¿Tiene usted un plan B?
<img height="21" alt="" width="94" src="https://static-latercera-qa.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/sites/7/200811/193348.jpg" /> <br /> Un fenónemo de la modernidad: cada día son más las personas que buscan reinventarse y cambiar de actividad.
Todo fue en un par de minutos. De una u otra manera, la idea le había dado vueltas en la mente el fin de semana completo, pero no lo había comentado con nadie. Ni siquiera él estaba muy seguro. Pero el lunes, mientras conducía su automóvil desde su casa en El Arrayán hacia el trabajo, el escenario se aclaró.
Eduardo García de la Sierra, economista de la Universidad de Chile con posgrado en Francia, llevaba varios años como uno de los gerentes del Banco Central. Le gustaba la economía, pero una cosa era disfrutar de su profesión y otra muy distinta tener que seguir soportando los tacos en las calles y las eternas reuniones.
Ahora le habían ofrecido hacerse cargo de la Dirección de Operaciones, algo así como asumir la responsabilidad de tres cuartas partes del banco. "¡No, no más!", pensó, mientras la luz roja le permitió la pausa necesaria para que ese viejo bichito retumbara en sus oídos. Ese que se remontaba al penúltimo año de colegio, cuando se atrevió a decirles a sus padres que quería estudiar Arte, frase que no terminó de pronunciar porque ellos soltaron una elocuente risotada.
"No, no acepto. Es más, renuncio, porque me voy a dedicar a pintar", le dijo esa mañana a su jefe. Silencio. Luego, lo de costumbre: "¡Ya se te va a pasar, hombre! Piénsalo bien". "No, no hay nada que pensar, está decidido", le replicó. Asomaron las suspicacias: "¿Estás negociando con otra empresa?". "¡No! Sólo quiero pintar", le contestó, cada vez más convencido.
Veinte años después, García de la Sierra aún no olvida el preocupado apoyo que le dio su mujer esa noche y la pregunta de su hijo, entonces de 12 años: "Papá, ¿vamos a vivir de la pintura?". Tenía 38 años y cuatro niños que alimentar.
No son muchas las personas que toman decisiones que los llevan a cambiar tan radicalmente sus vidas. ¿Usted podría? Probablemente si tiene menos de 35 años ni siquiera lo ha pensado, porque aún está construyendo lo que comenzó hace una década. Pero si está en los 40 o se aproxima a los 50, seguro que más de una vez se preguntó qué pasaría si dejara de hacer lo mismo que alguna vez tanto le gustó y que le ha entregado estabilidad por años.
"Tarde o temprano, todo ser humano siente la necesidad de replantearse, de redefinir quién quiere ser y con quién quiere estar", dice el siquiatra Patricio Fischman. "Por ello, muchos manejan un plan B, y quienes poseen un punto de vista más elevado tienen un plan B, C y D…", agrega.
FENÓMENO CRECIENTE
Plan B es la otra opción. La alternativa de vida que muchas veces duerme en un rincón de la mente, lo que uno quisiera hacer, la nueva actividad que le gustaría emprender y, también, dónde cobijarse si todo lo que ha construido termina por derrumbarse. Es, de cierta forma, el pasaporte para el cambio, algo que se ha convertido en un fenómeno creciente de la modernidad.
"Vivimos y trabajamos más, por lo que ya nadie piensa que una sola actividad lo acompañará toda la vida", dice a La Tercera, Marci Alboher, autora del libro "Una persona, múltiples carreras", quien rompió con la abogacía y hoy tiene el blog Shifting Careers en el diario New York Times.
En Gran Bretaña uno de cada seis trabajadores ha cambiado al menos tres veces de ocupación. El acceso a la información, la economía globalizada y el aumento de los posgrados -que acrecientan las habilidades laborales- ha llevado a que la gran mayoría de los estadounidenses entre 18 y 35 años afirmen que no quieren hacer una sola actividad el resto de la vida.
En Chile, según una encuesta realizada por el Centro de Opinión Ciudadana de la Universidad de Talca, uno de cada tres profesionales no se proyecta en lo que está haciendo más allá de cinco años, mientras que el 43% siente que necesita un cambio en su vida. Para algunos, este cambio implica algo completamente distinto (31%), para otros (8%) volver a un sueño juvenil que nunca concretaron, pero para la mayoría (59%) significa realizar modificaciones que no involucren un viraje drástico, sino que mejoren su estilo de vida.
Porque el plan B no es sólo el rompimiento total. Pese a lo llamativo de esos casos, según los expertos existe una infinidad de grises por donde transitar. "Muchos planes B exitosos son ramificaciones del plan original", dice Fischman. "Generalmente los que se van a hacer algo totalmente distinto, han tenido un dolor muy abrumador y necesitan un giro total", agrega.
Una de las vías más transitadas, según consigna el libro Working Identity, es la de quienes abandonan empresas grandes y estables para independizarse e iniciar algo más pequeño en la misma área de conocimiento. También no son pocos los que incursionan pausadamente en algo nuevo sin abandonar la primera actividad.
Marci Alboher es un ejemplo: después de renunciar al estudio de abogados donde trabajó nueve años, le ofrecieron permanecer part-time. "Entonces el Derecho, mi plan A, financió mi nuevo objetivo, el periodismo. Seguí trabajando y pagué diversos cursos, ya que no tenía cómo costearme una nueva carrera universitaria", cuenta.
Según los expertos, todos deberían atender lo que dicta el sentido común: construir un plan alternativo. La sicóloga estadounidense Judith Sills dice a la revista Psychology Today: "Si usted es muy miserable, no necesita una fantasía que lo empuje a salir por la puerta; sólo tratará de partir. Pero la mayoría de las personas está en una situación intermedia: puede no ser muy grandiosa pero es sobre todo estable. Por ello necesita algo sobre qué correr, un objetivo que no sea sólo una excusa."
POR QUÉ UNOS SÍ Y OTROS NO
Quince años en la industria de la ropa fueron suficientes para Pilar Rodríguez. Vivía en Panamá, era gerenta de marketing de Tomy Hilfiger y todos los meses se subía al menos a un avión. Hasta los 40 años su vida no paró: trabajó como diseñadora gráfica, entró a una multinacional, reinventó la nueva temporada cada tres meses y tenía la agenda copada con un año de anticipación. El 2000, después de levantar una filial de Tommy en Buenos Aires, sintió que tocó techo. "Nunca lo planifiqué -confiesa- pero la vida me ofreció la oportunidad de estudiar cocina en L' École de Cuisine en París. No tenía problemas de dinero y yo sólo salté".
Dos años después, Pilar enfrentó su período más difícil. Habían terminado su par de años "sabáticos" y necesitaba volver a trabajar. Consumida por las dudas y sintiéndose sin un proyecto claro, habló con su hermano. Este le preguntó cuánto costaba una terapia. Cuando le dijo el precio, él la quedó mirando. "¡Mejor vámonos a esquiar!", le respondió. "Mi transición fue a capella", cuenta hoy, instalada en el Valle de Colchagua, donde entró al mundo de las hierbas, los hinojos, el vino y la comida.
En algunos casos se trata de un deseo juvenil que quedó subyugado, como el caso de García de la Sierra. En otros es la vida la que les ofrece una oportunidad que simplemente tomaron. Pero en la mayoría involucra una planificación consciente, como sucedió con Marci Alboher.
¿Por qué algunas personas concretan el nuevo rumbo mientras otros son incapaces de moverse? Según el libro "Working Identity", de Herminia Ibarra, profesora de la Escuela de Negocios Instad en Francia, hay tres factores que ayudan a la hora de reinventarse: el prestigio profesional; contar con una carrera lo suficientemente flexible, y el apoyo de la familia.
El tipo de personalidad y las herramientas sicológicas también son importantes. A las personas ansiosas, inseguras o con miedo al fracaso -explica Fischman- les cuesta mucho más arriesgar. Son los que se aferran a lo más concreto y tienen un plan único en la vida, debido a su inseguridad de contar con otras habilidades. En el sondeo de la Universidad de Talca el 15% de los entrevistados dijo no estar seguro de contar con las habilidades necesarias para emprender un plan B.
En el extremo opuesto se ubican los "realistas-optimistas": los que intuyen que no importa lo que suceda, porque van a encontrar los mecanismos para salir adelante. "Cuando éstos se enfrentan a una encrucijada, generalmente ya tienen un plan B porque son personalidades adaptables y flexibles", sostiene el siquiatra.
CRSIS Y OPORTUNIDAD
No hay plan B sin crisis de por medio. Creer que se va a cambiar el recorrido sin pasar por momentos duros es ingenuidad. "Casi siempre antecede a la ejecución del nuevo plan una encrucijada en lo laboral, familiar, en la relación de pareja o de tipo existencial", dice Fischman.
Primero, se produce el conflicto, que puede ser por el hastío de no ver nada distinto en el futuro o bien la poca certeza de que se pueda seguir por el mismo rumbo. Después, se comprende y se asume la crisis. Finalmente, se opta. En este último proceso es cuando las personas escogen de acuerdo a lo que ganan con su nueva vida, y también sabiendo que van a perder. "Un plan B implica inevitablemente perder algo", dice Fischman.
Algo que sabe Eduardo García de la Sierra, el economista que se volvió pintor. Los primeros meses fuera del Banco fueron terribles. Pese a sus ganas, la inspiración lo abandonó. Y los dibujos que antes salían con tanta naturalidad mientras el arte era un pasatiempo, ya no surgían. Resistió con el lienzo en blanco y sus ahorros, hasta que decidió pedir un nuevo crédito para viajar a Boston y cursar un taller de arte. Allí se encontró con una galerista que valoró su trabajo y de ahí en adelante, todo fue mejor.
Hoy, a los 60 años, cuenta que sus cuadros le permitieron pagar las carreras universitarias de sus cuatro hijos y comprar una casa. "Tengo casi lo mismo que si hubiera seguido en la economía, pero todo ha sido más difícil; mi auto es el mismo desde hace 30 años", dice. Y en los últimos 10 años inició su plan C: pintor y profesor de Economía en la Universidad de Chile. "Nunca me enojé con la economía, sólo con el estilo de vida. No quería tener que adaptarme a las circunstancias, sino vivir mi vida como yo quisiera".
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