Ricardo Izurieta
EL GENERAL Ricardo Izurieta Caffarena cerró con su gestión un prolongado ciclo de alteraciones que afectaron al mando del Ejército de Chile.
En efecto, desde que el general Bernardino Parada entregara el mando al general Luis Miqueles en julio de 1967, ninguno de sus sucesores pudo hacer lo mismo hasta que Ricardo Izurieta traspasara el mando a Juan Emilio Cheyre en marzo del 2002. Habían transcurrido 35 años de alteraciones que Izurieta Caffarena cerró.
Las razones son varias. Miqueles duró un año; fue reemplazado por el general Castillo, quien enfrentó la insubordinación del Regimiento Tacna a fines de 1969. Asumió el mando René Schneider, asesinado por un comando de ultraderecha en octubre de 1970. Lo sucedió Carlos Prats, quien renunció en medio de una aguda crisis política, la cual incluso afectó la disciplina del propio alto mando. En agosto de 1973, el Presidente Salvador Allende nombró al general Pinochet. Este permaneció hasta marzo de 1998, es decir, ejerció el cargo más de dos décadas. Fue entonces cuando Ricardo Izurieta asumió como comandante en jefe, desplegando una gestión no exenta de desafíos, los cuales supo salvar y así entregar el mando ordenadamente a su sucesor, Juan Emilio Cheyre. Se cerraba el ciclo iniciado con el retiro de Bernardino Parada.
Este clima tormentoso que vivió el mando del Ejército forma parte de los vaivenes de nuestra historia reciente. El último tercio del siglo pasado fue particularmente turbulento. Cambios profundos en diversas direcciones dejaron graves heridas a nuestra convivencia. Ello impuso la enorme tarea de la reconstrucción del alma nacional, que por décadas estuvo marcada por una fuerte polarización.
En esta reconstrucción jugaba un papel decisivo el fortalecimiento institucional en todo sentido. En lo referente a las FF.AA., entre otras tareas, se trataba de la separación plena entre el nivel político y el nivel militar. Aplicar el adagio de que la fuerza de las instituciones se refleja en su impersonalidad, y el mando conduce la institución conforme a las leyes y reglamentos.
El general Izurieta se aplicó rigurosamente a esa tarea. Pero no fue un mando rutinario. Afrontó los dolorosos temas de DD.HH. y también enfrentó la detención de Pinochet en Londres. No fue cómodo, pero es en la adversidad donde se prueba el mando, y una vez más Izurieta saltó los obstáculos.
Como buen oficial de caballería, sabía maniobrar con flexibilidad y rapidez; si era necesario, cargaba profundo penetrando en nuevos territorios. El Ejército moderno que hoy tenemos inició su proceso de aggiornamiento en aquellos años. Todo cambio produce resistencias, pero las riendas de la institución se llevaban con firmeza. Se apegó al reglamento, apostó por la modernización, todo ello en el marco de los nuevos tiempos que vivía la República. Así, una mañana de marzo del 2002 traspasó el mando a su sucesor. El joven teniente Izurieta en julio de 1967 no sabía que 30 años después, como general de Ejército, le correspondería cerrar un largo ciclo de complicaciones.
Muchos acudimos a su paso al silencio profundo, y de ese modo, junto a su familia, sus compañeros y sus amistades, en una fría mañana de agosto, en el mismo patio donde formó tantos años, despedimos a un gran soldado de Chile.
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