Hablemos de amor: la herida del ninguneo
A propósito de la crisis en Venezuela y de las reacciones que generó en redes, una reflexión sobre cómo el ninguneo, disfrazado de argumento, termina hiriendo los vínculos.

Aprendí temprano a reconocer el ninguneo. No porque me lo explicaran, sino porque crecí dentro de él. Vengo de una familia llena de mujeres con opinión, amor por la lectura, la política y el acontecer. Pero también de una donde el pluralismo no era bienvenido y donde cualquier diferencia —mínima o grande— solía venir acompañada de un tono menoscabador, burlesco o derechamente amenazante. Ahí se aprende rápido: no solo qué decir, sino cómo desarmar al otro.
Con los años afiné el ojo. Hoy distingo el ninguneo incluso por escrito, incluso cuando se disfraza de argumento político. Y eso fue lo que volvió a activarse estos días, a propósito de la captura de Nicolás Maduro y la avalancha de interpretaciones, proyecciones y odios digitales que siguieron. Dije algo mínimo: que elegía quedarme con la alegría —mezclada con miedo— de mis amigas de la diáspora venezolana. No era un análisis político. Era una emoción humana. Aun así, bastó para recibir condescendencia, ironía y desdén.
Muchos influencers dicen que el hate no les importa, que las funas sirven para proteger a personas “más susceptibles”. Yo no soy influenciadora y quizás sí soy esa persona susceptible. Por eso escribo esto. Porque el hate no me resbala: se conecta directamente con algo doloroso de mi biografía —y ahora noto que también de mi contexto cultural—. El ninguneo no es solo una forma de opinar: es una emoción que quiebra.
Estos días cerré los comentarios de mis redes y dejé mensajes sin responder. En casi todos identifiqué el mismo tipo de agresión, como un touché que no deja espacio a nada más que entrar en el mismo tono ofensivo. Sobre todo cuando venía de personas cercanas, con quienes —paradójicamente— comparto gran parte de la mirada política. El problema no era el desacuerdo ni la crítica. El dolor aparecía cuando el intercambio incluía esa pequeña dosis de desprecio que busca anular al otro.
Soy periodista y, por estudio y trabajo, vivo desde hace poco en Nueva York. Me he dedicado principalmente a la política; he narrado Chile para Latinoamérica y el mundo. Y aun así, el hate que más me ha intoxicado no viene de desconocidos, sino del entorno cercano y familiar. Como si existiera un derecho implícito a que opinar implique ningunear. Como si decirme “gringa de tres minutos” o “naif” fuera parte de una discusión loable.
En Chile se dice que el cahuín es el deporte nacional. A la distancia, creo que hace rato lo es el ninguneo. Si tuviera que elegir, votaría por el primero, porque al menos tenía mayor creatividad narrativa. El ninguneo, en cambio, es escuálido: crece como maleza en todo el espectro político, desde lo íntimo a lo público. Estar en desacuerdo no es eso. Cuestionar no es eso. Yo misma he caído muchas veces en esa trampa: agregar una frase denostativa, personal, que “funciona”, que suena bien y aniquila al otro. Pero ¿esa es la vida política que queremos vivir como familias, amigos y ciudadanos?
No escribo esto desde una superioridad moral. Creo que ese lugar ya nos mostró que no sirve, ni en lo personal ni en lo político. Yo, que quedé muy removida con los ataques y no respondí a ninguno —aunque eso no resolvió nada—, volví a un libro de Susan Sontag, El dolor de los demás. No me interesa estar “de un lado”, sino al menos no sentir que me hicieron callar, que me dio miedo volver a dar una opinión por algo que sentí profundamente humano. Jamás he tenido miedo al debate de ideas: lo disfruto, mi carrera se basa en ello. Pero el ninguneo está siendo mi kriptonita, y escribir —una vez más— siento que puede ser mi antídoto.
Los mapas geopolíticos y las posiciones ideológicas no deberían usarse para menoscabar a quien mira el mundo distinto. No se trata de grandes abstracciones como el imperialismo o el extractivismo cuando veo a una amiga con la esperanza de volver a ver a su familia, o de que su hijo conozca a sus primos. No se trata solo de ideas cuando alguien no puede donar sangre a un familiar que la necesita y no tiene a quién recurrir. Sé que existen implicancias ideológicas, pero no pesan más que las historias reales de una diáspora que no quería migrar, pero que sintió que merecía algo tan básico como tener agua y luz el mismo día, sin que nadie les diga “migrantes neoliberales”.
Sí, tengo una adscripción política. Muchas veces la he transparentado. Pero hoy no escribo desde ahí. Escribo desde las interacciones cotidianas, desde el ninguneo disfrazado de argumento, como una práctica que carcome.
No es un hipismo peligroso elegir primero la alegría y luego el análisis político. No es un absoluto. Es apenas un rayo de humanidad que, incluso si no se comparte, no merece ser machacado con ninguneo. Saber detenerse ante esa tentación fácil es un gesto. Uno pequeño, pero urgente, en un tiempo donde parece que la perdimos incluso —o sobre todo— entre quienes más se parecen a nosotros.
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