Por Martín Andrade Ruiz-TagleCoyhaique, una oportunidad de planificación

Coyhaique ha comenzado a posicionarse como un nuevo polo de atracción para quienes buscan dejar atrás la intensidad de las grandes ciudades, en busca de mayor calidad de vida. El fenómeno no es nuevo: hace unos años Puerto Varas experimentó un proceso similar, con un crecimiento acelerado que tensionó su estructura urbana, encareció el suelo y —en cierta medida— impactó en su identidad.
Hoy, la capital de la Región de Aysén parece transitar una fase inicial de ese ciclo. Comparando los últimos dos censos, las cifras se mantienen relativamente estables, pero varios análisis indican que podría estar desarrollándose un recambio interno: salida de residentes originarios y llegada de nuevos habitantes, muchos de ellos vinculados al teletrabajo o a servicios especializados. Aunque silencioso, este fenómeno tiene efectos urbanos concretos.
El aumento en el número de viviendas, la expansión de loteos —muchas veces en suelo rural— y la diversificación de servicios son señales claras del recambio sobre la ciudad. En otras palabras, estamos frente a un proceso de “urbanización difusa”, donde el crecimiento no necesariamente ocurre dentro de los límites urbanos planificados, sino en su periferia, generando externalidades relevantes.
¿Está Coyhaique preparada para esto? La evidencia sugiere que no del todo. Su escala de ciudad intermedia tiene limitaciones en infraestructura crítica: redes de agua potable, sistemas de tratamiento de aguas servidas, conectividad vial y equipamientos de salud y educación. Cuando el crecimiento supera la capacidad instalada, emergen síntomas de estrés conocidos: congestión y aumento en los tiempos de viaje, presión sobre los servicios básicos y, especialmente, alzas sostenidas en el precio del suelo y la vivienda.
El caso de Puerto Varas es ilustrativo. La llegada masiva de nuevos residentes dinamizó la economía local, pero también generó procesos de especulación inmobiliaria y fragmentación de la comunidad. Barrios cerrados, segundas viviendas y expansión hacia áreas rurales terminaron por tensionar la cohesión y la sostenibilidad del territorio.
Coyhaique tiene en Puerto Varas una ventana al futuro probable. No se trata de frenar la llegada de nuevos habitantes —que pueden diversificar la economía y significar un mejoramiento en la oferta de servicios—, sino gestionar ese crecimiento de manera anticipada y equilibrada. Esto requiere, al menos, tres condiciones.
Primero, una planificación territorial efectiva que ordene el uso del suelo. Segundo, inversión en infraestructura habilitante, alineada con proyecciones realistas de crecimiento. Y, tercero, una gobernanza local fortalecida, capaz de coordinar actores públicos y privados en torno a una visión compartida de ciudad.
La capital de la Región de Aysén tiene una ventaja que quizás otras localidades que atravesaron migraciones parecidas no tuvieron. Durante más de un año, se desarrolló ahí una mesa urbana llamada “Coyhaique, la ciudad que queremos”, impulsada por Corporación Ciudades, la CChC local, con el apoyo del Municipio de Coyhaique y contó con más de 140 participantes, donde se plantearon propuestas de proyectos urbanos para dar respuesta a los desafíos de la comuna, siempre mirando los próximos 30 años. Planificar y replanificar es posible.
Por lo tanto, Coyhaique, al tener una hoja de ruta consensuada, tiene todas las posibilidades para transformarse en un buen ejemplo de planificación anticipada en territorios intermedios, siempre con la conciencia de que las ciudades no colapsan de un día para otro, sino que se tensionan progresivamente cuando el crecimiento supera su capacidad de anticipación y adaptación.
Por Martín Andrade Ruiz-Tagle, director ejecutivo de Corporación Ciudades.
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