Por Andrés GómezSimone Weil, una combatiente entre la filosofía, Dios y la revolución
Filósofa, activista y mística, la autora francesa unió pensamiento y acción con una radicalidad y una sensibilidad poco habituales: trabajó de obrera, fue voluntaria en la Guerra Civil Española y colaboró con la Resistencia francesa. Su vida breve dejó una obra de gran intensidad que vive un renovado auge con nuevas ediciones.

Tenía las convicciones de una revolucionaria. Desde muy joven, Simone Weil se sintió del lado de los desvalidos. En la École Normale Supérieure, donde estudió Filosofía, se ganó el apodo de Simone la Roja. Vivía muy frugalmente y solía ayudar económicamente a grupos obreros. Esa actitud, así como su inteligencia, llamaron poderosamente la atención de otra estudiante de la École, Simone de Beauvoir.
“Yo envidiaba su corazón capaz de latir a través del universo entero”, escribió en sus memorias. Pero sus intereses y sus caminos tomaron rumbos muy distintos. Simone de Beauvoir recordó el único encuentro entre ambas:
“No sé cómo entablamos conversación; me explicó en un tono cortante que una sola cosa contaba hoy en la Tierra: una revolución que diera de comer a todo el mundo. De manera no menos perentoria le objeté que el problema no es hacer felices a los hombres, sino encontrar un sentido a su existencia. Ella me miró fijamente. ‘Cómo se nota que usted nunca ha pasado hambre’. Este fue el final de nuestras relaciones”.
Idealista, de una aguda sensibilidad moral y una profunda aspiración espiritual, Simone Weil fue una estrella brillante y fugaz en el firmamento del pensamiento europeo, en los sombríos años de la guerra y el ascenso de los totalitarismos.
Nacida en 1909 en una familia de origen judío, culta y secular, Simone Weil unió la reflexión y la acción con una fuerza arrolladora: fue profesora, filósofa y activista. Frecuentó círculos sindicalistas, escribió en la prensa proletaria, criticó al capitalismo y al comunismo, polemizó con León Trotski y trabajó de obrera industrial. Vivió con la intensidad de una guerrillera o una santa: durante la Guerra Civil Española se enroló en una columna anarquista y, en la centenaria iglesia Santa Maria degli Angeli, en Asís, se arrodilló conmovida por una experiencia mística.
Fallecida en 1943, sus ensayos, notas y cuadernos se editaron póstumamente. Albert Camus tuvo a su cuidado la edición de sus Obras Completas. “Simone Weil, ahora lo entiendo, es el único gran espíritu de nuestro tiempo”, escribió. “Leer a Simone Weil es entrar en una zona de peligro espiritual”, razonó George Steiner.
En su ensayo El fuego de la libertad, el filósofo alemán Wolfram Eilenberger la ubica entre las tres filósofas europeas más importantes de la época, junto con Simone de Beauvoir y Hannah Arendt. Sin embargo, durante años fue leída, sobre todo, en los círculos de la teología católica. “Ya es hora de que se descubra su obra”, anotó Eilenberger en 2021.
“Hace ya algún tiempo que Simone Weil se coló en mi interior. Se instaló en mi alma”, escribió Byung-Chul Han.
Hoy su obra experimenta un renovado interés. A las librerías chilenas acaba de llegar una nueva edición de La condición obrera, uno de sus títulos capitales. Tal vez el mejor libro que se ha escrito sobre el tema, según Hannah Arendt.
La poeta y rockera Patti Smith la considera un modelo admirable: “Brillante y privilegiada, recorrió los grandes salones de la enseñanza superior, renunció a todo para embarcarse en un difícil camino de revolución, revelación, servicio público y sacrificio”, anotó en su libro Devoción.
“Hace ya algún tiempo que Simone Weil se coló en mi interior. Se instaló en mi alma. Y hoy sigue viviendo y hablando dentro de mí”, escribe, a su vez, Byung-Chul Han en su último libro, Sobre Dios, pensando con Simone Weil.
El magnetismo de su pensamiento ha trascendido incluso a la cultura pop: en su disco Lux, la cantante Rosalía revela su devoción por la filósofa.
La realidad
Creció bajo la influencia de su hermano André, genio matemático que de niño leía a Platón. Simone Weil era una niña cuando comenzó a revelar su aguzado sentido ético: durante la Primera Guerra Mundial dejó de consumir azúcar en solidaridad con los soldados en el frente.
Tras graduarse, fue destinada como profesora en Le Puy. De día hacía clases en el liceo y de noche daba lecciones a los obreros. Vivía con el equivalente del sueldo de un desempleado y el resto lo entregaba a fondos de los trabajadores. Estudió a los teóricos socialistas, en especial a Marx, y tomó distancia del comunismo. Los fines de semana solía unirse a alguna marcha de trabajadores.

“¿Vamos hacia una revolución del proletariado?”, se preguntó en un ensayo de 1933. Para ella, el socialismo debía consistir en “la soberanía económica de los trabajadores, y no la de la máquina burocrática y militar del Estado”.
Simone Weil tenía noticias de lo que ocurría en la Unión Soviética gracias a los refugiados que recibía en su casa. Así se formó la convicción de que el régimen de Stalin estaba lejos de ser una democracia obrera y constituía, más bien, una dictadura burocrática y opresora de los trabajadores.
Por entonces el mismísimo León Trotski se refugió en Francia y fue recibido por la familia Weil. Fue la ocasión en que la joven polemizó con él, que aun siendo disidente defendía los logros de la revolución.
“Bueno, si piensa así, ¿por qué me ofrece alojamiento aquí? ¿Es usted el Ejército de Salvación?”, le preguntó Trotski. “Usted, la idealista, me está diciendo que la clase dominante es una clase esclavizada. ¿Por qué tiene que dudar de todo?”.
“Es inhumano. Trabajo en serie, a destajo, una organización absolutamente burocrática”, anotó sobre su trabajo en una fábrica.
De frágil condición física, asediada por migrañas, en 1934 Simone Weil hizo un alto en el trabajo. Entonces escribió un ensayo que se ha conocido como Opresión y libertad, donde profundizó en su defensa del individuo, obligado a la sumisión al poder del colectivo en los regímenes totalitarios.
Aun con su conocimiento teórico, Simone Weil quería ir más allá. “Veía necesario adentrarse en la vida diaria de los trabajadores”, anotó su amiga Albertine Thévenon en el prólogo de La condición obrera, libro que recoge la correspondencia de ambas, así como su diario de la fábrica.
Entre 1934 y 1935 se empleó en tres industrias diferentes, donde sufrió con el agotamiento físico, el asedio y la falta de humanidad de los capataces; se enfermó y experimentó la alienación.
“Es inhumano. Trabajo en serie, a destajo, una organización absolutamente burocrática”, le escribió a su amiga Albertine. “La atención está privada de objetos dignos de ella; está obligada a centrarse, segundo a segundo, siempre en los mismos asuntos mezquinos”.
Con cierto pesar agregaba: “De solo pensar que los grandes jefes bolcheviques pretendían crear una clase obrera libre, y que ninguno de ellos —sin duda Trotski no; Lenin creo que tampoco— había puesto los pies en una fábrica —y en consecuencia no tenía la más pálida idea de las condiciones reales que determinan el servilismo o la libertad de los obreros—, la política me parece una broma siniestra”.
Al recordar su paso por las fábricas, contó que se levantaba con una sensación de angustia. “Iba a la fábrica con temor: trabajaba como una esclava”. Bajo esas condiciones asumió “la docilidad de una bestia de tiro resignada”. Tal vez lo más doloroso para ella era la pérdida de dignidad y la incapacidad física de pensar.
Y aún así, “ni por un instante me arrepiento de haberme lanzado a esta experiencia”.
La guerra y la paz
En 1936, la Guerra Civil Española conmocionó a la intelectualidad de Europa y América. Unirse a la lucha era una disyuntiva para muchos. Simone de Beauvoir lo expresó así:
“Nuestra vida no era compatible con un acto tan impulsivo. Por lo demás, solo se corría el riesgo de parecer presuntuoso si se carecía de las aptitudes técnicas o políticas apropiadas. Simone Weil había cruzado la frontera para unirse a la milicia. Pidió un fusil, la pusieron en la cocina y se echó una olla de aceite hirviendo en los pies”.
“Cuando alguien sabe que puede matar sin arriesgarse a ser castigado o recriminado, mata, o al menos sonríe a los que matan y los anima“, reflexionó después de su paso por la Guerra Civil Española.
Lo cierto es que Simone Weil, aun siendo pacifista, se unió a una columna anarquista y resultó gravemente quemada en un accidente durante una expedición. Sus padres, devotos de ella, viajaron y la llevaron de regreso a Francia. Más que sus heridas, la estremeció la barbarie de la guerra.
“Cuando alguien sabe que puede matar sin arriesgarse a ser castigado o recriminado, mata, o al menos sonríe a los que matan y los anima… En semejante atmósfera, el objetivo de la propia guerra se pierde de prisa”, reflexionó más tarde.
Los aires de guerra soplaban en Europa. Adolf Hitler perseguía a los judíos en Alemania y Simone Weil sentía que la civilización atravesaba una profunda crisis.
“Habrá cada vez menos eso que se llaman modales y convivencia. Los procedimientos militares dominan cada vez más todos los rincones de la existencia. El capitalismo será destruido, pero no por la clase obrera”, escribió: “Será sustituido por un Estado totalitario”.
Se refugió entonces en los textos antiguos, en Platón, Homero, en los textos hindúes y en los Evangelios, así como en la música sacra. Viajó por Italia, pasó unos días en una abadía benedictina y, en 1937, en Santa Maria degli Angeli —donde solía orar Francisco de Asís— se sintió “obligada por primera vez en mi vida a arrodillarme por algo más fuerte que yo”.
“En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración“, postulaba.
Simone Weil se sentía tocada por Dios. Si sentía la llamada a compartir el sufrimiento de los demás, tenía que desarrollar un yo abierto: la atención al otro.
“En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración. Presupone la fe y el amor. Va ligada a una libertad distinta de la libertad de elegir, que se halla en el plano de la voluntad. Es la libertad de la gracia. Estar uno tan atento que no tenga elección”, reflexionó.
Para Weil, Marx estaba profundamente equivocado: “No la religión, sino la revolución es el opio del pueblo”.
La humanidad
Simone Weil y su familia dejaron París en junio de 1940, a solo días de la ocupación de los nazis. Partieron a Marsella, donde ella escribió varios ensayos, entre ellos Primera condición de un trabajo no servil.
“En cuanto es una rebelión contra la injusticia social, la idea revolucionaria es buena y saludable. En tanto rebelión contra la infelicidad esencial de la condición misma de los trabajadores, es una mentira. Porque ninguna revolución podría abolir esta desgracia”, anotó.
Para la filósofa, “el pueblo necesita la poesía como el pan. No poesía encerrada en meras palabras; esta, por sí sola, no le puede ser de ninguna utilidad. Necesita que la sustancia cotidiana de su vida sea ella misma poesía. Esta poesía solo puede tener una fuente. Esa fuente es Dios”.

En 1942 la familia pudo salir hacia Estados Unidos a través de Casablanca. En Nueva York ella hizo lo posible por unirse a la Francia Libre en Londres, al mando del general Charles de Gaulle. Se embarcó y, una vez en suelo londinense, se ofreció para misiones en Francia. Incluso elaboró un plan: comandar un grupo de enfermeras en el frente, en los lugares más peligrosos. Más allá de la ayuda humanitaria que podían prestar, para Simone Weil esto tenía un sentido moral y simbólico.
“Los hombres de las SS expresan perfectamente la mentalidad de Hitler”, anotó en su plan. Ellos cuentan con “el heroísmo de la brutalidad”, agregó. “Pero podemos y debemos demostrar que nosotros tenemos un tipo diferente de valentía (…). Ningún símbolo expresaría mejor nuestro espíritu que la aquí propuesta asociación de mujeres”.
Le contaron su plan a De Gaulle.
—¡Pero si está loca! —exclamó.
Simone Weil fue destinada al trabajo intelectual, lo que para ella fue doloroso. Su salud ya estaba muy resentida y en abril de 1943 fue diagnosticada con tuberculosis. No quiso recibir tratamiento. Solo creía en el vaciamiento interior del yo para una atención absoluta.
“Nada poseemos en el mundo -porque el azar puede quitárnoslo todo-salvo el poder decir ‘yo’. Eso es lo que hay que hacer entrar a Dios, o sea destruir”, había escrito.
Internada en un sanatorio, en Ashford, ya no quería alimentarse, en solidaridad con los niños de Francia. La visitó un capellán del ejército francés, que la escuchó hablar o susurrar sobre el camino de la gracia. La doctora a cargo quiso saber a qué se dedicaba, cuenta su amiga Simone Pétrement.
—Soy filósofa y me intereso por la humanidad -respondió.
El 24 de agosto de 1943 Simone Weil murió de inanición. Tenía 34 años. En la lápida de su tumba, en Ashford, puede leerse: “Con sus escritos se cuenta entre los más importantes filósofos contemporáneos”.

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