Por Ascanio CavalloEl espejo y el reflejo

El gran ironista G.K. Chesterton escribió una vez que “los revolucionarios de hoy están resueltos a introducir nuevos usos en calzado, camas, comida o muebles, así que no tienen tiempo para rebelarse”. Quizás le faltó decir que a los contrarrevolucionarios les puede suceder lo mismo: quedarse en el dress code y la minuta y no tener tiempo para la contrarrevolución. El retrato en el espejo, el reflejo invertido de sus contrarios.
¿Habrá percibido ese peligro el Presidente José Antonio Kast? No se sabe. El viernes, Cadem liberó una encuesta según la cual Kast ha asumido con el mismo nivel de aprobación que tuvo Boric en su primera semana: 57%. Es una coincidencia sorprendente, pero no única. En el repertorio de altos funcionarios, la similitud entre el nuevo gobierno y el que asumió con Boric es inescapable: amigos, aficionados, conocidos de amigos, debutantes, todos entusiastas, no todos criteriosos, algunos sobrios, otros cuantos hiperventilados. Pocos políticos profesionales. Muchas ideas, buenas y de las otras, y un intenso espíritu participativo, que quizás empieza en la esposa del presidente. Corbatas, trajes, vestidos. Selfies, autógrafos.
Está bien tener cuidado con los símbolos y tratar de expresar algunas cosas a través de ellos. Pero la política simbólica está, en general, sobrevalorada hasta fuera de toda proporción. Los pueblos no esperan gestos que les recuerden que son pueblos con gobernantes, sino hechos que les confirmen que los países existen para vivir mejor, para no recibir una bala en la madrugada, para no morir en una sala de espera, para no ser rociado con una molotov.
El presidente fue sumamente fiel a su insistente discurso del orden, pero no fue tan fiel a algunas de las dimensiones de esa idea. Por ejemplo, la puntualidad, inverosímilmente violentada el día de la asunción del mando. ¿Por qué? En lo principal, por un almuerzo dominado por el entusiasmo y la sobremesa. Y cómo no: ¿En cuántas ocasiones almuerza uno con un rey, la última premio Nobel de la Paz y el presidente más rockero de la historia latinoamericana? Ok, pero este es un modo oblicuamente provinciano de pensar, tal como eran provincianos casi todos los gestos iniciales del Boric recién investido. Es el de alguien que se asoma con más asombro que aplomo al mundo del poder real, el político al que ahora telefonea, no el antiguo compañero de curso, sino el presidente de Francia, o el de Rusia, o el de China. El político que ha cambiado de escala.
Después, en su primer discurso desde el balcón de La Moneda, el presidente concentró sus referencias históricas en Diego Portales, una figura evitada por más de 50 años. Portales, que decía que la paz social se apoya en que las personas se cansan y necesitan dormir, someterse al “peso de la noche”, fue el héroe de referencia de Pinochet y la junta militar que se tomó el poder en 1973. Su sede pasó a llamarse “edificio Diego Portales” y su nombre aparecía en todos los discursos iniciales, por pequeña que fuese la ocasión.
Portales representaba la disciplina del Estado, no sólo para defenderse de la panoplia de amenazas externas, sino también -y acaso sobre todo- para defenderse de las ilimitadas ambiciones de las facciones políticas internas. La materia del Estado de Portales era el mismo Estado. Portales nunca fue presidente, sólo ministro, pero resultó más fundamental que varios de los presidentes de su época, incluso con su valoración de la disciplina muy por sobre la democracia. Miguel Kast, el hermano mayor del presidente, uno de los líderes más inteligentes del “movimiento gremial”, vivió en ese ambiente de recuperación portaliana de los años 70. El presidente no: era apenas un preadolescente.
Declararse portaliano hoy es una cosa altamente ambigua. Al gobierno de Kast le servirá por un tiempo para seguir subrayando el desorden heredado de su antecesor. Y hasta cabe preguntarse ahora si ese gesto desmedido de cortar el diálogo en la semana previa al traspaso del mando no le sirvió, precisamente, para sembrar los nervios en la administración saliente e inducir con ello la ceremonia de traspaso más ordenada y pacífica de los últimos 20 años. Un golpe portaliano: el espejo que asusta.
El Presidente Kast no es un intelectual. Es un político y un creyente. Su aproximación a la realidad es más intuitiva que elaborada. Le ha tocado en suerte un mundo donde sus convicciones pasan por una revitalización, que es también el rechazo hacia un período caótico, en el que se fueron quebrando todos los temerosos supuestos del orden de la posguerra. Está en el poder porque sus adversarios, en la izquierda y en la derecha, interpretaron mal el Chile de los últimos 10 años y mistificaron el espasmo violento del 2019.
Pero a partir de ahora esa interpretación debe aterrizar en el país real. El presidente tiene que lograr que sus compromisos alcancen pequeñas y grandes encarnaciones en la realidad cotidiana, lo que significa dejar atrás el entusiasmo, la distracción y el provincianismo.
Llegó la hora de ser el Estado y el gobierno.
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