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Eugenia Mamani Choque: la lengua, el canto, el tejido

De acuerdo al último Censo, un 11,5% de la población en Chile se identifica como perteneciente a un pueblo originario y más de la mitad son mujeres. Esta es parte de una serie de entrevistas que rescatan la voz de mujeres aymara -el pueblo más numeroso después del Mapuche-. Todas ellas son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara.

“Toda mi infancia en Escapiña la viví”, dice Eugenia Mamani Choque (58) cuando esta tarde, sentada en una banca, con los cerros de Pozo Almonte de fondo, viaja por sus recuerdos de niñez. “En el pueblito nací y crecí. Ahí toda mi juventud fue. Y me hice artesana”. En ese caserío, uno de los tantos desperdigados en el altiplano de la Región de Tarapacá, casi en el límite que separa a Chile con Bolivia, a Eugenia y sus cinco hermanas la madre les enseñó a tejer en telar tradicional de cintura y cuatro estacas. “Chiquititas éramos cuando nos enseñaba a hilar, a tejer. Empezaba por talega, por faja, cosas chicas. Después ya tú tienes que hacer la ljilla, la frazada, el aksu, nuestra vestimenta”, dice Eugenia.

Siguiendo la costumbre de las familias del interior, cuando Eugenia tenía trece años, ella y sus siete hermanos dejaron su natal Escapiña y los alrededores de Isluga para bajar a la ciudad y asistir a la escuela. “Mi papá se compró una casita en Pozo Almonte. Con nuestros ganados mismos nos vinimos y nos trasladamos”, recuerda Eugenia y agrega: “Mi madre estaba enferma, delicada de salud. Por eso mi padre nos trajo”. Pero el cambio no fue fácil. Los recursos, dice hoy, eran escasos, y la entrada a la escuela estuvo lejos de ser amigable. “A mí me daba vergüenza, porque era primero básico, segundo básico. Las niñitas eran chiquititas y yo era grandota. Como que me daba vergüenza estar con las niñas chicas, así que no quise más estudiar”, recuerda. Su papá, asegura, le insistió para que siguiera. “Pero yo no quise porque además discriminaban. Nos decían india, paisana… entonces uno, tímida... no quise estudiar”.

En ese escenario, el tejido se convirtió en un refugio para Eugenia. “Y hasta ahora es así”, dice hoy. Entre los siete hermanos que eran, seis mujeres y solo un hombre, las hermanas se convirtieron en tejedoras. De hecho, junto a sus padres y a sus hermanas Dominga, Vilma y Marina, además de algunos sobrinos, a principios de los años 90 formaron la agrupación de artesanos Flor del Tamarugal. “Mi madre y mi padre tejían. Mi padre tejía su ropa para él mismo en (telar de) cuatro pedales. Hacía sus pantalones, hacía sus blazers. Y también en dos pedales se hacía su vestimenta. Él nos enseñó a nosotros ese pedal”. Cuando tenía 20 años Eugenia se emparejó. Tuvo seis hijos: cuatro mujeres y dos varones. “A ellos y a mis nietos yo les traspaso todo lo que sé”, dice hoy.

Ese saber hacer, detalla, no es solo el tejido (que les enseñó a los seis, incluidos los hombres), sino también la lengua, la tradición y las canciones. “En Escapiña yo hablaba en español, pero mi mamá era aymara, así que no pronunciaba mucho el castellano”, explica. Entonces la dinámica era así: Eugenia hablaba en español y aymara. Su madre, en tanto, si bien entendía el castellano, no lo hablaba. Así fue como en su familia empezó una dinámica bilingüe.

“Mi papá nos decía: ‘ustedes son aymara, no tienen que olvidarse de su lengua’. Siempre nos inculcó eso a nosotros”, enfatiza. Por eso, cuando llegaron sus hijos, Eugenia se preocupó de traspasarles la lengua. “‘Cuando la abuelita les hable, ustedes tienen que poner atención’, les decía yo. ‘Tienen que escuchar bien lo que está diciendo’. Y ellos decían; ‘la abuelita dijo esto, ¿qué quiere decir?’. Y yo les explicaba. Así aprendieron aymara y a las finales entendían todo lo que decía mi mamá”, cuenta Eugenia.

Para mantener la lengua viva, Eugenia escucha cantos de ceremonia por la radio.Para no estar silencioso, me pongo radio y me da como una energía. Tejo sola, pero feliz, escuchando”, dice hoy. Si no son cantos aymara, es feliz con lo que salga en la programación de la radio. Pero sus favoritos son José Luis Rodríguez y Julio Iglesias. Otras veces teje con el televisor encendido, mientras dan su telenovela.

“Pero mientras tejo siempre tengo presentes mis ancestros. Y así se lo enseñé a mis hijas. Yo las veo que al tejer van conectando así con su tejido, con los ancestros, a través de la música de los cantos”, dice. Y agrega: “Todo lo que yo aprendí me encanta hacer con ganas, con orgullo. Este es mi trabajo. Esta es mi profesión. Hoy hay muchos profesionales: abogados, secretarias, médico, ¿pero tú crees que saben hacer lo que nosotras hacemos? No. Por eso yo soy orgullosa. Yo no estudié, no tengo profesión, pero soy profesional por mi tejido”.

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Este testimonio es parte del libro Herederas de Isluga, publicado en 2021 por Fundación Artesanías de Chile (@artesaniasdechile), que recopila 18 historias de artesanas Aymara de la Región de Tarapacá. Todas ellas comparten una sabiduría donde se funde su relación con la naturaleza y sus ritmos vitales: son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara. Por el valor de estas historias, estos testimonios son rescatados por Paula.cl.

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