Opinión

Bajo la sombra de Irak

Corría el año 2003 y EE.UU. buscaba la aprobación en el Consejo de Seguridad de la ONU para invadir Irak. El presidente Bush argumentó que el régimen de Hussein tenía armas de destrucción masiva y que, por lo tanto, era imperativo derrocarlo. Lo que siguió es conocido: nunca se encontraron esas armas; los expertos internacionales determinaron que Irak las había destruido una década antes. A la deposición del régimen totalitario de Hussein, le siguió la invasión de EE.UU., casi una década de guerra civil y distintos atentados contra las fuerzas de coalición que ocuparon el país. El corolario fue trágico y traumático: el surgimiento de ISIS y su reinado de terror por 6 años. Paradójicamente, en ese entonces, Donald Trump criticaba fuertemente la guerra en Irak, argumentando que su país tenía un pésimo récord en lograr cambiar regímenes totalitarios.

En esos mismos años, Chile ocupaba uno de los sillones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El presidente Lagos decidió que el país votara en contra de autorizar la invasión de Irak, basado en que la evidencia de las armas de destrucción masiva no era concluyente (tenía razón), y que la solución al conflicto tenía que ser una vía multilateral y negociada en vez de una invasión sin mayores pronósticos de éxito (tenía aún más razón). El presidente Bush no estaba para nada contento. No sólo llamó personalmente a Lagos para tratar de convencerlo, sino que además amenazó con cerrar las negociaciones que se estaban dando en el marco del Tratado de Libre Comercio entre ambos países. Al igual que ahora, EE.UU. decidió ocupar armas de presión cercanas al bullying. A diferencia de lo que pareciera venir en los próximos cuatro años, Chile contaba con un presidente que estaba dispuesto a defender los principios básicos del derecho internacional y de la soberanía nacional, por sobre los intereses de una superpotencia.

Ni el régimen opresor de Irán, ni el de Irak bajo Saddam Hussein merecen defensa. Bajo el mandato de Alí Jameneí, Irán se convirtió en un actor destructivo en la región. Atenta constantemente contra los derechos de sus ciudadanos, además de financiar acciones y agrupaciones terroristas en otros países, con un foco abiertamente antisemita. Pero eso no nos obliga a elegir entre un régimen totalitario o una guerra injustificable. Al igual que a inicios de 2003, no existe suficiente evidencia de que Irán haya alcanzado el potencial nuclear que, según EE.UU. e Israel, justifica los bombardeos. Por otro lado, el récord en cambios de régimen a manos de EE.UU. es paupérrimo. Si algo nos enseña la invasión de Irak, es que la democracia y el respeto a los derechos humanos no se pueden imponer a punta de misiles. Al contrario, este tipo de acciones, incluido el bombardeo a dos escuelas al sur de Teherán, sólo alimentan el odio.

Para Chile, un país con poco peso internacional, y extremadamente tensionado por sus compromisos comerciales, la tarea no es simple. Sin embargo, a diferencia de 2003, el gobierno que comienza el 11 de marzo parece haber decidido, junto a Argentina, Paraguay, El Salvador y Ecuador, asumir el papel de subordinados de los EE.UU. Y con ello, callar ante una guerra indefendible, nacida desde la irresponsabilidad y el poco interés sobre sus consecuencias.

Por Javier Sajuria, profesor de Ciencia Política en Queen Mary University of London y director de Espacio Público.

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