Por Josefina AraosKast y Portales

“Un país no puede gobernarse solo con ideas. Tiene que gobernarse con carácter y el carácter no es arbitrariedad”. Así citó el presidente Kast a Diego Portales en su discurso en La Moneda el día del cambio de mando. La mayoría de los análisis han usado la referencia para confirmar sus temores respecto de los énfasis, el estilo y los principios que inspirarían al mandatario (la sombra autoritaria que muchos buscan atribuirle), pero ha quedado pendiente una mayor detención en el significado de la cita escogida. El Presidente no será el mejor orador, pero pareciera no elegir nada al azar. Y en ese sentido debe interpretarse también su alusión a Portales: por la manera en que dialoga con el momento en que le toca asumir la primera magistratura, así como con su propia apuesta política. Veamos si podemos sacar alguna conclusión sobre ello.
Se ha vuelto casi un lugar común la conclusión de que vivimos tiempos inciertos, con problemas tan graves como de difícil solución. Predominan por lo mismo las hipótesis que subrayan la larga duración de los procesos en curso, el peso y arraigo de las dinámicas instaladas, la complejidad de los sistemas que dan forma a la vida social. Nada de eso es falso, por cierto, pero tiene el riesgo de terminar en una suerte de resignación intelectual, y también política. Si las cosas son tan complicadas, si aquello que tenemos delante es una montaña inabordable, no hay mucho que hacer. Y tampoco hay mucho que reclamar: los que mandan quedan liberados de culpa. En ese sentido, uno podría pensar que la referencia del Presidente a Portales busca justamente afirmar lo contrario: reivindicar la agencia de los actores, en especial de aquellos que están a cargo del destino del país; abrir un margen de acción para enmendar el rumbo, así como para exigir responsabilidades. La apuesta no deja de ser inteligente: sabemos que la ciudadanía está cansada de los discursos que piden paciencia, al mismo tiempo que la política es cada vez más lenta en dar respuestas o probar su eficacia, y pródiga en señales de ensimismamiento y, más veces de las que quisiéramos, de corrupción. No por azar aumenta la cifra de aquellos para quienes se ha vuelto indiferente vivir o no en democracia. No es un abandono de convicciones arbitrario el de la gente, sino que es resultado de un entramado institucional al que se le cuesta mostrar cotidianamente su valor. Afirmar el carácter frente a las ideas es entonces una manera de volver a asignar a los actores el papel protagónico que les corresponde, para mostrar que todavía puede hacerse algo, y que podemos exigirles explicaciones si fracasan.
Pero no por inteligente la apuesta deja de ser arriesgada. Es fácil pasar de la reivindicación de la agencia al voluntarismo, a subestimar los puntos ciegos, a reducir la política al efectismo, si acaso te convences estando en el poder que la resignación era inevitable. Y en ese difícil equilibrio tendrá que aprender a moverse el mandatario, pues ha decidido enmarcar su mandato en un “gobierno de emergencia” que debe justamente abordar problemas muy graves y complejos. Materias donde las personas esperan, con razón, respuestas o cambios efectivos, pero que no son sencillas de demostrar. Requerirá entonces gran destreza para hacerse cargo de la distancia que existe siempre en política entre lo dicho y la realidad, entre las palabras y lo que se puede hacer. Un ámbito en el que el gobierno saliente fracasó rotundamente y donde es probable que se juegue también parte importante del éxito del nuevo mandato. Porque dar respuestas tomará tiempo, y habrá que saber justificarlo. En ese sentido, no es sólo carácter lo que asegura la agencia de los actores; también una aguda lectura de los tiempos que vivimos y una conciencia clara del margen efectivo de acción del cual se dispone. Sin ello, la acción política puede ser eficaz, pero no necesariamente mejorar la vida de las personas. Y es ese justamente el objetivo que se ha trazado el nuevo presidente.
Por Josefina Araos Bralic, investigadora del IES.
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