Por Pablo Retamal N.María José Ferrada revive Kramp: “Tomé mucho de los vendedores reales; mi padre era un vendedor viajero”
A casi diez años de su aplaudido debut en la literatura de género adulto, la autora chilena reflexiona sobre la reedición de su premiada novela, los lazos familiares en el Chile de los setenta y la libertad de la mirada infantil.

A M no le importa faltar al colegio de tanto en tanto. Le parece mucho más interesante (y educativo) acompañar a su padre, D, a vender clavos, serruchos, martillos, picaportes y ojos mágicos para puertas marca Kramp. Juntos inician una ruta de vendedores viajeros, y pronto la muchacha pasa de ser acompañante a socia del informal emprendimiento. Ese es el universo que María José Ferrada relata en Kramp.
Publicada originalmente en Emecé en 2017, casi diez años después vuelve a circular en las librerías, esta vez bajo etiqueta Seix Barral. Fue su primera novela de género adulto tras un largo (y galardonado) camino en la literatura infantil. Y ese debut dejó huellas, Kramp obtuvo el Premio Mejor Novela que otorga el Círculo de Críticos de Arte, además del Premio Municipal de Literatura de Santiago y el Mejores Obras del Ministerio de las Culturas. Fue muy aplaudida amén de su narrativa cuidada, fluida y sobre todo muy sobrecogedora. La vivencia del padre y la hija siendo vendedores viajeros en el Chile setentero de la dictadura sin duda que marcó a los lectores nacionales.

Casi diez años después, Ferrada recuerda en conversación con Culto cómo surgió Kramp. “Esta novela estuvo harto tiempo en mi cabeza antes de que me sentara a escribirla. Y el principio tiene que ver con la parte más biográfica: mi padre era un vendedor viajero –jubilado, por eso hablo en pasado– y yo lo acompañé mucho a vender, sobre todo en mi adolescencia. Lo pasaba bien escuchando las historias de sus colegas. Como buena adolescente, no me gustaba el mundo y era un poco trágica, los vendedores, por una especie de contraste, hacían desaparecer toda esa gravedad. Tenían que llegar a la meta de fin de mes. Todo dentro de una especie de destartalamiento general: autos que siempre se estaban quedando en pana en mitad de la carretera, hoteles donde te morías de frío, préstamos de plata que se hacían unos a otros. Y luego, ya aparecieron cosas a un nivel más inconsciente. Es un oficio que contra toda probabilidad era muy querido por quienes lo ejercían y que vimos desaparecer. El tiempo en que ocurre la historia, ya ficcionada, es un tiempo de mucha violencia. Esa parte apareció, pero sin plan”.
¿Cuánto de la historia se inspira en experiencias personales o de tu familia?
Tomé mucho de los vendedores reales. Y me divertí mientras escribía, porque pensé que cuando vieran sus historias en el libro les iba a gustar. Hubo algunos que me llamaron y que según el número de páginas que les di calcularon si los quería más que a otros. También hubo alguno que, en una especie de defensa, dijo que había retratado las cosas más caóticas y precarias de lo que eran. Pero yo creo que no, que más bien me quedé corta.
¿Qué te motivó a “rescatar” ese oficio que estaba desapareciendo?
Bueno, como me dijo alguien, no es que fueran un tesoro humano vivo. Se portaban mal, eran chamullentos, incorrectos, pero esa era su gracia para mí. No sé cómo explicarlo, pero creo que me enseñaron a hablar de un modo no demasiado grandilocuente ni absoluto. Y ese aprendizaje no fue poca cosa para mí.

La relación entre M y su padre D es central y tiene tintes de “educación paralela” en el camino. ¿Cómo describirías esa dinámica padre-hija?
Es una dinámica con un montón de fallos, como la mayoría de las relaciones familiares. Pero es una historia de aceptación y de cariño también. Pero de un cariño consciente de que las cosas no son tan bonitas –y a veces tampoco tan feas– como nos las pintamos. La experiencia tiene muchas capas y los padres y las madres son seres humanos, se equivocan y claro que eso tiene costos. Pero parece que no hay otra forma. Son relaciones difíciles y hermosas. Cuesta separar una cosa de la otra.
M tiene una mirada muy ingenua y, al mismo tiempo, profundamente filosófica. ¿Crees que la infancia permite ver cosas que los adultos ya no ven?
Sí, porque es un tiempo en que no tienes experiencia y además tienes poco lenguaje. Pero eso no quiere decir que no te hagas preguntas profundas, sobre la vida o la muerte, por ejemplo. Entonces ahí estas y cuentas con muy poquitas palabras que además no son abstractas, porque la abstracción toma un tiempo. Los adultos nos perdemos muchas veces en el lenguaje y en esa abstracción. El niño no y como resultado puede tener una experiencia más directa de la realidad. El budismo zen que le da hartas vueltas a esto lo explicaría de manera muy simple: entre la manzana y la persona que la observa está la palabra “manzana”, que de alguna manera se interpone. En el caso del niño hay muchas palabras que no están. Los adultos, para bien o para mal, vemos las cosas cargadas de la experiencia de otros y, por lo tanto, con menos libertad. Todo esto que te expliqué es bastante abstracto ¿ves?
La dictadura aparece de manera lateral, casi como una sombra que contamina todo. ¿Por qué optaste por esa aproximación indirecta?
Un poco tiene que ver con la pregunta anterior. Una niña de siete u ocho años –como la protagonista de Kramp– no suele hablar de la dictadura, pero eso no la hace inmune a los efectos de esa violencia, más bien todo lo contrario, queda desamparada. Mi intención fue retratar ese no comprender lo que estaba pasando pero sin renunciar al intento de comprensión. La narradora hace analogías con el catálogo de ventas de su padre, con las estrellas, con los fantasmas, es decir, con las pocas cosas que conoce. Pero la realidad no encaja con las herramientas con que ella, literalmente –porque venden productos de ferretería– cuenta.

Aunque es tu primera novela de género adulto muchos lectores jóvenes también la leen. ¿Cómo entiendes hoy esa frontera entre literatura infantil y adulta?Mi visión sobre eso ha cambiado un poco con los años. Antes pensaba que no había división, pero hoy pienso que en realidad son literaturas diferentes, que responden a momentos de la existencia y a una relación con el lenguaje que es diferente. Es otra literatura con sus propias reglas, con animales de miles de años y llena de historias de personajes débiles que, contra todo pronóstico, le dan la vuelta al que se supone sería su destino. Rebeldes, en otras palabra. Estoy pensando en Cenicienta en Hansel y Gretel o en el Tío Conejo de la tradición americana. Pero la verdad es que las huellas de esa rebeldía también están presentes en los cuentos más contemporáneos. Es una literatura que le repite una y otra vez a los niños que es posible encontrar un sentido a esta vida, pero para eso no se puede ser dócil. Debes pensar, observar, buscar donde están las grietas por las que te puedes escapar de los gigantes, que aparecen a lo largo de la vida.
Kramp ganó premios y ha tenido buena recepción internacional. ¿Qué sorpresas te ha dado la reacción de los lectores?
Kramp ganó el Premio Mejor Novela que otorga el Círculo de Críticos de Arte, ganó el Mejores Obras del Ministerio de Cultura, el Municipal y se ha traducido a quince idiomas, algunos tan lejanos para mí como el bengalí o el húngaro. Y debería decir que eso era improbable y que no lo esperaba, pero por otra parte, siempre trato de hacer las cosas y esperar lo bueno. Los cuentos que leo y estudio se tratan justamente de eso. De creer que incluso en el desamparo –vuelvo a Hansel y Gretel, porque ahí es muy claro– las cosas pueden revertirse. Por eso me parece que la literatura infantil es importante. Hay una historia muy bonita de Lukács, el filósofo marxista, que decía que había que llevar cuentos de hadas a las escuelas y a los parques, porque se trata de cuentos que hablan de una dicha posible, que nace del interior de cada uno. Es difícil vivir sin eso. Y sobre todo: no es justo que un niño viva sin esa esperanza. Volviendo a la novela, esperaba que le fuera bien, siempre espero eso y claro que a veces no funciona. Pero esto es así.
Han pasado casi 10 años desde su publicación ¿Cómo ves hoy la novela?
Bonita, con su nueva portada blanca que conserva mucho de la anterior. Sigue estando en un sello para adultos, pero también la leen en las escuelas, así que espero que me siga permitiendo conversar con los niños. Recuerdo uno muy simpático de una escuela de Cherquenco que al finalizar la lectura me dijo –a propósito de la protagonista y de su padre– : “yo también vengo del mundo de los ferreteros”. Imagino que me quiso decir que sintió cercana la novela y eso es lo mejor que me puede pasar como escritora.

¿Qué lugar crees que ocupa Kramp en tu obra?
Un lugar importante porque fue experimentar por primera vez con la novela, que me sigue pareciendo un género difícil. Porque solo con palabras intentas poner un mundo en funcionamiento, un mundo con sus propias reglas y que si queda bien construido, suspenderá por un rato la realidad del lector. Yo no sé cómo será esa realidad, pero en el caso de los niños a veces es dura, así que en este último tiempo he estado tratando de escribir cuentos un poco más alegres y absurdos, con algo de humor. Ahora pronto publicaré el segundo libro de una serie que tiene como protagonista a un zorro volador. En un cuento de esos hay un pequeño fantasma que se viste con un paño de cocina y un gato, que también quiere ser fantasma, así que siempre le está robando el paño. Me gusta escribir este tipo de historias e imaginar a los lectores mirando los paños de cocina con sospecha.
¿Cómo ves a la literatura chilena hoy?
Me faltan lecturas, sobre todo actuales, para responder esto. Pero mi opinión sobre la literatura chilena no tiene ninguna importancia. Sí pienso a veces en qué estarán escribiendo en sus cuadernos los niños y niñas que son los escritores del futuro. Y espero que sea una escritura libre, sin miedo. Que no intenten decirles a los lectores de su tiempo cómo deben pensar, porque en ese buenismo, que no logro separar de la prepotencia, hay en el fondo un menosprecio a los lectores y a la literatura misma. Espero que esos escritores del futuro no acepten mandatos de ningún tipo, que encuentren formas nuevas y que escriban lo que les dé la gana.

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