Diario Impreso

"Terminé a duras penas esta película"

<p>Tras diagnosticársele cáncer de hígado en pleno rodaje, Raúl Ruiz se sometió a un trasplante en marzo.</p>

Enfermo que come no muere. Esa es la máxima que por estos días está aplicando el cineasta Raúl Ruiz tras el trasplante de hígado que lo tuvo al borde de la muerte en marzo de este año. Y no es sólo un dicho, ya que producto de la adaptación al órgano nuevo, el apetito de Ruiz ahora ha aumentado.

"Después de tener un hígado que no me dejaba comer ni un pedazo de pan, este me hace sentir hambre todo el tiempo", dice Ruiz, cuya voz suena débil aunque de buen ánimo. La mejor medida para captarlo es que su humor irónico y ladino se mantiene intacto y salpica sus respuestas con sabrosas digresiones.

Al momento de esta entrevista, el cineasta acababa de ver la versión televisiva de Misterios de Lisboa, cinta que terminó de filmar muy enfermo y que estará en la Competencia Oficial del Festival de San Sebastián. "Estoy sorprendido por la aceptación", comenta. "Nunca una película mía había sido pedida por tantos festivales: Sao Paulo, para la inauguración, el de Pusan en Corea. En los festivales de Estoril y Roma van a pasar la serie integral. Cuando se mostró en Cannes, yo estaba en el hospital, entre la vida y la muerte", recuerda.

¿Pensó que moría?

Sí, fíjate. Estaba preparando otra cinta que quería llevar a Cannes y terminé a duras penas esta película, pero a la larga fue mejor.

¿Por qué?

Es que le dio a la película un patetismo suplementario, que no estaba previsto. Porque si crees que después de esta película te vas a morir, adquiere una solemnidad que no estaba contemplada en el guión.

Con Ruiz es difícil saber si habla en serio o todo se trata de una broma de gusto retorcido, pero los hechos sí que son elocuentes: a fines de 2009 le fue detectado un cáncer hepático, pero igual rodó en el verano esta cinta basada en la novela homónima del portugués Camilo Castelo Branco. En marzo, se sometió a un trasplante de hígado en Portugal y en medio de la convalescencia, se cayó de la cama y se quebró una pierna. "Aunque estoy caminando un poco, la fractura me obliga a permanecer casi siempre acostado. Ha sido la enfermedad más aburrida, porque no me deja hacer casi nada", reclama Ruiz, aunque ya salió del hospital y se encuentra en su hotel de Lisboa.

¿Qué le han dicho los médicos sobre la recuperación?

Que voy bien, pero un trasplante al hígado implica que te bajan las defensas para impedir el rechazo, y eso arriesga una neumonía. El trasplante no está ganado, porque la recuperación puede durar mucho. Conocí gente que lleva ocho años trasplantada y sigue en el hospital.

Pero si su cuerpo acepta el órgano nuevo, algo garantizará.

El hígado no es una garantía, sólo sirve para saber que nada es garantía de nada. Si te diera la estadística de la gente que saliendo del hospital se murió, pero sacándose la mugre y pegándose en la cabeza, te sorprenderías. Pero en mi caso no tuvo ninguna consecuencia, salvo el comer mucho.

El folletín lisboeta de Ruiz

Según el cineasta, Misterios de Lisboa es algo así como una versión lusa de las novelas de Blest Gana. Narraciones corales en que el retrato de una época sirve para construir la identidad del país. Para él, Castelo Branco es un observador agudo de la sensibilidad portuguesa, eminentemente melancólica.

Usted ha filmado mucho en Portugal.

Ellos son muy secretos, eso de decir una cosa por otra. Usan mucho el silencio, mucho más que en Chile. Un silencio de 40 minutos entre personas que conversan no es algo fuera de lo común. Fernando Pessoa y Castelo Branco me gustan mucho. Cuando veo la revista Orfeo, que dirigía Pessoa, recuerdo la revista Orfeo que hacía Teillier. Ellos tienen una forma muy poco mundana de acercarse al arte.

¿Le atrae la melancolía?

Cuando estaba en el hospital hablaba con mi doctor del Mundial de Fútbol y me decía que el problema de la selección portuguesa es que son muy tristes, no saltan, no celebran. Hay un chiste portugués que dice que los computadores de todo el mundo tienen memoria, pero los portugueses sólo tienen remembranzas.

Misterios de Lisboa narra varios relatos ambientados a comienzos del siglo XIX donde se cruzan aventuras, coincidencias, revelaciones y pasiones violentas en torno a un huérfano, un sacerdote, una condesa y un ex pirata.

El filme fue definido como una de las películas más importantes hechas en Portugal. ¿Tuvo mucha presión mientras la dirigía?

Nadie me fue a vigilar y cuando el productor se asomaba, era para invitarme a almorzar. Esto fue una sorpresa para mí, porque no siempre es así.

El filme está seleccionado en Toronto y San Sebastián. ¿Irá a estos festivales?

Tengo pensado ir a San Sebastián, aunque todo depende de los médicos. El 19 de agosto tengo examen para ver cómo estoy y ahí veré. En 10 días me voy a París, pero para eso debo subir escaleras y aún no puedo.

¿Le aconsejaron parar de filmar?

No necesito a los médicos para que me lo digan sino que a los productores, ya que se demoran tanto en armar una producción. Pero voy a preparar una película chica acá en Portugal y después quiero terminar mi trabajo teórico, que son dos libros. Pero en ningún caso voy a filmar el 2011.

Claro, un rodaje implica un trabajo físico importante.

Hasta hace 15 años se necesitaba buen estado físico para rodar, pero ahora uno está sentado frente a tres monitores y das instrucciones a los asistentes. Esto va a dejar a una nueva generación de cineastas gordos y potones. Aunque no me complica el tema, porque John Huston hizo su mejor película con una máscara de oxígeno (The dead) y Bajo el volcán en silla de ruedas. Olivera tiene 102 y sigue filmando. El problema no son los cineastas sino los seguros involucrados.

Hay una generación completa de cineastas veteranos filmando muy bien: Oliveira, Wajda, Chabrol.

En Portugal la televisión estatal privilegia el cine menos comercial y allá los más favorecidos son los cineastas mayores. El año pasado le dieron plata a proyectos de Oliveira, que tiene 102 años, Felipe Rocha, de 85, y luego yo, que tengo 68. Soy el más joven en un grupo de 85 años de edad promedio. Portugal es un país gerontofílico. Pero estoy agradecido. La primera vez que filmé acá fue hace 30 años, me había hecho una sólida reputación de cineasta difícil y Portugal me dio la posibilidad de hacer un cine popular como el que hice en Chile.

¿Qué opina de los jóvenes cineastas europeos?

El cine francés está aburrido, y ojo que a mí me gustan las películas aburridas. Pero ahora se está buscando la pequeña joyita, y los efectos están tan depurados que no se ven. ¿Sabes por qué pasa eso? Porque los alumnos de las escuelas de cine los seleccionan por su inteligencia, que sepan de esto y lo otro. Los grandes cineastas eran bastante tontos y poco cultos. Yo conocí a algunos que decían cada tontera.

¿Tiene reservas con el cine digital?

Es como tener reservas con la medicina, que cambia cada mes. Lo que sí es que cuando se decía que el digital iba a democratizar el cine, era sólo hasta cierto punto. Ahora una producción digital es más cara que una de 35 mm, y requiere una gran complejidad. Esto cambia completamente la gramática cinematográfica, como volver al technicolor. El otro día estaba viendo Un americano en París, y tiene un mínimo de planos en secuencias musicales: en una hay tres, en otra hay uno.

¿Sigue en pie su montaje de Amledí para Santiago a Mil?

Sí, en diciembre debería estar en Chile, pero necesito el visto bueno de los médicos porque el viaje es pesado. De hecho, por ahora tengo prohibido subirme a un avión.

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