Por Soledad AlvearLa Habana

Cuba está ad portas de un gran cambio político. Las propias autoridades del régimen dictatorial reconocen las negociaciones con los Estados Unidos. La isla ya no tiene combustible ni para lo más básico. Mientras escribo estas líneas, un apagón completo tiene a la ciudadanía a oscuras, tras un colapso total del sistema eléctrico. Son ya 65 años de una verdad única, de la ausencia de discusión y de un proceso que trató con lujo a los propios, mientras atrasó al completo subdesarrollo a la inmensa mayoría de la población.
La nación cubana quedó separada para siempre. Por un lado, están los que se quedaron y no pudieron partir. Al otro, están los cubanos que terminaron en las calles de Miami o Madrid, tratando de construir una identidad propia pues sabían que sus posibilidades eran muy remotas de alguna vez volver a ver el malecón de La Habana. Muchos murieron con Cuba en el corazón y sin regresar jamás. Cuántas generaciones de talento perdido para un país que está a punto de comenzar un nuevo capítulo de su historia, quizás el más importante.
La dictadura acusa al embargo norteamericano. Siempre la culpa está en los demás. Cuando se acaban los argumentos, entonces se recurre a las frases hechas de siempre: fascistas, imperialistas, borregos de Estados Unidos y tantas otras. Ya no pueden ocultar sus culpas. Desde el final de la Guerra Fría hubo un manejo económico irresponsable. Nunca se abrieron, ni siquiera al modelo chino de capitalismo. Abrieron los hoteles para extranjeros, donde corría la bebida y la comida, mientras en las calles aumentaban el hambre y la prostitución. Cuando el disenso tomó rostro en Oswaldo Payá, un católico que no era el clásico molde del opositor cubano, el régimen no escatimó en recursos. Moriría en extrañas circunstancias tras un choque de automóvil en 2012. Esta es la muestra más clara de que nunca se ha permitido ningún tipo de disenso.
La visión única, la del partido, siempre estuvo plagada de oportunistas que veían en la dictadura cubana la posibilidad de alcanzar a poder a la sombra de los Castro o los demás jerarcas. Se transformaron en gente que aplaudió todo sin pensar. Cuando una sociedad no discute, no disiente y solo se somete a la verdad absoluta, finalmente pasa lo evidente: se cometen errores y horrores. Esto va más allá de las terribles violaciones a los derechos humanos. En realidad, atenta contra el corazón mismo de la generación de políticas públicas. Las verdades oficiales siempre terminan mal porque nunca son la verdad.
Este es un ejemplo que debe tomarse cuenta en nuestra política exterior: debe transversalmente aprender. Basta de decirle a una dictadura que es una democracia especial. Basta de políticos que corren detrás de un tirano porque es supuestamente revolucionario o está de moda aplaudirlo. Cuba está a punto de recuperar su libertad, aunque sea parcialmente. Nosotros debemos acompañar ese proceso.
Por Soledad Alvear, abogada
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