Por Ascanio CavalloLa emergencia del pesimismo

Una vez más, como ha hecho cada cierto tiempo, Roberto Méndez ha puesto sus ojos de sociólogo en unos datos que los demás no ven. Ahora es el pesimismo. El argumento lo desarrolló en el podcast De esto se habla, del diario El País, donde planteó que el actual nivel de pesimismo “es una emergencia”, acaso más peligrosa que otras. Quizás la palabra emergencia termine por desgastarse con este uso tan intensivo, pero Méndez tiene buenos motivos para emplearla.
Méndez creó hace 45 años el Índice de Percepciones Económicas, un instrumento para medir la forma en que la gente aprecia su propia situación económica, en conjunto con la del país y el futuro de ambos. El Índice lo lleva hoy el Banco Central y se ha integrado al IPOM trimestral, lo que significa que ha pasado a ser uno de los indicadores “duros” del estado de la economía.
Esto también explica que el factor principal sea el económico, aunque podrían realizarse mediciones similares a partir de los juegos de apuestas o el estado de los matrimonios, por decir algo. Por lo tanto, este índice está estrechamente ligado a ingresos, empleos, inflación y otros datos similares. Visto a la distancia, es una microhistoria cifrada de lo que ha vivido Chile en casi medio siglo.
Uno de los patrones de la serie es que las expectativas personales suben, invariablemente, antes de la asunción de un nuevo gobierno. Así ocurrió incluso con el Frente Amplio, cuyo proyecto no ponía ningún énfasis en el crecimiento. Y así sucedió con Kast, que llevó las expectativas personales, para el país y para el futuro, bien por encima de la línea de cien puntos en enero de este año (en enero de 2020 llegó a 103).
Sin embargo, esa curva ascendente se desplomó de un solo golpe con el alza de las bencinas de fines de marzo, cuando también se vino abajo la popularidad del gobierno y el presidente. Lo que ha llamado la atención de Méndez es el hecho de que, antes de estos accidentes y con la excepción de pequeños picos muy volátiles, se ha registrado una persistente tendencia pesimista, más o menos desde mediados del 2015. Estas fechas empiezan a coincidir con otros diversos asuntos que también anduvieron mal y más tarde irían a peor. De todos modos, el momento más depresivo fueron los primeros meses de la pandemia del Covid-19.
El otro patrón sugerente es la forma de la distinción entre las perspectivas personales y las que se atribuyen al país. Más o menos en el mismo período, el optimismo personal -individual o familiar- empezó a mostrarse sistemáticamente más alto que el que se declara por el país. Parece raro que alguien piense que le irá mejor mientras al país le va peor, pero esto ha sido la marca persistente en los últimos 10 años.
Peor aún, muchos otros indicios, como los que revelan los resultados de los 20 años de la Encuesta Bicentenario de la PUC, sugieren que gran parte de este desaliento está instalado entre los jóvenes y es mayoritario entre las mujeres. Nadie debería extrañarse si en un tiempo más se identifica a una generación dañada por una visión sombría de sí misma. Con el pesimismo se conectan la baja productividad, los malos resultados de la educación, la crisis de la natalidad, la anomia, la depresión y muchos otros fenómenos colectivos.
Tampoco hace falta genio para entender que es más difícil gobernar un país con este tipo de bajón. El momento en que el pesimismo deja de ser pasivo y se convierte en una fuerza rabiosa, incluso autodestructiva, es indescifrable, pero no tan extraño. ¿Cómo se canaliza si no la idea de que el mundo está en tu contra? La revuelta de octubre del 2019 se produjo en un momento en que las expectativas venían cayendo en picada, a pesar de que las cifras económicas eran menos negativas; pero de estos indicadores no se podría haber deducido lo que estaba en marcha. Igual que la inflación, el pesimismo tiene una dinámica de autogeneración y contagio: la lógica de que las cosas que son malas serán peores es corriente e incluso hay partidos políticos que creen que es un alimento sano. Junto con rabia, desayunan pesimismo.
El pesimismo puede ser una forma de ver el mundo, pero aquí se habla de algo más modesto, el simple hecho de que la política, el gobierno y los políticos verdaderamente hacen su trabajo cuando también son capaces de proyectar esperanzas o al menos salir del lamento monocorde de que nada se puede hacer mientras el gobierno no esté en sus manos. La contienda parlamentaria, por ejemplo, es un manantial de pesimismo y se equivocan los que creen que por haber sido elegidos disfrutan de una apreciación distinta.
Poner atención al pesimismo proporciona una manera diferente de gobernar. Exige dar oídos a cosas no convencionales y a otras partes de las encuestas, aquellas que no son sólo el espejo para contemplarse cada semana. Obliga a mirar los actos y los gestos con un ojo puesto en otra parte del horizonte.
El optimismo es naturalmente un proyecto pretencioso, hasta rimbombante. Cambia mucho, no todo. No se puede fingir ni forzar, pero se puede evaluar. No es la felicidad, no representa ningún placer -si es así, se habla de otra cosa-, aunque los planes adquieren otro rostro, otra forma de presentarse, otro costado y otra inserción, tal vez más alentadora. Pero para que funcione, la condición necesaria es tener una visión de lo que está pasando en el espacio más grande posible. Si no, se confunde optimismo con parroquialismo.
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