La reinvención de José María Aznar
<P><span style="text-transform:uppercase">[ex presidente del gobierno español]</span> Hace 10 años, celebró su último Consejo de Ministros, empaquetó sus cosas y abandonó el Palacio de la Moncloa, donde había vivido desde 1996. En esta década, Aznar ha colocado a su laboratorio de ideas, Faes, en el primer puesto de España. </P>
Dos horas diarias de ejercicio. Carrera de 14 kilómetros. Series de velocidad de 40, 60 y 80 metros. Unos 600 abdominales en series de 100. Pesas, golf, pádel. Con la misma voluntad con que ha esculpido sus abdominales durante esta última década se enfrentó José María Aznar a su retiro de la política con sólo 51 años, en el mejor momento de su vida profesional. El 13 de abril de 2004 abandonaba el palacio de La Moncloa y se convertía en ex presidente. Una figura aún extraña e incómoda en España que un día definió así otro ex jefe del Ejecutivo español, Felipe González: "Somos como grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños. No se retiran del mobiliario porque se supone que son valiosos, pero están todo el rato estorbando".
Aznar está de buen humor. Sonríe camuflando: "Ya me dirá en qué le puedo ayudar". Nueva sonrisa. Buena señal en un hombre al que los que lo conocen califican (sin excepción) como seco, tímido y reservado.
Otros (todos responsables del PP durante sus dos gobiernos y que exigen anonimato) escalan más alto en sus calificativos a propósito del personaje. Cada uno atesora su particular anécdota. En una ocasión se cruzó con dos de sus ministros en el Congreso y no les dirigió ni una mirada: "¿Crees que sabe que somos miembros de su gobierno?", le preguntó uno a otro con sorna. Un tercer miembro del Ejecutivo recuerda un viaje a su lado hasta Chile, donde no abrió la boca durante las 14 horas de vuelo: "Sólo soltó gruñidos y onomatopeyas".
A lo largo de los seis tomos editados de sus memorias, Aznar deja claro que no se arrepiente de nada. Considera que hizo un buen trabajo al frente del Ejecutivo entre 1996 y 2004, y que la historia no le ha hecho justicia.
¿El gobierno actual sigue el proyecto que usted inició?
Hablemos de otra cosa.
Aznar acaba de llegar de Polonia, da una charla en Madrid a miembros de la derecha europea y se marcha a la carrera a Israel (uno de sus destinos políticos favoritos). A continuación, volará a Estados Unidos: el lugar donde se encuentra más cómodo y reconocido, donde mantiene una relación cordial con el matrimonio Clinton, familiar con el clan Bush, fructífero económicamente con los Vulcanos (el antiguo equipo de Bush) y sus empresarios colindantes, e ideológicamente a salvo junto a los miembros del ala más dura del Partido Republicano. Allí tiene su particular El Dorado, entre Washington y Miami. Dos puntos claves para influir en el continente americano.
Pasa 200 días al año fuera de España y recorre 400.000 kilómetros. Da clases como profesor distinguido en la Universidad Johns Hopkins desde 2011, dirige un par de centros de estudios transatlánticos con especial atención en Latinoamérica, dicta conferencias muy bien pagadas, escribe libros, asesora (al menos) a cinco multinacionales y participa en media docena de grupos de presión y think tanks. Gana mucho dinero.
Aunque sus ingresos se han multiplicado por 20 desde aquellos tiempos de La Moncloa; aunque su sociedad familiar Famaztella ha logrado alcanzar un patrimonio de más de 2,2 millones de euros; aunque cobra no menos de 200.000 euros anuales por cada asesoría, 40.000 por conferencia, 75.000 como ex presidente, y se acaba de comprar una mansión de un par de millones en la zona más noble de Marbella (ejercicio de buena mañana, paseo con los perros por la playa, lectura de tarde, golf al caer el sol y cenas con amigos hasta no más de la medianoche), continúa incidiendo en lo duro que es salir adelante: "Me cuesta mucho ganarme honradamente la vida y pago hasta el último de mis impuestos", recalca. Fernando Villalonga, diplomático, ex secretario de Estado para la Cooperación Internacional y persona cercana a Ana Botella (esposa de Aznar), confirma que "aunque viven con más desahogo que nunca, siguen pensando, viviendo y vistiendo como la clásica familia de clase media acomodada madrileña. En su casa se sigue comiendo lo mismo que hace 25 años".
Su despacho no es muy grande; blanco, desnudo, con un escritorio moderno ordenado a conciencia, algún grabado. La luz es tenue. Un agente de celebrities que tiene en su nómina a varios ex jefes de gobierno explica: "En el fondo, lo que importa a los antiguos mandatarios es que no se olviden de ellos; son más ególatras que avariciosos. De hecho, sólo cobran un tercio de las conferencias que pronuncian. Y en España suelen darlas gratis. Quieren seguir influyendo, contar en el mundo. ¿Y cómo lo hacen? Facturando por conferencias, asesorías y libros, y montando con esa financiación una estructura de apoyo personal: un equipo de comunicación, de escritores de libros y conferencias, de gente que te lleve la agenda y la página web… El que mejor lo ha hecho en España ha sido Aznar montando Faes. Sin embargo, está muy lejos en ingresos de Blair, que factura con su compañía Tony Blair Associates más de 30 millones de euros al año, o Clinton, que cobra hasta 200.000 euros por conferencia. El gran mercado de Aznar está en Estados Unidos. Mientras, Felipe González (que nunca se puso a aprender inglés) es una gran estrella en Latinoamérica, y Zapatero está comenzando a cultivar ese territorio".
Contiguo al limbo de Aznar en Faes hay una sala de reuniones que cumple las funciones de museo del aznarismo. Aquí están gran parte de los 5.000 libros que reunió en La Moncloa. En esta sala hay, además, recuerdos, trofeos y fotografías. Un vistazo al vuelo: Aznar con el rey, Juan Pablo II, Margaret Thatcher, Tony Blair, Bill Clinton y George W. Bush. Hay cartas enmarcadas con membrete de Downing Street y de la Casa Blanca, esta última autografiada por Bush, que concluye con un "God bless Spain"; imágenes con los soldados españoles en Irak y de Aznar vestido de minero en los yacimientos de oro de Pueblo Viejo, en República Dominicana. Otro recuerdo que le gusta mostrar es una enorme fotografía nocturna tomada por un satélite espía de Estados Unidos de las dos Coreas, donde la del Sur (capitalista) aparece cubierta de luces y en la del Norte (comunista) no brillan más que unas candelas en torno a su capital, Pyongyang. Un regalo del ex secretario de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld.
El primer reto de Aznar al abandonar La Moncloa el 13 de abril de 2004 fue conseguir que su laboratorio superara a las fundaciones del PSOE; que se coronara como el think tank más poderoso del país. "Vamos a ser los primeros". Así se lo exigió a sus más directos colaboradores, aún impactados por los sucesos del 11 al 14 de marzo de 2004 (192 muertos en el atentado más sangriento de la historia de España y unas elecciones perdidas), a las 10 de la mañana del 20 de abril de 2004.
El siguiente reto aquel lunes de abril fue aprender inglés. Iba a ser su herramienta de trabajo. Se manejaba en un francés correcto, pero su inglés era deplorable. Comenzó a recibir tres horas de clase diarias. Cinco meses más tarde, se atrevía a dar su primera conferencia en la Universidad de Georgetown, en Washington.
Aznar planificó meticulosamente su nueva vida ya a lo largo de su segundo gobierno. Lo primero, un contrato en 2003 con Planeta por tres libros por el que cobró 600.000 euros. Después vendría otro contrato con la misma editorial por otros tres y un importe similar. Lo segundo, un acuerdo con la firma estadounidense Washington Speakers Bureau (que tiene entre sus filas a Blair y los Bush) para que gestionaran sus conferencias, con unos honorarios en torno a los 40.000 euros por hora y media de comparecencia (puede hacer 20 al año). Lo tercero, su convenio, hasta 2010, con la U. de Georgetown, en Washington, para formar parte de su claustro de profesores ilustres (en 2011 fichó por la Johns Hopkins). Y lo cuarto, su fichaje (ya desde septiembre de 2004) por Rupert Murdoch, el magnate del grupo de comunicación News Corp, como asesor (con un sueldo de 10.000 euros mensuales) y, a partir de 2006 y hasta hoy, como consejero del grupo.
Había vida después de La Moncloa. Para José María Aznar fue un trauma abandonar la presidencia del gobierno. Pero lo había prometido.
¿Se arrepiente de esa decisión de no presentarse a un nuevo mandato?
No. La tomé libremente, pensaba así y lo medité mucho; pensaba que era bueno para mi país y que me quedaba otra vida por vivir. Cada cosa tiene su tiempo. Y no hay que sobrepasarlo. Y de Churchill nos acordamos que ganó la II Guerra Mundial, pero nadie se acuerda de que luego volvió a ser primer ministro, entre 1951 y 1955, y pasó sin pena ni gloria. Yo no quería seguir ese camino. Hubo gente que me pidió que no me fuera; mucha gente.
¿Por ejemplo?
Bill Clinton me dijo un día: "Yo no concibo nada mejor que la Casa Blanca. Si no fuera por la limitación de mandatos, habría sido presidente toda mi vida. No concibo que te vayas sin que te obliguen". Y lo decía en serio. Pero yo estaba convencido de marcharme.
¿Volverá a la política?
Tú puedes dejar la política, pero es ella la que nunca te deja. Cuando has estado en política, te persigue hasta el final; nunca se olvida de ti. Hasta el final de tu vida.
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