Opinión

El camino del infierno pasa junto a una encina

Entre los muchos pasajes memorables de Don Quijote hay dos que, en realidad, forman parte de uno solo: la tragicómica historia de Andrés, un “mozo” de quince años, criado del rico lugareño Juan Haldudo (Parte 1, capítulos 4 y 31).

Tras creerse hecho caballero andante, el hidalgo sale en busca de la primera injusticia que debe corregir. Escucha en un bosque quejas, gritos, sollozos. Cuando se acerca, encuentra una encina a la cual está atado un muchacho con el torso desnudo y, junto a él, un hombre adulto que le da de azotes.

El protagonista amenaza con su lanza al agresor, le exige que se detenga, lo deja rogando perdón, y libera a la víctima. Aterrado de aquel loco, Juan Haldudo se compromete a pagarle lo que le debe al mozo, al que castigaba por haber descuidado el rebaño. Este, por su parte, le ruega a Don Quijote que no lo deje solo. El patrón, explica, no es un paladín de la justicia, su palabra no es confiable.

Más adelante, y en un momento en que justifica la tarea de los defensores de los desvalidos, se topa precisamente con Andrés, y lo requiere para que sea el testigo de los beneficios de tan alto ideal.

El héroe no sabe que, entre tanto, ha ocurrido lo que el mismo muchacho intuyó aquel día: el caballero se marchó y las golpizas continuaron. Su paso por aquel bosque no hizo más que empeorar las cosas.

“—Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo”.

Así pues, y si se me permite la pedagogía, la tensión trágica de este doble episodio es famosísima. Las buenas intenciones, si no van acompañadas del más frío realismo, están casi siempre en la ruta del infierno.

Obviamente, estarán los que digan: el Quijote hizo bien. El mal lo hizo Juan Haldudo. El joven Andrés es un malagradecido o bien todavía no ha entendido.

La verdad es que Alonso Quijano no tuvo la oportunidad de leer su propia historia en el momento en que descubrió aquellos maltratos. Nosotros, en cambio, la hemos tenido, especialmente quienes pasaron por la escuela antes de que los clásicos, como Cervantes o Erasmo, fueran incluidos en el afable “Index” de la mediocridad.

Cervantes fue un genio en eso de ver el revés de la trama. Don Quijote, en el capítulo 74 de la Segunda Parte, en su lecho de moribundo, reniega de los libros de caballería. Ha llegado a la triste certeza de que lo llevaron por sendas erróneas. Su testamento es un acto de terrible cordura. Hasta que el iletrado Sancho, ese mismo que tantas veces lo había despertado de sus ensueños, le propone, con lágrimas en los ojos, ahora como pastores, volver a esos caminos peligrosos.

Porque, el idealismo es irreductible y es, como dijo Erasmo de Rotterdam, el sabio inspirador de aquellos tiempos, la locura buena, aquella que podría convertirse en infernal.

Por Joaquín Trujillo, Investigador CEP

Más sobre:IdealismoRealismoBuenas intencionesEl Quijote

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE