Por Lucía DammertEl espejismo del giro a la derecha

Cada elección reciente en América Latina parece confirmar el mismo titular: el continente gira a la derecha. Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, Abelardo de la Espriella en Colombia. La lectura es tentadora, pero incompleta. Lo que revelan las urnas no es la consolidación de un proyecto regional, sino el agotamiento de la política como espacio capaz de ordenar demandas y ofrecer futuro.
Antes de repetir el diagnóstico, conviene mirar los números.
En Chile, Kast llegó a La Moneda después de quedar segundo en primera vuelta: la candidata oficialista encabezó esa ronda con 26,8% frente al 23,9% de Kast. Ganó el balotaje con holgura —58%—, pero esa mayoría se explica más por el rechazo al gobierno anterior que por una adhesión consistente a su programa en su totalidad. El dato importa: quien vota desde el temor o el enojo no entrega un mandato fuerte, entrega una autorización condicionada. En Perú, el dato es aún más elocuente. Con 35 candidatos en la papeleta, Keiko Fujimori fue la más votada en primera vuelta con apenas 17% de los votos válidos: el 14% de los sufragios efectivamente emitidos, unos 2,7 millones de votos. Su base inicial fue, por lo tanto, mínima. Llegó a la Presidencia en su cuarto intento, por cerca de 40 mil votos en el balotaje, dos décimas de punto —50,1% contra 49,9%—, en una de las elecciones más ajustadas de la historia regional. En Colombia, De la Espriella también ganó sin una mayoría clara: 49,6% frente al 48,7% de Iván Cepeda, una diferencia de 0,96 puntos, la más estrecha desde que el país vota en segunda vuelta hace 32 años.
Tres países, tres aritméticas distintas, un mismo motor: se vota contra quien gobierna. El voto destituyente —no por un proyecto, sino contra el anterior— es la firma política de esta década. Produce ganadores frágiles, con mayorías prestadas o inexistentes, obligados a administrar el rechazo que los llevó al poder.
Esa fragilidad tiene consecuencias. Un electorado exhausto no necesariamente premia programas; premia la promesa de cambio, aunque sea incumplible. La oferta electoral escala —más gasto, más mano dura— mientras la capacidad real de cumplir se contrae. La brecha entre lo prometido y lo posible no es un detalle de campaña: es el combustible del próximo ciclo de decepción.
Y aquí aparece el costo de fondo. Un gobierno que llega solo para administrar un rechazo —con mayorías prestadas y sin proyecto que lo sostenga— rara vez tiene el horizonte, o el capital político, para las agendas que se miden en décadas y no en ciclos electorales. Por eso, mientras la conversación pública se consume en el eje izquierda-derecha, populismo-antipopulismo, quedan a la deriva las decisiones que de verdad definirán nuestro futuro. ¿Quién discute, en serio, cómo dejar de vender litio y cobre para empezar a producir lo que el mundo hace con ellos? No es una pregunta marginal: es la diferencia entre un continente que en 30 años seguirá extrayendo materias primas y otro que habrá construido autonomía.
Lo que enfrenta América Latina no es simplemente un realineamiento ideológico. Es una erosión sostenida de legitimidad. La política dejó de ser el lugar donde se imaginan alternativas y se volvió un juego de negación permanente: cada elección castiga el pasado inmediato, pero no proyecta un futuro distinto. La desigualdad, la pobreza y la ausencia de servicios básicos siguen ahí, no porque falten diagnósticos, sino porque ya no ordenan una conversación pública rota por la coyuntura.
La pregunta que debería inquietarnos es si todavía se puede elegir un destino común. Lo que muestran las urnas no es una dirección estable: es desgaste. Si insistimos en leerlo solo como una disputa entre derechas e izquierdas, seguiremos discutiendo la superficie mientras se nos escapa lo que de verdad está en juego, que es la capacidad de elegir un rumbo y no solo de castigar el anterior.
Por Lucía Dammert, académica de la Universidad de Santiago de Chile
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