Por Patricia MoralesGemma Carbó: “La educación artística y cultural es la vacuna para la violencia escolar”
Invitada al IV Encuentro Docente del Centro Cultural La Moneda, la doctora en Ciencias de la Educación reflexiona sobre el lugar que ocupan el arte y la cultura en la escuela. Frente al aumento de la violencia y los problemas de convivencia, plantea que las respuestas centradas en la seguridad son insuficientes y que es necesario volver a conectar el aprendizaje con la vida.

Cuando la española Gemma Carbó, doctora en Ciencias de la Educación e integrante de la Comisión de Cultura de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), estaba realizando su investigación doctoral, buscó las leyes que se habían aprobado en España a fines de los años ‘70 para compararlas con las actuales. Uno de los primeros hallazgos fue que en esos años se hablaba de educación y cultura como dos elementos que debían permanecer juntos. Cinco décadas después, la educación se vincula con innovación, transferencia, conocimiento, pero la cultura ha quedado fuera de la lista. Grave error, dice, pues cuando la cultura no es parte del aula, entonces “se pierde el sentido”.
Este mes se llevó a cabo el IV Encuentro Docente del Centro Cultural La Moneda, instancia que reunió a docentes, investigadores y agentes culturales para reflexionar sobre el aporte de las artes y la cultura frente a los problemas de violencia, convivencia y bienestar que atraviesan actualmente las comunidades educativas. Gemma fue la invitada internacional. En su exposición ‘La escuela como paisaje afectivo y cultural’ reflexionó sobre la necesidad de volver a conectar el aprendizaje con otras dimensiones, cuestionando los modelos educativos centrados en el rendimiento y la transmisión de contenidos. “El conocimiento no está solo en los libros de texto, sino en la vida que rodea la escuela; en los museos, en las comunidades, en las calles, en las bibliotecas, en saberes ancestrales (...) La escuela no puede permanecer cerrada”, dice.
Según explica, fue el neoliberalismo el que llevó a la cultura a constituirse como un espacio más de consumo y de goce extralaboral, y a la educación como un espacio de formación para el mundo laboral.
—¿Y qué perdimos cuando empezó a producirse esa distancia?
Si todo lo que hacemos en la escuela no se inscribe en esta necesidad de ser individuos que participan en un entorno comunitario —que esto es la cultura—, uno no ve la utilidad de lo que está pasando en la escuela; no ve la conexión entre lo que le están contando y sus necesidades reales. Se pierde el sentido y la pérdida de sentido provoca desmotivación, desconexión, apatía. Para mí recuperar la conexión con la cultura, es recuperar la conexión con la vida.
— Y si esa separación lleva tanto tiempo instalada, ¿cómo se empieza a reconstruir ese vínculo?
Creo que el hecho de que en nuestras aulas haya cada vez más diversidad de orígenes, de estéticas, de procedencias, de formas de vivir, está provocando que esta conexión sea cada vez más necesaria. Porque ¿qué nos pasa? Si no preguntamos a nuestro grupo de estudiantes, ¿quiénes son?, ¿de dónde vienen?, ¿qué canciones les cantan en sus casas?, ¿qué música les gusta?, ¿qué cuentos han marcado su infancia?, será muy difícil conectar con ellos. Entonces, se puede empezar por algo tan simple como esto: saber que en el aula hay una riqueza de oportunidades artísticas y culturales infinitas, y que esta es tu materia de trabajo. Recuerdo una investigación que hicimos con jóvenes en una convención de la Unesco, y lo primero que les preguntamos fue ¿a ti qué te gusta? Y todo lo que les gustaba estaba prohibido en la escuela. Estamos hablando de música, de literatura, que tal vez no es la que estás enseñando tú aquí, pero es música y es literatura. Entonces creo que lo mejor es empezar dejando que entre otra vez en la escuela lo que nos da la vida: qué letras de canciones te están emocionando ahora, qué novelas, qué libros, qué poemas, qué obras de teatro.
“Si no preguntamos a nuestro grupo de estudiantes, ¿quiénes son?, ¿de dónde vienen?, ¿qué canciones les cantan en sus casas?, ¿qué música les gusta?, ¿qué cuentos han marcado su infancia?, será muy difícil conectar con ellos".
— ¿Por qué cuesta tanto abrirles espacio a esas otras experiencias dentro de la escuela?
Nos sigue dando un cierto recelo lo que es diferente. Tendemos a pensar que la escuela, y en parte es su función, es un espacio de igualdad. Pero tal vez no es igualdad, es equidad, que es distinto, porque la igualdad uniformiza. Y justamente ahora lo que necesitamos es lo contrario, que la diversidad se pueda gestionar de tal manera que no vaya en contra de la equidad que es lo que la escuela debe garantizar. Esto sitúa al maestro en una posición difícil, porque es salir de su zona de confort que es la educación tal como la habíamos entendido hasta ahora, y entrar en un proceso de acompañamiento de realidades y de construcción colectiva.
Da miedo porque es verdad que en algunos casos tienes la sensación de que, o pierdes la autoridad, o no tienes la capacidad suficiente, pero el maestro debería ser cada vez más un pedagogo, un acompañante y un conector de realidades, creatividades y posibilidades en el aula. Hay que pensar en una formación de formadores que tenga esta mirada y que trabaje estas competencias y estas capacidades.
VIOLENCIA
En sus días en Chile, Gemma logró hacerse una idea de la situación de la educación chilena, específicamente las cifras y casos de violencia que, según su visión, no son muy distintas a lo que ocurre en otros países. “El plan de seguridad en las escuelas que se está proponiendo acá, coincide con uno muy similar que se acaba de poner en marcha en Cataluña, y que ha sido muy cuestionado”, dice. Y agrega: “Responder a la violencia con normas de seguridad, ha demostrado históricamente que no funciona”.
— ¿Qué es lo que funciona?
La educación artística y cultural debería ser la alternativa. Yo lo he mencionado como la vacuna: la violencia es un virus que se contagia y es muy peligroso, global, y necesitamos hacer frente a este virus como lo hemos hecho en otros campos. Hay investigaciones científicas que avalan esto; que el arte permite dar plasticidad al cerebro. La neurociencia nos ha demostrado que el aprendizaje ocurre cuando el conocimiento logra vincularse con las emociones y las experiencias. Un entorno que favorece la creatividad y la participación también favorece la sociabilidad, la empatía y la capacidad de construir comunidad. Por eso la educación artística no puede entenderse como algo accesorio. Más bien es una dimensión fundamental para pensar cómo queremos convivir y aprender en nuestras escuelas. Y en ese sentido, a mí me parece que estamos frente a un momento en el que hay muchísima responsabilidad de los que estamos en estos campos porque, o demostramos que realmente somos la vacuna, o la alternativa ya la conocemos.
“La neurociencia nos ha demostrado que el aprendizaje ocurre cuando el conocimiento logra vincularse con las emociones y las experiencias. Un entorno que favorece la creatividad y la participación también favorece la sociabilidad, la empatía y la capacidad de construir comunidad”.
— Quienes defienden esa alternativa plantean que es una solución más rápida.
Sí, pero yo pensaba, en estos momentos en los que aparecen las fuerzas de seguridad en un centro educativo, ¿cuál debería ser la reacción? Pues hagamos de esto un proyecto artístico educativo. Impliquemos a estas fuerzas de seguridad en una discusión colectiva sobre por qué, para qué, cómo, dónde. Démosle la vuelta, porque las soluciones rápidas ya sabemos a lo que corresponden.

— En tu exposición hablaste de la dimensión del cuidado dentro de las comunidades educativas, ¿cuál es su rol en esto?
Educar también significa cuidar y comprender que nadie puede aprender, crear o vincularse si no existen condiciones mínimas de bienestar, escucha y reconocimiento. Somos seres vulnerables y dependientes de los otros, y en ese contexto la educación artística puede abrir espacios muy importantes para reconstruir vínculos, sensibilidades y formas de convivencia.
— En esos “otros” también te referiste a la naturaleza…
Esta es una reflexión de las ecologías y los feminismos: el lenguaje de la modernidad lo que ha hecho es separarnos de la naturaleza y de la vida. Nos ha conducido a un concepto de progreso urbano, industrial, de trabajo con la cabeza, con las inteligencias artificiales, con los algoritmos, que nos desconecta, primero del cuerpo, que es el primer espacio de la naturaleza, y segundo, del entorno natural. A eso se suma que durante muchos años las migraciones del campo a la ciudad fueron creando un relato de que el campo era el espacio de la violencia, de lo primitivo, de lo que había que dejar, y que trabajar con las manos era cosa de otra época. Pero hay que contrarrestar ese discurso, porque sabemos que hay que entrar el verde de nuevo a las aulas; que esto está conectado con nuestro bienestar emocional y además, nos hará más conscientes de que estamos en un planeta limitado, en el que no solo está la relación entre humanos, sino entre seres vivos, y que todo está en un equilibrio que si se rompe, desaparecemos.
“El discurso acrítico sobre estas herramientas (inteligencia artificial) es perverso. Porque en el fondo está marcando una ideología muy clara de qué ponemos en un centro”.
— ¿Cómo podemos relevar esto cuando tenemos en paralelo mucha información que dice que la inteligencia artificial es el futuro?
Yo creo que ahí la realidad se impone. En el momento en que hay un virus de la Covid global, en el momento en que hay apagones durante varias horas, en el momento en que hay crisis del petróleo, sequías que están amenazando cualquier forma de existencia, la evidencia de que somos vulnerables y que cada vez lo seremos más, debería ayudarnos a marcar como prioridades aquello que da sentido a nuestras vidas y a nuestra convivencia. Y ser muy críticos con este discurso de que la ciencia nos va a salvar. Porque sabemos de antemano que todos los computadores que están custodiando esta inteligencia artificial, si no tienen agua para refrigerarse, no van a funcionar, y que están consumiendo unas cantidades de energía increíbles que si hay incendios o tormentas, no se podrá producir. Todo va cayendo por su propio peso y creo que esta consciencia de la vulnerabilidad de la vida humana nos reconecta con el hecho de que somos naturaleza y que las máquinas no podrán resolver determinadas cuestiones. ¿Significa que no tenemos que utilizarla? No, en absoluto que no. Pero el discurso acrítico sobre estas herramientas, es perverso. Porque en el fondo está marcando una ideología muy clara de qué ponemos en un centro: ¿el beneficio económico?, ¿el crecimiento de unos pocos en detrimento de qué? ¿De que se vayan estos a vivir a Marte y nosotros nos quedemos aquí sin poder vivir?
— Por último, ¿estamos a tiempo de hacer estas mejoras con nuestra infancia actual?
Yo tengo la sensación de que nos pasa como con el cambio climático: estamos a tiempo, pero nos queda poco tiempo. En primer lugar, los que estamos trabajando estos temas, tenemos que empoderarnos y asumir mucha más responsabilidad, estar en la arena de la discusión política diaria. ¿Cómo? Aprendiendo a trabajar con otros profesionales e investigadores y aplicando sistemas rigurosos, demostrar evidencias, evaluar, apostar por estos temas. Es decir, hay un trabajo desde lo micro que es desde cada escuela, desde cada maestro, desde cada artista, a partir de las prácticas cotidianas, y hay un trabajo desde lo macro, que es crear redes, tener agencia política y sobre todo mucho compromiso. Todavía pasa que desde las ciencias sociales, desde lo educativo, lo cultural, lo artístico, hay mucho prejuicio de que no tenemos nada que decir frente a las grandes discusiones políticas, sociales y económicas. Y eso no es verdad.
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