Bon Jovi repleta el Estadio Nacional con sólido concierto de grandes éxitos
<P>La banda juntó a 55 mil personas en un concierto de dos horas y media,<B> </B> que estuvo marcado por los hits y la alta tecnología.</P>
La panorámica se alzaba fotográfica e imponente. Como en los buenos viejos tiempos: después de dos años sin megaeventos -los últimos fueron los dos shows de Madonna, en diciembre de 2008- el Estadio Nacional volvía a engalanarse y nuevamente se veía repleto casi en su totalidad, con público atiborrando los sectores de galerías y tribunas, y otro tanto agolpándose en las ubicaciones repartidas en cancha.
Un reestreno con carácter de fiesta y un solo invitado: Bon Jovi, la banda norteamericana que ayer juntó a 55 mil personas - la totalidad de boletos puesta en venta por los organizadores y el nuevo aforo del coliseo- en una presentación que rasguñó las dos horas y media. Un espectáculo repartido en 21 temas y centrado en los clásicos históricos de los hombres de Nueva Jersey.
Era reestreno y fiesta, pero también un abrazo generacional: un puñado importante de los fans que arribaron a Ñuñoa oscilaban entre los 25 y los 45 años, gran parte de ellos crecidos en la era en que los himnos de Bon Jovi poblaban las cintas de casetes de 60 minutos del dial FM con no más de una veintena de emisoras. Incluso, los más temerarios, con calvicie y barriga avanzando de manera generosa, llegaron vestidos a la usanza de Axl Rose en sus mejores días -pañuelo en la cabeza y pantalones rajados - o con jeans estudiadamente averiados en las rodillas, una de las marcas de ese rock de ropaje glam y pop que encabezó Bon Jovi.
El mismo cuarteto que, casi consciente del tono estelar de la cita y a 17 años de su segunda y última vez en el país, hizo todo con calculada eficiencia y puntualidad. Justo a las 21 horas y tras un teloneo de Lucybell que fue recibido de manera apenas correcta, la agrupación saltó a escena y dejó en claro de entrada que el atractivo no sólo está en su música, también en su tecnología.
Una impresionante pantalla LED cruzaba todo el fondo de la escena y comenzaba a arrojar estimulantes imágenes de los símbolos de la gira planetaria The circle tour. Uno de los recursos visuales de mayor definición levantados en los escenarios locales en los últimos años y que era secundado de dos pantallas laterales de igual calidad. Todas ellas proyectando las siluetas animadas de los cuatro músicos. Hasta que aparecen bajo los focos: el histórico guitarrista Richie Sambora -de sorprendente parecido a Ron Wood, de The Rolling Stones-; el baterista Tico Torres; el tecladista David Bryan; y, por supuesto, Jon Bon Jovi, vestido entero de negro, con chaqueta de cuero y pantalones con efectos brillantes.
Es el blanco de todas las miradas. Es la presa de todos los chillidos. Blood on blood, un himno de estadio que nunca alcanzó el golpe planetario, es el primer bocado. Pero el estallido absoluto viene con dos hits indiscutidos: You give love a bad name y Born to be my baby. El karaoke es masivo y, ahora sí, la fiesta está servida.
Porque el público llegó para corear y ovacionar los viejos hits. Con sólo una venia educada para sus creaciones más modernas, la jornada volvió a encenderse con Bad medicine -con impresionantes siluetas de mujeres bailando en la pantalla trasera-; un cover de Oh! Pretty woman, la gema de Roy Orbinson que simuló improvisar para sus fanáticas de primera fila; y Always, esa relamida pieza romántica que hizo a algunos optar por el baile en pareja y casi en pose íntima. El vocalista interactuó sólo a momentos con el respetable y sólo dijo que estaba contento de retornar tras tantos años. Si en la cancha el sonido se palpaba parejo, en el sector de tribuna llegaba a los tropezones, sin mayor volumen y carente de matices.
Algunos arrugaron la nariz. Otros, los más, seguían en la entrega. Cerca de las 23:30 horas, la banda incluso, casi como un regalo, despachó Bed of roses, canción que había incluido escasamente en su periplo latino. El conjunto llegó al estadio cerca de las 19 horas y se fue directo a su camarín. Ahí recibieron un disco de oro digital por la venta de sus últimos trabajos y el más entusiasta siempre fue Sambora, arrojando bromas y preguntando por el país.
Un temple relajado que fue la marca de su visita. Los músicos han convertido el hotel Ritz-Carlton en su refugio y casi ni han salido, sólo dedicándose a ir al spa y, en el caso del cantante, a darse un masaje a cuatro manos con murtilla, fruto silvestre típico del país. En los puestos de atención médica se reportaron cerca de 150 casos -casi todos desmayos y problemas menores- y Carabineros calificó la jornada de tranquila. Igual que los organizadores, que sacaron saldo positivo del renovado Nacional, casi sin mayores inconvenientes para espectáculos en su nuevo diseño. Todo sólido y tranquilo. Como el espíritu y la actitud de los propios Bon Jovi, que tras el show regresaron a su hotel y que, para esta mañana, se embarcarían rumbo a Buenos Aires.
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