necesario renunciar al ejercicio para siempre. Con el tiempo, el movimiento puede volver a formar parte de la vida, siempre que deje de ser una forma de compensar lo que se comió, castigarse o intentar modificar, a cualquier costo, la apariencia física.

Pero incluso dejando de lado los TCA, me pregunto cuánto de nuestra relación con el ejercicio realmente elegimos y cuánto aprendimos simplemente porque nos dijeron que era “lo sano”.

Porque cuesta construir una relación saludable con el movimiento cuando desde niños nos enseñaron a vivirlo de otra manera.

En el colegio pocas veces nos enseñaron que mantenerse activos podía ser entretenido y algo que disfrutáramos. En Educación Física todo era rendimiento, comparación y notas. En esa misma clase muchas veces nos pesaban y medían al comienzo del año, como si el tamaño del cuerpo también fuera parte de la evaluación. El ejercicio, además, muchas veces aparecía como un castigo. “Den cinco vueltas a la cancha”, “hagan cincuenta abdominales porque hablaron”. Así aprendimos que movernos era una sanción bastante incómoda y no una fuente de bienestar.

Más tarde, muchos gimnasios reforzaron esa misma lógica. Al momento de inscribirte te hacían una “evaluación de bienestar”, te medían, te pesaban, te preguntaban cuántos kilos querías bajar y te entregaban una rutina genérica que poco y nada se ajustaba a tus necesidades. El ejercicio quedaba reducido a una herramienta para bajar de peso y modificar nuestra apariencia.

Pero ¿por qué asumimos que ir al gimnasio es la única forma de estar saludables? Perfectamente puedes practicar algún deporte, hacer yoga, artes marciales, bailar, trotar, nadar, andar en bicicleta, patinar o simplemente caminar. Cualquier forma de movimiento puede aportar beneficios si realmente disfrutas haciéndolo.

Y ahí está el punto que muchas veces pasamos por alto.

El ejercicio, por sí mismo, no tiene nada de malo, al contrario. Lo que cambia por completo la experiencia es cuando deja de ser una elección y se transforma en una deuda permanente con el cuerpo. Cuando sentimos que tenemos que entrenar para compensar lo que comimos, para ganarnos el derecho a disfrutar un postre o para aliviar la culpa, el movimiento deja de ser una herramienta de bienestar y pasa a convertirse en una fuente más de estrés. Paradójicamente, aquello que se supone que debía mejorar nuestra salud termina deteriorando nuestra relación con el cuerpo, con la comida y con nosotros mismos.

La salud no depende únicamente de lo que hacemos, sino también del lugar desde donde lo hacemos. Dos personas pueden hacer exactamente la misma rutina todos los días. Una puede hacerlo porque disfruta sentirse fuerte, porque le despeja la cabeza o simplemente porque lo pasa bien. La otra puede hacerlo impulsada por el miedo constante a subir de peso o por la culpa de haber comido “de más”. Desde afuera ambas parecen igual de saludables, pero por dentro la experiencia es completamente distinta.

Cuando escucho decir que alguien no quiere hacer ejercicio, me hace ruido que automáticamente le respondan que le falta disciplina. ¿Qué sabemos de la historia de esa persona con el movimiento? No tenemos idea si fue objeto de burlas en Educación Física, si aprendió a usar el ejercicio como castigo o si simplemente nunca encontró una actividad que realmente disfrutara.

Muchas personas terminan inscribiéndose en un gimnasio porque “este año sí me pongo a dieta”, porque quieren bajar de peso o porque sienten que es lo correcto. Sin embargo, una vez ahí se aburren, lo pasan mal, se frustran y terminan creyendo que les falta disciplina, cuando tal vez simplemente estaban intentando sostener una actividad que nunca disfrutaron.

El movimiento trae un sinnúmero de beneficios para la salud física y mental, y la evidencia sobre eso es contundente. Sin embargo, esos beneficios no aparecen por el simple hecho de mover el cuerpo, porque también importa la relación que construimos con esa actividad. Si hacer ejercicio significa vivir con culpa, ansiedad, miedo a descansar o sentir que nunca es suficiente, algo dejó de ser saludable.

Durante años nos enseñaron que mover el cuerpo era una obligación, una forma de cambiarlo o de ganarnos el derecho a comer. Tal vez el desafío no sea hacer más ejercicio, sino recuperar una relación con el movimiento donde también exista el descanso, el disfrute y la libertad de elegir, independientemente de nuestro tamaño corporal. Porque cuando el movimiento nace del placer y no del castigo, deja de ser una obligación y puede convertirse, por fin, en una verdadera forma de cuidarnos.

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