Culto

Mauricio Electorat: “La risa es el mejor antídoto contra el olvido”

En su nuevo volumen de relatos, Cuando seamos menos que un sueño, el escritor chileno revisita la clandestinidad y el trauma histórico desde la ironía y la picaresca. Lejos de la solemnidad, Electorat defiende la necesidad de seguir narrando la dictadura, a la vez que lanza una dura crítica a la "incultura" de la clase política y al analfabetismo funcional en Chile.

Mauricio Electorat: “La risa es el mejor antídoto contra el olvido”

Al ver los estampados en el pasaporte de Mauricio Electorat Müller (65), nos damos cuenta que es un hombre viajado. Durante su vida ha residido en tres ciudades: Santiago, París, Barcelona. Esa experiencia, amaneciendo en distintos sitios, la ha llevado a la literatura, pero también ha plasmado las coyunturas propias de su generación que vivió la bisagra entre la dictadura y la democracia.

Por eso, los 9 relatos breves que acaba de publicar bajo el poético título de Cuando seamos menos que un sueño (Tajamar) recorren escenarios que van de Santiago a París, Barcelona y Tijuana, ocupándose de personajes que deambulan entre pasado y presente, memoria y ficción, enfrentando las tensiones de una vida marcada por las convulsiones políticas de los años de la dictadura y el devenir posterior en el exilio.

Leemos, por ejemplo, historias de aquellos desterrados que recuerdan lo vivido en Chile; la de unos torpes militantes que se ven de pronto armándose para una resistencia que les resulta algo tremebunda; o incluso un exagente de los servicios de seguridad al que su pasado vuelve en su búsqueda. Es decir, lejos de ofrecer una mirada solemne sobre la militancia o la historia política, estos cuentos muestran una mirada crítica y a veces irónica sobre sus protagonistas.

Ganador cuatro veces del Premio Mejores Obras Literarias Publicadas y del prestigioso Premio Biblioteca Breve (2004) por La burla del tiempo, con este nuevo volumen Electorat rompe una larga pausa. Desde 2017, cuando publicó la novela Pequeños cementerios bajo la luna (Alfaguara) que no regresaba a las librerías con nuevo material.

¿Qué le dictó que estas historias necesitaban la brevedad del cuento en lugar del aliento largo de la novela?

Son formatos muy diferentes. Es como componer una obra para piano solo o una sinfonía. El cuento es una construcción instantánea, una especie de “chispazo” o de “chisporroteo” poético que tiende inmediatamente hacia un desenlace. La novela, en cambio, es una obra de arquitectura compleja, de construcción lenta, que suele partir de un relato –que podría ser, y a veces es, un cuento–, pero que se va subdividiendo en diversas historias y planos temporales. Al final, esa proliferación estructural debe volver al caudal principal del relato, iluminándolo con coherencia y potencia poética, debe contribuir así al sentido de la novela.

¿Cómo describiría la línea temática o el “alma” del libro?

Si tuviera que hablar del “alma” del libro, diría que es una especie de revisitación de diferentes episodios de mi pasado, pero un pasado deformado por el lente de la invención literaria.

El hecho de haber vivido gran parte de su juventud entre Chile, Francia y España influye directamente en las atmósferas de estos relatos.

Por supuesto, Santiago, París, Barcelona, son las tres ciudades donde he vivido. Sobre todo las dos primeras. De manera que a mí me resulta totalmente natural que los personajes de mis relatos pasen de Santiago a París, o de París a Barcelona, es lo que me viene sucediendo a mí desde los veinte años. Ese vaivén entre dos mundos –y dos lenguas– tiene algo de neurótico y hasta de esquizofrénico, pero bien manejado puede ser una herramienta literaria muy potente.

Muchos de los personajes parecen vivir tensiones entre pasado y presente. ¿Cómo trabaja esa relación entre memoria, nostalgia y ficción?

Si tuviera que explicarlo, podría decirlo así: Tú tienes 65 años. Tú recuerdas. Tú has vivido, digamos, bastante. Y has leído y has escrito, o has querido leer y escribir, digamos, bastante. Tú recuerdas y escribes. Pero escribir es una manera de olvidar, porque tú inventas. En otras palabras, tú inventas unas situaciones y unas vidas que a ti te habría gustado vivir, lo que equivale a enterrar –o a olvidar– tu opaca pequeña vida. Porque la verdad es que a ti no te ha pasado nada, salvo el tiempo, que es lo único que realmente pasa.

La militancia política y la clandestinidad durante la dictadura aparecen como ejes en algunos cuentos. ¿Siente que su generación necesitaba revisitar esto desde la ficción?

Bueno, todas las generaciones revisitan los traumas históricos que les toca vivir desde la narrativa, el cine, la historia, la filosofía. Los alemanes, franceses, españoles no han dejado de hacerlo nunca, hay novelas recientes de éxito mundial sobre estos temas, como Patria, de Fernando Aramburu, o Las benevolentes, de Jonathan Littell, ¿por qué no lo haríamos los chilenos? Lo curioso es pensar que ya basta de hablar del pasado, que no hay para qué seguir hablando de la CNI o de la dictadura, eso es lo que me parece raro.

En estos cuentos, la militancia es todo menos heroica. ¿De dónde nace esta visión?

De mi amor por la picaresca y de mi convicción, diría “militante”, de que el sentido del humor es la más afilada de las armas del escritor. Esto es lo que nos enseñan Cervantes, Lawrence Sterne, Kafka, Philip Roth, Milan Kundera y tantísimos otros.

¿Cómo cree que la literatura puede dialogar con nuestra historia reciente, más allá de la crónica o el relato histórico tradicional?

Justamente, a través de la risa, que es el mejor antídoto contra el olvido. Cuando digo risa quiero decir parodia, que es lo propio precisamente de la novela moderna desde el siglo XVII en adelante.

¿Qué diferencia ve entre escribir relatos y novelas?

Una novela es, en buena medida, arquitectura. Un cuento es mucho más cercano a la poesía. Ahora, hay un aspecto común entre cuento y novela: la manera en que el escritor se apodera de la lengua, cómo la trabaja, o sea, su estilo.

En otro ámbito, ¿qué opinión tiene del anuncio de Francisco Undurraga como próximo ministro de Cultura?

Ninguna porque no tengo el honor de conocer al señor Undurraga. Pero lo que sí puedo decir es que da un poco lo mismo quien sea el ministro de Cultura, porque la cultura ha sido el vagón de cola de todas las coaliciones que han gobernado este país. Esto tiene que ver con el hecho de que hay temas mucho más urgentes, como la salud, las pensiones o la educación. Pero también con el hecho de que la mayoría de los políticos son incultos. De otra manera no se explica cómo no se dan cuenta de que podemos tener el PIB de Portugal, e incluso alcanzar el de Noruega, pero con una tasa de analfabetismo funcional superior al 40% en la población adulta y que en materia de comprensión lectora alcanza casi el 54%, Chile nunca será un país desarrollado. Un país de analfabetos funcionales es un país desconectado del mundo. Y es un país de personas solas y pobres. Y esa sí es una urgencia nacional que amenaza con convertirse en una catástrofe.

Lee también:

Más sobre:LibrosLT SábadoMauricio ElectoratCuando seamos menos que un sueñoLibros Culto

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Plan digital + LT Beneficios por 3 meses

Comienza el año bien informado y con beneficios para ti ⭐️$3.990/mes SUSCRÍBETE