La odisea de los repartidores de comida a domicilio

Repartidor

Gases lacrimógenos, vidrios en las calles, ausencia de semáforos y restaurantes quemados o saqueados son el panorama que actualmente enfrentan los repartidores de comida rápida en Santiago. Tres conductores de distintas aplicaciones móviles –Uber Eats, Rappi y Pedidos Ya- relatan cómo se han visto afectados tras más de un mes de manifestaciones en las calles de la capital.


El mall Costanera Center, que ha estado en el ojo de manifestantes y carabineros durante la última semana, está rodeado de repartidores de comida a domicilio que aprovechan de descansar la espalda de sus mochilas, mientras esperan que les hagan un pedido. Jesús Guerrero (32) dice que en el último tiempo ha bajado mucho la demanda y las tarifas. Aunque vive en Morandé, ya no trabaja ahí y prefiere moverse por Providencia. Rappi es su única fuente de ingresos.

Alex Vergara (32) tiene una mirada más positiva del último mes y medio, pues plantea que la gente prefiere no salir a comprar, por lo que usa las aplicaciones y él sale beneficiado. “Me ha ido bien, solo he tenido que alejarme harto de la Plaza Baquedano”, cuenta. Su mirada contrasta con la de Gabriel Lizardo (33), quien asegura que sus ingresos diarios bajaron de 25.000 a 17.000 pesos. Jésika Santana (33) vive en Baquedano, pero no puede trabajar ahí. “Acá arriba (en Providencia) es como otra cosa, pareciera otro mundo”, dice.

La presencia de repartidores alrededor del mall evidencia el boom de las apps de reparto a domicilio que experimenta el país desde hace un par de años. Si en 2015 un 30% de los encuestados decía pedir comida a domicilio, en 2019 la cifra alcanza el 64%, de acuerdo al estudio de Chile 3D. El que parecía ser un buen año para los repartidores de distintas aplicaciones móviles, se vio afectado por el estallido social, pues los conductores perciben que la presencia de manifestantes y carabineros en las calles, y todo lo que eso conlleva, ha dificultado el reparto a domicilio.

FOTO: Santiago Soza tiene 18 años y trabaja especialmente en el barrio Lastarria, luego de que el local donde recibía pedidos fue quemado en protestas. FOTO: SERGIO LÓPEZ.[/caption]

Cambio de ruta

El lunes 28 de octubre, el día del cambio de gabinete, estuvo marcado por el incendio que afectó a la tienda Fashion’s Park, el edificio de Integramédica y el McDonald’s de Santa Rosa con la Alameda. El cierre del local de comida rápida significó una pérdida para Santiago Soza, venezolano de 18 años. Ese era el lugar donde mejor le iba. “Ahí salían bastantes pedidos, y desde que lo saquearon ya no sirve pararse ahí”, dice. Mientras espera que cocinen la orden que le hicieron, conversa con otros repartidores en la banca junto al restaurante Le Fournil, en calle Lastarria. Está sentado entre su mochila de Pedidos Ya y un colega, de Uber Eats. Reparte entre 9:00 y 14:00, cuando el sol empieza a quemar.

El incendio de McDonald’s de Santa Rosa implicó un cambio en su rutina, pues hoy, en lugar de trabajar cerca de su casa, Soza debe moverse por distintos puntos. ”Uno lo que hacía era sentarse en un banco y esperar a que los pedidos le cayeran. Ahorita no podemos hacer eso, ya que no todos los locales están trabajando y hay muy pocos pedidos”, se queja. Antes del estallido, los pedidos le caían sin la necesidad de que él debiera buscar, debido a que las ventas reales de comida de servicio rápido, a nivel nacional, registraron un crecimiento anual de 11,7% durante el tercer trimestre del 2019, según la Cámara Nacional de Comercio.

Aunque el centro es su zona predilecta para trabajar, la actividad en las calles del núcleo de la capital lo ha obligado a expandir sus recorridos. Ya no basta con sentarse a esperar, sino que debe salir a buscar. Desde Pedidos Ya, sin embargo, aseguran que la demanda de pedidos no ha disminuido desde el estallido social, como tampoco las inscripciones de nuevos usuarios en la aplicación.

Soza lleva nueve meses en Chile y ocho trabajando para la empresa de repartos a domicilio Pedidos Ya. Plantea que este tiempo le ha permitido conocer todo Santiago, por lo que se ubica perfectamente. ”Yo ya sé en qué parte hay concentraciones, en qué partes hay bombas lacrimógenas, en qué parte debería haber vidrios en el piso, y evito pasar por ahí, para que no se dañe mi vehículo”, asegura. No quiere exponer su bicicleta a peligros, porque ya tuvo un accidente cuando viajaba cerca de las manifestaciones.

Aunque desde Pedidos Ya, aseguran que han suspendido el servicio de la aplicación cuando la seguridad de los repartidores está en riesgo, Soza no pudo evitar repartir entre los desórdenes. Recuerda que en Pío Nono le tocó entregar un pedido justo cuando carabineros y manifestantes se enfrentaban. Eso lo hizo retroceder inmediatamente para cambiar su ruta, pero las bombas lacrimógenas no lo dejaban ver. Cayó en la ciclovía y a su bicicleta se le rompió el aro trasero. Agradece que al pedido que cargaba en la espalda no le pasó nada, porque lo habría tenido que pagar él. “Cuando a los pedidos les pasa algo es muy triste para el repartidor, porque hay unos clientes que no te lo aceptan, entonces uno pierde el dinero”, admite.

FOTO: Un repartidor a media cuadra de Plaza Italia, la llamada “Zona 0” de las manifestaciones sociales. FOTO: SERGIO LÓPEZ.[/caption]

Pasa la bicicleta

Quien también asegura que los pedidos han disminuido desde el estallido social es Jonas Flores (37), oriundo de Lecherías, Venezuela. Lleva cinco meses y medio en Chile. Empezó a trabajar en Rappi, pero desde hace tres meses carga la mochila de Uber Eats, pues asegura que los costos de envío le convienen más donde él circula.

Además de ser Uber, Flores hace mantenciones eléctricas en un condominio en calle Manuel Montt. Comenzó trabajando como repartidor alrededor de su otro trabajo, pero recorrer 14 kilómetros en bicicleta desde su casa en Pudahuel hasta Providencia y viceversa lo cansó. Por eso decidió trabajar en el mall Arauco Maipú, a 6 kilómetros de su casa.

El 18 de octubre salió del condominio a las 13:00. No pudo llegar a su casa a buscar su bicicleta, porque no había Metro, así que no pudo repartir comida. “Al otro día intenté hacer entregas, pero no pude, porque muchos locales estuvieron cerrados. Habían muchas barricadas y muchos peligros para nosotros”, explica Flores. El repartidor sostiene que esta situación continuó así por dos semanas, en que el flujo de pedidos era intermitente. “Había menos gente, había menos locales abiertos, no habían casi pedidos”, asegura. Y agrega que, aunque la aplicación dio incentivos a los conductores para que salieran a repartir, prefirió evitarlo. “Trabajamos a expensas de que podíamos poner nuestra vida en peligro pues”, afirma.

FOTO: Jonas Flores, venezolano, lleva desde hace tres meses la mochila de Uber Eats.[/caption]

Como es ingeniero en sistemas, ha podido hacer trabajos por suplencias desde el 18 de octubre para que el dinero le alcance. Cuando ya se atrevió a volver a las calles, el 4 de noviembre, Flores hacía una entrega de comida china a las 14:00, a dos kilómetros del Mall Arauco Maipú. Llegó a la dirección acordada con el cliente cuando dos jóvenes lo asaltaron. “Como soy extranjero, en principio no les entiendo lo que dicen. Entiendo que estoy siendo víctima de un robo cuando sacan el arma y me la ponen en el cuello”, recuerda el repartidor.

Le quitaron el teléfono, la bicicleta y lo empujaron. Cuando estaba en el piso, vieron su banano, donde guarda sus ganancias. “Me dicen: ‘Dame el banano’. Como no sabía que le dicen banano al koala, me quedo como en shock pues, no sé qué hacer”, recuerda. Le agarraron el bolso que iba amarrado a su cintura y se lo quitaron también, además de tirar las llaves de su casa a uno de los techos que los rodeaban. Lo golpearon con la empuñadora del arma en el cuello y lo dejaron tirado junto a su mochila con la comida china adentro.

Fue a Carabineros a hacer la denuncia, pero aún espera que la denuncia pase a Fiscalía. “Me robaron un dinero de Uber, que yo quedo debiendo a la cuenta. A pesar de reportar el robo, la aplicación me lo descontó”, dice. Además, debió pagar la comida china que no entregó. Hoy recorre las calles en una bicicleta arrendada, mientras ahorra para comprar otra. “No me ha dado para comprar otra bicicleta. Me dio para comprar el teléfono”.

Comida a domicilio por kilómetros

Ricardo González (27), oriundo de Caracas, está en Chile desde marzo de este año y trabaja en Rappi desde fines de mayo. Vive a una cuadra del metro Las Rejas, en Lo Prado, pero le gusta trabajar en Providencia y Ñuñoa, repartiendo comida a domicilio. Viaja 11 kilómetros de ida, y otros 11 de vuelta para llegar a su casa. Cada recorrido tarda un aproximado de una hora pedaleando. Rappi es su única fuente de ingresos. En las mañanas recorre distintos locales de Providencia y las tardes las pasa esperando que salgan pedidos en el estacionamiento de Melt Pizza de Pedro de Valdivia, junto a un grupo de repartidores, con quienes comparte un grupo de WhatsApp llamado Chiquillos de Rappi.

Para él, el 18 de octubre, cuando el estallido social comenzó, fue un buen día para repartir. “Gané 35.000 ese viernes; con todo eso pasando yo seguía repartiendo”, recuerda. Trabajó hasta las 3:00 am, hasta que se pinchó uno de los neumáticos de su bicicleta debido a los escombros en las calles. No tenía repuesto, así que se devolvió caminando a su casa. Tardó tres horas.

FOTO: Ricardo González se vino desde Caracas y trabaja en Rappi.[/caption]

Tras arreglar su bicicleta, volvió a salir la mañana del sábado 19 de octubre, pero no le fue bien. Los restaurantes que normalmente frecuenta estaban cerrados. “No hice nada ese día. El domingo saqué un pedido nada más. Las primeras dos semanas fueron rudas. Saqué 30.000 la primera semana y 50.000 la segunda”. Luego de esas semanas, decidió empezar a salir desde más temprano, para alcanzar los ingresos de antes. Se le preguntó a Rappi cómo enfrentaron las dificultades de los conductores, pero no hubo respuesta.

Aunque ninguno de los restaurantes que frecuentaba fueron saqueados o quemados, para él fue una desventaja que cerraran o que acortaran su horario de atención como medida de precaución. “Antes estaba bien, muy relajado. Trabajaba en las noches y ganaba bien. Ahora tengo que salir en las mañanas para recuperar lo que ganaba antes solo en las noches”, asegura González. El repartidor explica que, antes del estallido, podía ganar entre 15.000 y 20.000 pesos en siete horas de reparto en un día de semana. Sábados y domingos, la cifra incluso podía llegar a 35.000 diarios. Hoy debe acarrear pedidos por 13 horas para ganar la misma cantidad.

A González se le han pinchado tres veces los neumáticos de su bicicleta debido a los escombros. “Los talleres ahora están full. Los únicos que se han visto beneficiados son ellos, porque ahora tienen a cada rato bicicletas”, dice entre risas.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.