Histórico

Úsenme para lo grande, no para lo chico

No lo dice, pero es como si lo dijera. Lagos no está para el baratillo en que se ha convertido la política.

Ricardo Lagos Escobar es uno cuando habla del actual momento político -porque se vuelve cauto, por que sabe que una palabra de más lo puede traicionar y porque está cansado de que lo vean como candidato- y es otro cuando salta a la política internacional y a los temas de futuro. El Lagos medido de allá se enciende en los temas de acá como pasto seco. Reaparece entonces el Lagos que le levantó el dedo a Pinochet. El que ofreció a Carlos Mesa relaciones aquí y ahora. El ex presidente levanta la voz ante el populismo de Trump, se emociona con las oportunidades de América Latina, se enoja con la desidia norteamericana ante las emisiones de carbono, se maravilla con las posibilidades del internet en 3D, se entusiasma con las obras de infraestructura que el país debería tener para los próximos 20 años...

Sin decirlo, el ex presidente pareciera decir que si de algo está enferma la política chilena es de cortoplacismo. Lagos no está para pensar el país de la próxima semana. Está para pensarlo de cara a las dos próximas décadas. Está, sin duda, orgulloso de que Chile haya entrado a la Ocde. Pero lo descompensa saber que seguimos siendo el país más desigual de la Organización, antes de impuestos y también después de impuestos, donde nuestro rating de igualdad mejora en realidad muy poco. “Tenemos un coeficiente Gini de 0,51 aproximadamente. Fíjate que nuestra desigualdad básica no es muy distinta a la del promedio de los países Ocde, que ronda el 0,48. La diferencia, la gran diferencia, la hacen las transferencias sociales y los impuestos. Después de impuestos, nosotros apenas mejoramos un poco; los países Ocde, en cambio, bajan la desigualdad en 16 puntos y quedan en 0,32. Me pregunto ¿qué tendríamos que hacer nosotros en el mediano plazo para mejorar nuestros indicadores no en 16 puntos menos, sino sólo con ocho o 10 puntos?”.

Bueno, le digo yo, tendríamos que hacer como cuatro reformas tributarias más. “No -me dice él-. Tendríamos que concordar en una política de Estado transversal para ir reduciendo esa desigualdad en el plazo de 20 años, porque hacia allá tenemos que ir. A indicadores realmente civilizatorios, de los cuales hoy estamos lejos”.

“Es obvio -dice- que tenemos que tener más crecimiento. Sin crecimiento no vamos a ninguna parte. Pero, conseguida que sea una dinámica razonable de desarrollo económico, tenemos que aprender a distribuir mejor”.

El ex mandatario piensa que para los países de rango entre 20 mil y 25 mil dólares anuales de ingreso per cápita, tanto o más importante que el crecimiento del producto es la forma en que los recursos se distribuyen. “¡Y vaya que tenemos un desafío pendiente en este plano!”.

Cree que también vamos a tener que preocuparnos de las emisiones. En el mundo del futuro importará no sólo el ingreso per cápita, sino también la cantidad de emisiones por personas. “Hoy, Estados Unidos emite 22 toneladas anuales per cápita. Europa, entre 10 y 12. Y se enciende: “Atlanta y Barcelona son ciudades iguales en población e ingresos. Pero ¡Atlanta emite siete veces más que Barcelona!... y nosotros tenemos que tener claro a cuál de estas ciudades queremos parecernos”.

Se fascina el ex presidente con los horizontes del futuro. Habla de los temas que ningún país podrá resolver por sí solo: el cambio climático, las drogas, las migraciones... Habla también de los grandes bloques de países, de los países-continentes, como China e India; del rumbo que están emprendiendo México, Costa Rica, Colombia, Perú, Argentina, Uruguay y Brasil para reinsertarse en la economía mundial.

Qué duda cabe que tiene mirada, altura y pulmones. Quiso ser un estadista, lo fue y lo sigue siendo. Que vaya a ir o no a la próxima elección presidencial, en su caso, podría ser sólo un detalle. Y que, compitiendo, pueda ganar, es una incógnita que sólo el tiempo responderá. Después de todo, no falta tanto.

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