Opinión

Lo que se nos viene

Neoyorquinos sin familiares conocidos o cuya familia no puede costear un funeral, son enterrados en Hart Island, que se usa como cementerio en el Bronx. Foto: Reuters REUTERS

Leo a Zizek, Harari, Byung-Chul Han, de entremés a Naomi Klein, y no dejo de sonreír. El capitalismo está más vivo que nunca; ellos lo confirman, desmintiendo sus peores vaticinios. Digan lo que digan, se cuadran con sus lógicas: el sentido de oportunidad; la audiencia cautiva a gran escala, aburridísima, necesitada de que se la reconforte consumiendo; la dosis suficiente de alarma, ni tanto ni poca la cuota de pánico para atraer; en fin, el marketing haciendo lo que sabe hacer. ¿Aciertan o hemos de entender sus pronósticos oraculares como mero espectáculo lúdico?

El profetismo es dudoso, suele ser más elocuente acerca de las obsesiones del presente que lo que anticipa del futuro. En eso se parece a las mistificaciones proyectadas en retrospectiva, también muy de hoy día. Venimos consumiendo paralelismos falsos de ese tipo hace rato (e.g. la “Revolución de la Chaucha” para explicar el 18-O, fenómeno bastante más complejo). De nuevo, la falacia en que se cae vuelve a magnificar detonantes monocausales sin atender efectos múltiples, ellos los significativos y en curso, sea que el proceso no ha decantado o, mal digerido, aún no se devela del todo.

Leo, por ahí, decir que la Peste Negra condujo al fin del feudalismo. Pero, dicho así de tajante, es un disparate. Si fuese cierto, ¿de qué sirvió la Revolución Francesa 450 años después? Presuntamente, falta de mano de obra habría empoderado a trabajadores desatando demandas y alzas de sueldos, otra afirmación rotunda que habría que ponderar. En efecto, hubo rebeliones, aunque no una revolución (no son lo mismo), y fueron reprimidas. ¿Y qué hay de su corolario, que las plagas hicieran caer la producción, al punto que el Medievo tardío o Renacimiento habría sido un período de declinación económica? La tesis viene postulándose desde los años 60, pero sigue siendo materia de debate no zanjado.

Como tampoco que la Peste Negra y secuelas catastróficas, tan del gusto de “colapsólogos”, socavaran la religiosidad cristiana. La Reforma Protestante quebró la unidad religiosa, obvio que sí, pero actuó como estímulo de fe militante en ambos bandos. En la Toscana, la Peste Negra, curiosamente, dio lugar a una suerte de aparente “regresión” o reacción estilística y ritual, arcaizante, según Millard Meiss, la que también cabe valorarse artística y religiosamente (Painting in Florence and Siena after the Black Death, 1951).

Me detengo en estos puntos con un solo propósito. Si algo podemos afirmar sin engañarnos es que el futuro y pasado no son de nadie en particular que los reclame. Tampoco la historia es unilineal, siempre “en progreso”. Meditémosla sin dogmas previos, cual moros, cristianos y hombres de buena voluntad, asombrados. Como si juntos escucháramos a Bach, por ejemplo. Uno de sus oratorios o pasiones de Semana Santa.

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