Opinión

Kast entre la emergencia y la unidad

Diego Martin/Aton Chile DIEGO MARTIN/ATON CHILE

Desde el inicio de su campaña, Kast instaló la idea de un gobierno de emergencia para un país supuestamente al borde del colapso, casi en la UTI. Tras su triunfo, a ese diagnóstico se ha sumado la promesa de un “gabinete de unidad”, incorporando figuras independientes y provenientes de otros mundos políticos. El mensaje apunta a abandonar el sectarismo y ofrecer un nuevo espíritu de unión nacional. La idea es atractiva y habitual en todo presidente recién electo, pero resulta poco realista en el Chile actual y engañosa en su formulación: el relato de la emergencia es buena medida exagerado y el de la unidad, artificioso.

Paradójicamente, el verdadero gabinete de emergencia ya ocurrió durante el gobierno de Boric, tras la derrota del primer proceso constituyente y los errores del primer año. Fue entonces cuando el Ejecutivo debió virar al centro, cambiar prioridades y evitar el naufragio. Ese proceso dejó un país más bien normalizado, sin grandes transformaciones estructurales, pero fuera del barro. Si alguna vez estuvimos en el lodo, hoy tenemos ambos pies fuera. Lo que queda es sacudirse, cambiarse de ropa y volver a correr.

El diseño del nuevo gobierno privilegia un comité político con experiencia y capacidad de diálogo, junto a un conjunto relevante de independientes muy fieles al presidente, cuya escasa trayectoria política deberá ser compensada con equipos y subsecretarías sólidas. Hay nombres técnicamente muy competentes y otros que podrían sorprender positivamente. El equipo económico abre un flanco distinto, por la relación de varios de sus integrantes con grupos empresariales con la posibilidad de fuertes conflictos de interés. Al mismo tiempo, el gabinete exhibe sin complejos un sello conservador y pinochetista en materias clave, coherente con el proyecto de Kast y con la batalla cultural que probablemente reaparecerá más temprano que tarde. Nada de esto es ilegítimo ya que los chilenos optaron por esa propuesta. La pregunta es si resulta sostenible.

Es en la promesa de unidad donde el diseño muestra su mayor debilidad. La unidad - como la paz social- no se decreta ni se construye mediante gestos superficiales, sino sobre la base de fuerzas políticas reales, con representación y capacidad de articulación transversal. Los “ministros de la unidad” en energía, vivienda y agricultura, no encarnan corrientes políticas relevantes, sino trayectorias personales. En más de un caso, además, su propensión a la palabra destemplada amenaza con ahogar cualquier credencial técnica. En política, el respeto y la capacidad de construir puentes no descansan solo en competencias profesionales, sino también en coherencia y lealtad crítica. El oportunismo rara vez genera confianza duradera.

Cabe entonces preguntarse qué busca realmente Kast integrando a estos otrora adversarios. Una hipótesis plausible es una estrategia arriesgada y de corto plazo: ministros concebidos como fusibles de bajo voltaje, fácilmente reemplazables en el primer ajuste, allanando el camino para integrar luego a la guardia más fiel del proyecto. Si ese es el diseño real, el costo puede ser alto.

Un gabinete de emergencia y uno de unidad no responden a la misma lógica ni al mismo momento político. Insistir en que Chile sigue en una situación de emergencia permanente solo añade incertidumbre y retrasa el crecimiento. Cuando la unidad es meramente performática, el riesgo no es solo de imagen, sino también de resultados y puede terminar reabriendo el camino a la polarización.

Por Daniel Grimaldi, director ejecutivo de Fundación Chile21

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