Opinión

Boric frente a Baquedano

Dragomir Yankovic/Aton Chile DRAGOMIR YANKOVIC/ATON CHILE

Parece una jugada del destino que en los últimos días del mandato de Gabriel Boric se anuncie el retorno de la estatua del general Baquedano a su sitio original. Sacado en 2021 de Plaza Italia, luego de ser objeto de la furia del estallido concentrada en esa zona, pareciera que regresará ahora en gloria y majestad, con nuestro aún Presidente haciéndose parte de la reivindicación. “Una justa decisión” fueron las palabras con las que evaluó la noticia. Un poco como si nada hubiera pasado, habiendo pasado tanto.

Porque hace solo cinco años el Presidente en ejercicio hablaba de la razonabilidad de retirar de ese hito urbano al líder de la Guerra del Pacífico no para librarlo del ensañamiento callejero (que seguía a doce meses del estallido, en plena pandemia e iniciando un itinerario constitucional), sino para reemplazarlo por un símbolo que nos uniera. Así creía el entonces diputado que había que responder a quienes quemaban y rayaban la estatua una y otra vez: con una invitación de acogida y reconciliación. Pensaba también que no tenían sentido las exigencias de condena moral de la violencia, cuando en verdad debían ser atendidas sus causas. No era entonces que las condenas le parecieran ineficaces para contenerla (lo que es evidente, excepto para los ingenuos), sino que el mandatario no creía que ella debiera ser objeto de interés en sí mismo. La represión no aparecía en su horizonte, excepto para condenar los abusos y excesos efectivamente ocurridos, porque la violencia remitía a algo más grande. Después de todo, para Gabriel Boric y su entorno el estallido era un despertar, uno tan esperado, y si tenía la forma de la violencia, había que aceptarlo como un dato de la causa, entregarse a ella y hallar en su interior el espacio para conducirla. El Presidente quería entonces sacar al general Baquedano pues confiaba que en la disputa por su figura había una racionalidad, un lenguaje que desentrañar, y que él y su mundo asumieron como el de la refundación de un país marcado por el oprobio, que podría vivir pacíficamente solo si se instauraba –porque no existía– la justicia.

Es un abismo el que separa las declaraciones del diputado Boric de aquellas que hoy formula el Presidente saliente, y que se ve obligado a explicitar ante el anuncio del retorno de Baquedano a Plaza Italia. Esa es la jugada del destino. Que al terminar su mandato deba reconocer tan honestamente su fracaso; mostrar con tanta claridad las renuncias, de las cuales esta es solo un ejemplo. En ese sentido, la frase del Presidente no es tanto una adhesión efectiva a la reivindicación de Baquedano, ni tampoco necesariamente una impostura; se trata en cambio de una suerte de resignación. Que hoy considere justo el regreso del general a su lugar es un modo de reconocer que no pudieron hacer nada de lo prometido, porque no tenían en sus manos el país que pensaban ni eran ellos los representantes que imaginaban, y entonces no queda más alternativa que aceptar que todo vuelva a su lugar. O para usar sus propios términos (en otra jugada del destino), que todo vuelva a la normalidad. Pero es bueno señalar que la resignación no implica comprensión, tampoco aprendizaje. Y es justamente ese el desafío que tienen Gabriel Boric y la izquierda al terminar su gobierno: no asumir circunstancialmente su derrota, en la espera de un mejor momento, sino empezar a reconstruir y evaluar su papel en el derrotero seguido durante estos cinco años. Eso no hará mejor su paso por La Moneda, pero puede augurarles un mejor futuro.

Por Josefina Araos, investigadora del IES

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