Por Hernán LarraínVigencia de Jaime Guzmán

A 35 años de ser fríamente acribillado, el recuerdo mantiene viva la memoria del senador Jaime Guzmán Errázuriz, mientras que los responsables experimentan un reproche ético y social por su delito, así como por su repudiable intento de alterar la transición democrática.
No es solo el recuerdo de una persona lo que perdura, también el de su obra y pensamiento. En esta oportunidad, quiero detenerme en uno de sus conceptos que sigue influyendo: el principio de subsidiariedad, junto a la autonomía de los cuerpos intermedios y el gremialismo.
A partir de su noción de persona, Jaime sostenía la necesidad de que los cuerpos intermedios de una sociedad, como la familia, el municipio o los emprendimientos privados, tuvieran su propio espacio de desenvolvimiento, limitando la acción del Estado e impidiendo su instrumentalización o ideologización. De ahí la necesidad que el aparato público cumpliera sus funciones ineludibles de bien común, y que pudiera suplir, regular e intervenir el orden social de manera proactiva cuando fuese necesario, pero sin asfixiar la libertad creadora de personas e instituciones.
Por ello su defensa irrestricta de la autonomía de esas entidades como expresión de la libertad personal, procurando la independencia de los gremios del manejo central, permitiendo la participación comunitaria y reservando la tarea política para partidos democráticos. Nuestro senador definía al gremialismo como “una doctrina frente a los cuerpos intermedios y no una ideología política”, pues no se trataba de despolitizar a la sociedad, sino de asegurar su rol subsidiario, evitando así que el Estado sustituyera la participación individual, familiar o de grupos en una sociedad.
Cuando la voluntad de los gremios se erige como voluntad nacional, esto es, si asume un rol político partidista, integrado a la toma de decisiones del Estado, se distorsiona la naturaleza de lo gremial. Es lo que ocurre con el corporativismo (y el fascismo), que procura sustituir a los partidos en su rol de representación ciudadana. Lejos de eso, Jaime Guzmán estimaba que el gremialismo debería ser patrimonio de todas las tendencias genuinamente democráticas.
Esta concepción fue constitutiva de nuestra actual Carta Fundamental que, si bien ha sido objeto de reformas sustanciales, no ha sido modificada en esto. De hecho, fue objeto de debate en ambos procesos constitucionales recientes, en el primero para eliminarlo, en el otro para consolidarlo; pero finalmente, no hubo cambios.
No se trata de ideas de raigambre local. Forma parte de antiguas doctrinas y también de ordenamientos constitucionales europeos. En Estados Unidos la subsidiariedad territorial es clave para entender la estructura del poder: las instancias superiores no pueden interferir en las inferiores. Está preservada la autonomía de las instituciones locales e intermedias.
El modo gremialista sigue formando parte de las bases de nuestra institucionalidad y funciona como contrapeso o catalizador de expresiones sociales, en aras del bien común.
35 años después, sus ideas siguen vigentes.
Por Hernán Larraín F., abogado y profesor universitario
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