Vida y muerte en la telaraña
<P>Diez años han pasado desde la primera detención de la banda conocida como "Las Arañitas". Sus cinco jóvenes integrantes se conocieron en la antigua toma de Peñalolén y se hicieron famosas por trepar edificios para robar departamentos. Luego de debatirse entre la delincuencia y la rehabilitación, sus caminos han sido marcados por una inesperada pérdida y las dificultades para salir de la marginalidad. </P>
Una casa chubi para nueve personas. Es domingo 1 de marzo. Con todos ahí dentro, y algunos invitados, empieza el día, casi obligadamente, familiar. La rutina parte a las 10 de la mañana. María Muñoz camina hacia la feria de Las Torres con Los Cerezos; José Medina, su esposo, se hace cargo del desayuno de sus tres hijos y cuatro nietos; Jocelyn aporta despertando a sus dos hijos y a los otros dos de Jorge que, a su vez, le grita desde el primer piso a su melliza:
-¡Ya poh, levántate! -. Ella sigue durmiendo.
A Carolina le gustan las fiestas y las multitudes. Se acostumbró a salir poco los días de semana, por las antiguas restricciones de María. Hace 10 años, Carolina, Jocelyn y otras tres amigas (las hermanas Elizabeth y Nicole Espinosa, y Yasna Muñoz) se hicieron conocidas por escalar edificios y robar dinero, ropa, joyas y cuanta cosa de valor hallaran. Eran conocidas como la banda de "Las Arañitas", un grupo de temerarias menores de edad que podían esquivar sin dificultades a conserjes, guardias y cámaras de seguridad para lograr su objetivo. Ningún obstáculo las detuvo, ni siquiera los embarazos que sus integrantes presentaron en distintos momentos de los tres años en que salieron juntas.
Un día antes, Carolina Medina cruzó la vereda -siempre atestada de gente- para hablar con una de sus vecinas. Sin preámbulo, la abrazó, agradeció por cuidarle a su hijo y se despidió con un beso apretado en la mejilla. Esa misma noche, salió para reencontrarse con una amiga de infancia con la que había perdido contacto en uno de sus tantos cambios de domicilio. El tema central fue la reciente separación matrimonial de Carolina. Pasadas las dos de la madrugada, volvió a su casa sin encontrar a alguien despierto y durmió hasta las 11 del día siguiente.
María vitrinea en la feria. Se compra zapatillas de lona blancas para estrenar en la salida dominical que acostumbra a hacer con Carolina y, en algunas ocasiones, con Víctor, su nieto de ocho años. El niño vive con Jimmy, su padre, en la población La Higuera de La Florida. Desde que se separaron, hace un año, Carolina no ve muy seguido al pequeño.
-Carolina, hija, vamos a almorzar. ¡Báñese!- insiste su padre, sin escuchar respuesta.
Son casi las dos. Llega Andrés, sobrino de María, mientras ella cocina. El reggaetón suena fuerte en la pieza de Carolina, un aviso de que estaba despierta. Pasada la décima canción, suben a buscarla para almorzar. La joven, de 22 años, no responde. Andrés, aburrido de tocar la puerta, fuerza la manilla hasta que logra entrar y ver el cuerpo de su prima desvanecida, helada y con una soga blanca enredada en el cuello.
Desesperada, María intenta llamar por teléfono a la ambulancia. "¿Por qué a mí, Dios?", grita entre sollozos. No logra discar nada. Entre los alaridos, llega un vecino a prestarles su camioneta y la familia parte con el cuerpo de Carolina al Hospital Luis Tisné de Peñalolén. En el trayecto, que no demora más de 10 minutos, Carolina deja de respirar.
Las cinco niñas crecieron juntas en la toma de Peñalolén, aunque recién se hicieron amigas en 2003. Carolina y Jocelyn Medina, las hermanas Nicole y Elizabeth Espinosa y Yasna Muñoz forjaron su relación cuando participaban en actividades que gente externa realizaba en sectores vulnerables para apadrinar y reinsertar a los niños de la toma. En esas juntas, que muchas veces implicaban hacer juegos en grupos, se acercaron hasta convertirse en indispensables e inseparables.
Su amistad parecía perfectamente lógica. Compartían un entorno difícil de extrema marginalidad y sus vidas estaban marcadas, en mayor o menor medida, por ser testigos de balaceras, tráfico de drogas y delincuencia. Elizabeth y Yasna fueron las primeras en hacerse parte activa de ese mundo y luego invitaron a Nicole, Carolina y Jocelyn.
María Muñoz, que en esa época se desempeñaba como asesora del hogar en la comuna de Las Condes, cuenta que descubrió todo el 7 de febrero de 2005, por televisión. "Iba llegando a mi casa y mi vecina me gritó: 'Tus hijas están en la tele'. La encendí, y cuando las vi me llené de rabia", recuerda.
Partió entonces a la 47ª Comisaría de Los Dominicos, donde se encontró con sus hijas encerradas en una esquina, mientras Yasna y Elizabeth estaban aisladas en otra celda por haber golpeado al oficial que las custodiaba y haber peleado entre ellas. "El carabinero me dijo que me hiciera cargo, pero yo le dije que no, porque una vez estando ahí dentro, la justicia tiene que hacerse responsable de ellas, no yo", cuenta. En ese momento, también llegó la mamá de Elizabeth y Nicole. Sus hijas, asustadas, las ignoraron.
La justicia resolvió esa vez derivar a las jóvenes al Centro Innovativo La Puerta, de Peñalolén, institución orientada a la reinserción de niños en riesgo social. "Acá tratamos de ayudar a las chicas, pero ellas venían de una realidad tan dura que nunca pudieron incorporarse de manera adecuada", recuerda Myriam Soto, inspectora del establecimiento.
En más de una oportunidad, María fue agredida por Carolina dentro del colegio, teniendo que ser separadas por funcionarios. Posteriormente, era convocada a reuniones que intentaban, sin éxito, facilitar el diálogo entre ambas. "El apoyo familiar era nulo. A veces los papás decían que sus hijas no venían a clases porque estaban trabajando, siendo que en realidad lo que hacían era robar", comenta Soto sobre la situación escolar de Nicole y Elizabeth.
Un año después de ese primer episodio, María fue a buscar a Carolina y a Jocelyn a la casa de Yasna, donde estaban con otros amigos que tenían en la toma. "Le saqué la cresta a la Carolina para que todos vieran que no tenían que meterse en tonteras, pero no sirvió de nada, porque para ellas era más importante comprarse ropa y comer bien con plata robada que trabajar por conseguirlo de manera honrada", afirma María.
Yasna tampoco tenía control. Había dejado el colegio antes de terminar cuarto básico. Mientras Olga Ramírez, su madre -que padecía una progresiva ceguera-, defendía a través de los medios a su hija justificando que sus robos eran para "tener plata para que yo me opere y recupere la vista", su padre era detenido con frecuencia por consumo excesivo de alcohol. Ambos se dedicaban a la venta y recolección de cartones.
Jorge Flores, ex profesor del establecimiento, cuenta que "a las niñas las molestaban mucho en el colegio", lo que dificultó su presencia en clases que, al pasar de los meses, se hizo cada vez más escasa. Según María, Jocelyn y Carolina desertaron definitivamente en primero medio y octavo básico, respectivamente, por el mismo motivo: "Cuando llegaban a clases las molestaban porque eran faranduleras. A Jocelyn le daba lo mismo, pero a Carolina le afectaba mucho, porque se sentía rechazada".
Sin clases, el tiempo para delinquir era más holgado. Hasta 2009, "Las Arañitas" no pararon: en la época, el fiscal a cargo de una de las más de cinco causas que tenían en su contra, Patricio Caroca, sindicó a Carolina como la líder de la banda, aunque en realidad era Elizabeth la que programaba los robos y quien, junto a Yasna, definía cuál sería el próximo edificio a escalar.
Nada era impedimento. El 8 de noviembre de 2006 se sorprendió a Yasna ingresando a un edificio de Las Condes. Tenía siete meses de embarazo. Poco antes, el Sexto Juzgado de Menores capitalino había dispuesto la custodia de las niñas en el Centro de Diagnóstico de Tránsito Tengo Derechos, de la Fundación El Peregrino, en el que Yasna destacó por su mala conducta. Luego de ese episodio, las niñas fueron derivadas en otras dos oportunidades a diferentes centros del Sename sin evidenciar mejorías en su comportamiento. "A ellas no les tocó fácil, porque sus familias estaban metidas en cosas cochinas. No tenían otro ejemplo", dice Rosa Alvarez, ex vecina en la antigua toma de Peñalolén.
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En 2006, Elizabeth cumplió 17 años, lo que significó, por primera vez, su ingreso a la cárcel de mujeres de San Miguel. Su estadía, sin imaginarlo, se extendió por tres meses. "Como era mayor, la corte estimó que debía estar en prisión preventiva", aclara Jaime Oviedo, abogado de Elizabeth en una de sus tantas causas. Según recuerda, "el contexto de las niñas era crudo. Ellas vivían en condiciones deplorables y tenían problemas familiares graves".
El abogado Oviedo ayudó a las hermanas Espinosa en la proyección de la imagen familiar para que Elizabeth volviera a su casa. A través de un programa de Unicef, obtuvo un trabajo para su padre, Alberto Espinosa, que no conseguía mantenerse empleado por culpa del alcoholismo. También llevó a un equipo de psicólogos a tratar a la familia, pero el esfuerzo duró poco y el padre dejó el trabajo. Elizabeth, una vez fuera de la cárcel, volvió a delinquir junto a su hermana.
Cercanos a la familia cuentan que el único hermano de Elizabeth y Nicole, a quien llamaban "Matagatos", se dedicaba junto a su padre al tráfico de drogas. Esta actividad terminó con dos ajustes de cuentas con graves resultados: primero asesinaron al "Matagatos"; luego, a Alberto, su padre.
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Dos meses antes de su deceso, Carolina había empezado a salir con Maximiliano, un ingeniero comercial que la ayudaba en su trabajo de vendedora de completos y en la vulcanización que tiene la familia a un costado de su casa. Tanto ella como su hermana no registraron nuevos delitos después de 2009.
Carolina fue enterrada en el Cementerio General el 6 de marzo, exactamente dos meses antes de que cumpliera 23 años. Su lápida sigue en blanco; sin arreglos ni lecturas. La gran interrogante familiar es el motivo del suicidio. Sin antecedentes psicológicos que hayan alertado una posible depresión, su familia especula que la separación de su pareja e hijo fueron determinantes en su decisión.
Yasna, Nicole y Elizabeth no fueron al velatorio y tampoco al entierro. Se enteraron días después, y por la prensa, que su antigua amiga había muerto. Yasna fue la primera en llamar a María: "Se disculpó por no venir y por todo lo que nos hizo pasar con lo de 'Las Arañitas'".
Hoy, Yasna tiene tres hijos, pero dos viven en un hogar. Sólo la mayor, a la cual tuvo con apenas 13 años, vive con ella en la población José Fuentes Guerra, de Colina, donde también residen los dos hermanos de Yasna, ambos con antecedentes penales. Según María, ella se emocionó recordando que Carolina visitaba con frecuencia a Olga, su madre, poco antes de que muriera de cáncer hace casi un año.
Nicole también reside en Colina con su pareja e hija. Su hermana Elizabeth ahora vive en Viña del Mar junto a su cónyuge y una hija. El tío de ambas cuenta que "dejaron las cosas malas y hoy están dedicadas a cuidar a sus hijos. Tienen hasta auto las cabras", cuenta. Por miedo a la revictimización que puede significar una nueva aparición en los medios, prefiere no profundizar en la actual situación de sus sobrinas.
Por su parte, después de años de una inestable relación, y con dos hijos a cuestas, Jocelyn se separó. Su pareja acostumbraba a golpearla y quemarle la cara con cigarrillos, por lo que ella decidió querellarse y volver a vivir con María, su madre, con quien regresó hace un mes. Tras la muerte de su hermana, Jocelyn se hace cargo de su sobrino cada fin de semana. Este vive con la ex pareja de su hermana, una situación con la que María, la abuela, está de acuerdo. "Está mucho mejor con la familia del papá", reconoce.
Las cinco "arañitas" no se reunieron más después de 2010. Algunas se encontraron, pero por separado. Quizá porque en el último tiempo la única coincidencia que les quedaba en sus vidas era la maternidad adolescente y sus precoces fechorías.
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