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The Beatles, Japón, 1966: cómo el orden de Tokio desnudó el peor momento de la banda en vivo

Acostumbrados al ruido ensordecedor, los de Liverpool llegaron al Nippon Budokan y se encontraron con un público tan silencioso que, por primera vez en años, se dieron cuenta de que tocaban desafinados. Fue el inicio de la gira que los bajó de los escenarios.

Parecía que iba a ser una gira más. Una más de las que habitualmente realizaban los Beatles. Otra de las extensas y agotadoras giras mundiales que los llevaban a destinos como Europa, Estados Unidos y países más lejanos en el radar como Australia. Pero la gira mundial de 1966 terminaría siendo inolvidable, en el peor sentido.

Tras acabar las sesiones de grabación de su inminente nuevo álbum, Revolver, los Beatles tomaron un avión para una nueva gira mundial, específicamente un tramo europeo y asiático que los condujo primero, a Alemania Occidental; luego, a Japón. En la tierra del sol naciente, los de Liverpool comenzaron a experimentar los primeros atisbos del tifón que estaba por venir.

Cuando llegaron, se encontraron con la habitual locura que rondaba sus llegadas. Aterrizaron en Tokio el 29 de junio de 1966, y un enjambre de 1.500 fanáticos habían desbordado el salón de arribos del aeropuerto. Además, había un despliegue de 35.000 policías ordenado directamente por el primer ministro nipón Eisaku Sato. Sin embargo, la llegada de los Beatles no dejaba indiferente al sector más tradicional de la sociedad japonesa a la que no le gustó nada que los de Liverpool tocaran en el Nippon Budokan, de Tokio. Un centro de estadio cubierto construido para los Juegos Olímpicos de 1964 y que desde entonces era gestionado por la Asociación Japonesa de Budō.

A donde sea que íbamos en esos días, había manifestaciones por una cosa u otra. En Japón, había revueltas estudiantiles. Además, la gente se manifestaba porque se suponía que el Budokan era un salón espiritual especial, reservado únicamente para las artes marciales”, recordó George Harrison en el documental The Beatles Anthology. “No sé qué tienen que ver las artes marciales con la espiritualidad, pero tal vez sí tengan que ver. Pero ya sabes, quiero decir, solo violencia y espiritualidad, pero no música pop”.

Incluso en una rueda de prensa de la época fueron consultados al respecto, y fue Paul McCartney quien respondió: “El asunto es que si alguien de Japón... si un grupo de danza japonesa va a Gran Bretaña, nadie en Gran Bretaña va a decir que están violando las leyes tradicionales, ya sabes, o que van a arruinar algo. Todo lo que hacemos es venir aquí a cantar porque nos lo han pedido”. Y John Lennon con su lengua siempre filosa, agregó: “Y de todos modos, es mejor ver cantar que ver lucha libre”.

Fueron cinco shows los que The Beatles ofrecieron en el Nippon Budokan, entre el 30 de junio y el de 2 de julio de 1966. Todos de solo media hora. En el primer día tuvieron una sola presentación, en los siguientes hubo dos recitales por día: a las 14.00 y a las 18.30 horas.

El repertorio fue lo que podía tocar por entonces, canciones de sus últimos álbumes: Beatles for Sale (1964) Help! (1965), Rubber Soul (1966), más algunos de sus singles como Day Tripper, I Feel Fine, I’m Down, Paperback Writer o She’s a Woman. Pero nada de la música más compleja que ya habían empezado a componer en Rubber Soul (1966) y que profundizarían en Revolver.

Acostumbrados al ruido ensordecedor de los fans gritando, los músicos de The Beatles apenas se escuchaban tocar, sin embargo, en Japón se encontraron con un panorama muy diferente. Todo muy ordenado y controlado, a diferencia de la locura en la que solían presentarse en directo.

“Mientras íbamos al concierto, tenían a los fans organizados con patrullas de policía en cada esquina -recordó Paul en el Anthology-. Así que no había fans simplemente saludando al azar por las calles; cualquiera había sido agrupado y, ya sabes, llevado a una esquina, y se les permitía saludar desde allí. Así que ibas por la calle y luego se escuchaba un pequeño grito ‘¡Yee!’. Enseguida avanzabas unos cientos de metros más y, otro grito ‘¡Eek!’“.

“Fue muy extraño. El público fue muy agradable. Quiero decir, todos son reservados, pero se ponían de pie —o intentaban hacerlo, pero en esos días, ya sabes, había policías por todo el estadio con teleobjetivos—. Y a cualquiera que se pusiera de pie y pareciera que iba a, este, ya sabes, correr hacia el escenario o algo así, le tomaban una fotografía", agregó el zurdo.

Acaso por lo controlado del público, en Japón, por primera vez en mucho tiempo los Beatles pudieron escucharse tocar, pero años de no poder oírse habían mellado su capacidad instrumental. “Llegó a un punto en el que era particularmente malo y entonces hacíamos como nuestras piernas estilo Elvis y saludábamos a la multitud, y todos gritaban, y eso lo cubría...los gritos sí cubrían muchos momentos preocupantes”, indicó George Harrison en el Anthology.

Neil Aspinall, uno de los asistentes, también lo recordó en el mismo documental: “Sí, los gritos solían cubrir un montón de pecados. Y en esos conciertos (en Japón), por primera vez en mucho tiempo, el público estaba escuchando. No había grandes gritos. Fue una sorpresa porque de repente todos se dieron cuenta de que estaban desafinados o cantando fuera de (tiempo). Tenían que ponerse las pilas”.

Cinco recitales en tres días era el agotador calendario del grupo. Tras sus shows en Japón, y cuando pensaban que las protestas por el uso de Budokan sería un hecho aislado y un problema menor, la próxima parada, en los primeros días de julio de 1966, fue aún más caótica y terrible. Una pesadilla. Era un destino exótico, la república de Filipinas. Ahí los Fab Four tuvieron acaso su peor experiencia en una gira.

Pero los problemas no estaban sino empezando. En agosto de 1966, cuando los Beatles tenían el tramo estadounidense de la gira, en ese país rebotaron unas declaraciones de John Lennon que causaron especial molestia, aquellas en que dijo: “Nosotros ahora somos más populares que Jesús, no sé qué se irá primero, si el rock and roll o el cristianismo”. Por ello, algunas emisoras radiales se negaron a pasar su música, se organizaron piras para quemar sus discos, y hasta el temido Ku Klux Klan amenazó con atentar contra la banda. La locura estaba creciendo y terminó con los ingleses decidiendo dejar las giras. Pero esa es otra historia.

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