Paula

Hablemos de amor: el duelo de una relación sin nombre

¿Qué hacer con los sentimientos de perder una relación que nunca tuvo un nombre formal? Para Isidora lo más doloroso fue validar sus sentimientos por un vínculo que, a pesar de que significó mucho, nunca llegó a tener nombre.

Ilustración: Sofía Valenzuela. Por Sofía Valenzuela

Lo conocí en un momento complicado de mi vida. Estaba en otra sintonía cuando recibí su invitación como cita a ciegas a un matrimonio. Convencida de que no tenía nada que perder, acepté. Fue inesperado y sin expectativas.

Tuvimos química, nos reímos y lo pasamos bien. Desde entonces no nos separamos, poco a poco nos fuimos conociendo y encontré en él un lugar seguro para ser y estar. A mis 28 años, observaba las relaciones con la intención de construir algo verdadero y estable, y por primera vez en mucho tiempo volví a sentir una conexión real con alguien. Pasábamos mucho tiempo juntos y, por su forma de actuar, sentía que yo iba ocupando un lugar especial en su vida, así como él en la mía.

Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer comentarios que me bajaron de la nube y me enfrentaron a la realidad. ¿Debería, a estas alturas, existir un nombre formal para lo que teníamos? Entré en una espiral de pensamientos y, para ser honesta, no me atrevía a poner el tema sobre la mesa por miedo a ser juzgada.

Recuerdo un momento en que, entre bromas, una amiga me dijo: “pídele pololeo tú”. Nos reímos y admito que lo pensé seriamente, pero la inseguridad volvió a aparecer. “Si no lo ha hecho hasta ahora ¿por qué me diría que sí? Quizás lo que tenemos aún no es suficiente”, pensé.

Un día le pregunté directamente qué éramos y respondió escuetamente: “estamos saliendo”. Intenté convencerme de que podía seguir adelante sin una etiqueta siempre que el vínculo fuera verdadero, y así lo sentía. Me dije injustamente a mí misma: “no quiero ser la bruja que exige ponerle nombre a la relación”.

Pasaron semanas y meses en que fui muy consciente de que había una parte de mí que no me atrevía a mostrarle: mi lado más vulnerable. Sabía que tarde o temprano eso chocaría con la realidad entre nosotros.

Mostrar ese lado implicaba volver a abrir heridas del pasado. Estaba trabajando paso a paso junto a mi psicóloga para abrir ese espacio con él y darle la oportunidad de entenderme en aspectos de la vida que quizás él veía de manera distinta. Tenía miedo de exponer esas heridas, de decir en voz alta cosas que nunca habían salido de mi espacio terapéutico y no encontrar en él comprensión. Era un proceso.

Estuvimos juntos cerca de seis meses y, de un momento a otro, él decidió terminar, entre otras cosas “porque ya no hacíamos match”. Fue una decisión unilateral que me dejó paralizada, sentí que no tuve la oportunidad de expresar mi punto de vista, de intentar resolver diferencias o de luchar por una relación sana con alguien a quien quería profundamente.

Fue desgarrador sentir que perdía a una de las personas más importantes de mi vida en ese entonces y, al mismo tiempo, con quien no tenía un vínculo con nombre.

¿Cómo se justifica ese dolor frente a los demás? Al final, no éramos pololos. Esa es precisamente una forma de minimizar el dolor, pero el cuerpo y las emociones no entienden de etiquetas.

El duelo es una de las experiencias más universales y, a la vez, más personales que existen. En esencia, es una reacción natural frente a una pérdida. Así lo viví, no solo por perderlo a él, sino también por la versión de mí que se quebró. Sentí que fallé como mujer, que no era suficiente, que el problema era yo. “¿Quién me va a querer con todas mis heridas?”, me preguntaba una y otra vez.

Solo con el tiempo y tras largas conversaciones con mi psicóloga pude mirar esos casi seis meses con otros ojos, comenzar a sanar y reconstruir mi identidad como mujer.

Ha sido uno de los episodios más difíciles que me ha tocado enfrentar en los últimos años, pero mirando hacia atrás siento gratitud por este camino recorrido. Hoy estoy construyendo cimientos fuertes y seguros para vivir mi adultez con más autoconocimiento y mejores herramientas.

A mis 30 años hago el esfuerzo de decirme día a día que estoy orgullosa de la mujer que soy: merezco un amor bueno, sin juicios y sin miedo al compromiso.

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