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Un veterano de tres guerras: Guillermo Parvex y la historia olvidada que revivió gracias a un cuaderno borroso

A una década de su debut, el long seller que inició el fenómeno de la divulgación histórica regresa con material inédito para revelar la trágica y honesta vida de José Miguel Varela, el abogado y oficial de caballería que sobrevivió a los mayores conflictos chilenos del siglo XIX.

Fue el abuelo de Guillermo Parvex -también llamado Guillermo- quien en la segunda década del siglo XX entabló amistad con un anciano llamado José Miguel Varela. Ambos residían en Valdivia, donde Varela se desempeñaba como notario, y en esas conversaciones con el río Calle-Calle de fondo, el hombre decidió tomar nota de la vida de Varela. Una existencia digna de un personaje de Salgari, pues además de abogado fue oficial de caballería del Ejército, y en esa condición participó de tres conflictos bélicos de fines del siglo XIX: la Guerra del Pacífico, la Ocupación de la Araucanía y la Guerra Civil de 1891.

Años después, en una tarde del verano de 2004, el nieto, Guillermo, tomó los apuntes que su abuelo le había obsequiado durante la década de 1960. Por más de 40 años nunca los había mirado. “Me acompañaron de mudanza en mudanza”, recuerda, hasta que se decidió a leerlos.

“La lectura fue extremadamente dificultosa por lo borroso de la escritura, en su mayor parte con lápiz grafito descolorido por el paso del tiempo, sumado al mal estado de los papeles”, recuerda Parvex. A medida que se iba adentrando en esos añosos documentos, descubrió que tenía oro puro entre manos. Así que se puso manos a la obra y comenzó el difícil proceso de transcribir los recuerdos de Varela. “Cuando meses después culminé la tarea, encontré que no poseía ningún orden cronológico. Además, estaba desordenadamente escrito en primera, segunda y tercera persona. Aquello demostraba que los apuntes correspondían a distintas épocas, lo que lleva a pensar que las charlas se extendieron por largo tiempo”.

Foto: Lorena Palavecino / Penguin Random House

Tras unificar todo el relato en primera persona, darle un orden cronológico, corroborar los hechos narrados, Parvex terminó por construir un libro, Un veterano de tres guerras. Publicado en 2016 por el sello de la Academia de Historia Militar, se convirtió en un inesperado éxito comercial, con 13 reimpresiones y más de 160 mil ejemplares vendidos. Un hito absoluto que de alguna forma marcó el inicio del fenómeno editorial de la divulgación histórica.

Hoy, el libro está en el catálogo de Ediciones B, parte del conglomerado Penguin Random House, y vuelve a las librerías en una edición aniversario que suma nuevo material: pues rescata los últimos años de vida de Varela, en los que ejerció como notario en Valdivia y formó parte de una logia masónica de la ciudad.

“Desde la perspectiva literaria, lo ha significado todo, pues me abrió las puertas a este mundo. Me cambió la vida realmente y gracias a este libro, ya he podido publicar otros catorce títulos -señala Parvex a Culto-. Después de cuatro años en que las editoriales me rechazaban el manuscrito, llegué a dudar que fuera de interés para un gran número de lectores, pero igual seguía encontrando que era una historia interesante de un hombre desconocido hasta el momento, pero que representaba a toda una generación. Sin embargo, jamás imaginé que se convertiría en un long seller”.

Lorena Palavecino / Penguin Random House

Al momento de adentrarse en la vida de José Miguel Varela, hubo dos elementos que llamaron la atención de Parvex. “Por una parte, su inmensa capacidad de plasmar en sus libretas de campaña no solamente grandes acontecimientos, sino que también trivialidades que, como tales, fueron desechadas en otros relatos de esa época, como el tipo de alimentación, descripciones de ciudades, los viajes dentro del país, la medicina, la forma de celebrar festividades importantes, entre otras”.

“También me sorprendió su honestidad al relatar hechos de guerra, ya que no ocultó el pánico que sentía antes de entrar en combate, algo obviado por otros memoristas de la contienda, quizá por encontrarlo poco decoroso. Estimo que tenía una gran capacidad de observación, pero, además, por su formación de abogado, un gran talento para plasmar en sus apuntes dichas observaciones. Con ello ha logrado transportar al lector a los escenarios y a la época en los cuales se desenvolvía”.

El alférez Varela

Los apuntes de Varela comienzan cuando es un joven egresado de Derecho que decide enrolarse como voluntario en el Ejército al momento de desatarse la Guerra del Pacífico. Era un hombre de clase media, oriundo de Concepción, y que pese a ser asignado con el grado de alférez a un regimiento de caballería (primero como miembro del regimiento Granaderos de caballería y luego como parte del Regimiento Cazadores) inicialmente se le asignaron labores de apoyo a la Intendencia del Ejército, es decir, a la parte logística.

Su bautismo de fuego, su primera batalla, fue la del Alto de la Alianza, o Batalla de Tacna, el 26 de mayo de 1880. Lejos de describir las tácticas militares o los movimientos de tropas, o los motivos estratégicos, los vívidos recuerdos de Varela se asientan más bien en la parte humana: en el miedo, en la sensación de matar a un enemigo, en la adrenalina de montar a su caballo, Carboncillo. Es la guerra vista desde una óptica mucho más cercana, acaso el secreto del éxito del volumen.

“Yo seguía igual de nervioso, tenso, con el corazón casi saliéndose por la boca. Si no hubiese estado montado seguramente no me podría haber tenido en pie, ya que sentía semblar mis piernas, por mucho que cargaba fuertemente los zapatos en los estribos. Carboncillo no lo hacía nada de mal y entre los dos nos tranquilizábamos un poco, con los cariños que yo hacía en su cabeza y cuello”.

Luego, pasa a describir las acciones en batalla. “Dábamos pechazos con los caballos a las compañías enemigas y movíamos nuestros sables cual remolinos, con toda la fuerza de nuestro brazo y torso y se sentía como hacían su macabra faena. El daño que estábamos provocando se percibía claramente, porque cuando el sable caía iba rápido, luego se sentía chocar con una masa aminorando su velocidad continuando con su deslizamiento y después se notaba un fuerte tirón. En ese preciso instante era cuando había que levantarlo con toda la fuerza que uno tuviera, para no perderlo”.

Y como Napoleón observando el horror en Eylau, Varela también lo hizo en Tacna: “A las cuatro de la tarde, después de que comimos algo de nuestros morrales y se dio cebada y agua a los caballos llegó la orden de dispersarse por compañías para recorrer el campo en ayuda de los caídos, ya que las ambulancias eran insuficientes. Mientras cabalgábamos por la inmensa llanura, el panorama que observaba horripilante. Muertos de los dos bandos desangrados por todos lados, los heridos-sin exagerar- eran millares, y nuestra misión era agruparlos, acomodarlos un poco, darles agua y en el fondo hacer que se sintieran socorridos”.

Ahí en los detalles, está la riqueza del volumen. En el espanto de la guerra contado en primera persona. “El mérito es de sus apuntes, más que de mi capacidad descriptiva -indica Pavex-. Cuando me hallaba en la etapa de transcripción de los legajos, distinguí claramente dos tipos de redacción: una en primera persona y que claramente correspondía a lo que había vertido en su momento en sus libretas de campaña. Otras, sus respuestas a las preguntas de mi abuelo, sobre determinados acontecimientos. Mi trabajo principal fue igualar en cuanto a redacción y vocabulario lo que podríamos llamar entrevistas, con sus apuntes originales, con el propósito de dejarlo por completo como un relato en primera persona. Admirado por esos apuntes, me propuse no intervenirlos en lo más mínimo, razón por la cual no alteré absolutamente en nada su contenido y dejé que José Miguel Varela dijera lo que él quiso decir”.

“Un lector me escribió: ‘Pensé que iba a leer sobre batallas y estrategias, y terminé leyendo sobre el miedo, la soledad y la capacidad de seguir adelante después de haberlo perdido todo’. Hay otro mensaje de un grupo de estudiantes universitarios que hicieron un taller de lectura con este libro y que señalaron: ‘El libro nos hizo reflexionar sobre temas muy actuales: el valor de la resiliencia, la lealtad, el deber, el costo humano de los conflictos y la importancia de preservar la memoria histórica antes de que desaparezcan quienes la vivieron’”.

La participación de Varela en la guerra no fue solo como alférez de caballería en las batallas de Tacna, Chorrillos y Miraflores. Una vez que el Ejército chileno entró en Lima, en 1881, y debido a su condición de abogado se le asignó la tarea de organizar la requisa de libros de la Biblioteca de Lima, como parte de la indemnización de guerra que el Perú debía pagar al país ocupante, en este caso Chile. Acá contó con la ayuda (a regañadientes) del subdirector de la Biblioteca, el peruano Ricardo Palma.

“Durante la noche, cuando Palma ya se había marchado a su hogar, yo iba a su gabinete y revisaba todos los cajones, repisas y escondites posibles, encontrando valiosas obras que allí escondía durante el día. Nunca lo reproché por el ocultamiento que hacía de esos libros y él tampoco me reclamó nunca por esos allanamientos nocturnos. Era casi un juego sin diálogos”.

El amigo del Presidente

Tras el fin de la Guerra del Pacífico, finalmente Varela se pudo titular de abogado, pero lejos de los pasillos de tribunales y los litigios, fue vuelto a convocar por el Ejército, ahora como parte de la ocupación del territorio Araucano. Ahí, en el espesor de la selva del sur, Varela luchó contra mapuches alzados, pero también contra bandoleros e incluso efectivos argentinos que hacían incursiones subrepticias en suelo chileno. Pocos años después, gracias a su amistad con el hermano del Presidente José Manuel Balmaceda, este lo nombra jefe de la Comisión Repartidora de Tierras Indígenas. Ahí, Varela favoreció sobre todo a los indígenas, lo cual le valió el disgusto de los latifundistas de la zona.

“Varela tenía el sentimiento que se estaban cometiendo abusos contra el pueblo mapuche y Balmaceda tenía la misma opinión y, por ello, engranaron muy bien y llevó a José Miguel Varela a convertirse en un leal servidor del presidente, que le otorgó más que confianza, casi una amistad”, cuenta Parvex.

Por entonces, Varela ya servía como un oficial de rango superior. Incluso, en 1890 pidió su baja voluntaria, y se le concedió con el rango de teniente coronel, al tiempo que seguía como jefe de la mencionada Comisión y también era profesor de francés en el Liceo de Temuco. Pero en 1891, al estallar la Guerra Civil, fue vuelto a llamar por el Ejército para servir como teniente coronel. En esa condición peleó por el bando balmacedista en la Batalla de Concón (21 de agosto de 1891), con triunfo del bando congresista.

Pocos días después, en Quillota, Varela vio por última vez al mandatario. “Me quedé de una pieza cuando, momentos después de que el tren se detuvo entre una nube de vapor, del segundo vagón descendió el Presidente José Manuel Balmaceda. Nunca se me olvidará su estampa. Su rostro estaba muy pálido y destacaba más que nunca su frondoso bigote. Vestía un capote negro, botas de montar y un sombrero tongo. también negro”.

Tras un recorrido por Quillota y Quilpué, Balmaceda tenía la idea de visitar Viña del Mar, para observar las línea de defensa del Ejército. Sin embargo, dada la proximidad del Ejército Congresista, el general Orozimbo Barbosa le hizo ver lo peligroso de la situación y le sugirió que se devolviera a Santiago. Ahí, Balmaceda comenzó a despedirse de los oficiales, incluido Varela.

“Se dirigió hacia mí y me dio un fuerte abrazo, diciéndome: ‘Muchas gracias por todo José Miguel, veo que mi hermano no se equivocó contigo. Que el Supremo Hacedor te proteja’. Se dio vuelta y custodiado por el coronel Castro y el comandante Gándara, además de la escolta, se dirigió hacia el tren. Era el 25 de agosto de 1891 y esa es mi última imagen del Presidente Balmaceda”.

Tres días después, Varela combatió en la Batalla de Placilla, con la derrota total del Ejército balmacedista. El destino quiso que fuera de los últimos oficiales que quedó resistiendo, junto a los generales Barbosa y Alcérreca. “Barbosa recibió un par de disparos en el estómago y pecho y cayó de su caballo. Nosotros tratamos de ir en su auxilio, pero fuimos rodeados por decenas de enemigos. Mientras peleábamos con todas nuestras energías pudimos ver cómo la soldadesca se había abalanzado sobre el general Barbosa, que yacía herido sobre la hierba, y lo comenzaron a destrozar a bayonetazos y sablazos”.

El mismo Varela fue herido en combate. “De pronto sentí algo caliente en mi costado izquierdo e instintivamente apreté los espolines a (mi caballo) Aguijón, para que avanzara por sobre los atacantes. Al llevar la vista al lado izquierdo alcancé a ver cuando un soldado, de bigotes pequeños y sin quepí, retiraba sonriendo su fusil tras haberme enterrado la bayoneta. Casi simultáneamente se formó un grupo que daba gritos de victoria y pude ver cómo estaban destrozando al general Alcérreca, a quien habían sacado de su lecho de herido, al igual como lo habían hecho con el coronel Robles en Pozo Almonte al inicio de esta guerra”.

Desangrándose, Varela huyó, y con la ayuda de un teniente logró caminar a duras penas hasta Santiago, donde inició su clandestinidad. Como pudo se escondió y escapó al sur, a Cauquenes, para huir de la persecución. Solo en 1893, con la amnistía para los oficiales balmacedistas pudo retomar su vida. Viajó por Europa y Estados Unidos, vivió en Angol y terminó siendo notario en Valdivia, donde pasó sus últimos 40 años de vida. Murió en 1941, a los 84 años.

“Fue un notario atípico, pues a la gente que no tenía recursos no cobraba honorarios y su pertenencia a la masonería era congruente con su altruismo, pues a través de ella fue que realizó gran parte de sus obras filantrópicas -comenta Parvex-. Un buen ciudadano hasta el final y muy reconocido por la prensa y comunidad valdiviana. Un gran masón, pero a su vez católico y ferviente devoto de la Virgen del Carmen”.

¿Por qué cree que existe tanto interés por este tipo de relatos? Parvex nos responde: “Teníamos un pasado olvidado por décadas creyendo que el público no tenía interés en la historia no académica, pero, por el contrario, ese interés existía, sustentado principalmente en saber más de dónde venimos, quiénes fuimos como nación y todo lo que ello conlleva”.

Tanto fue el éxito de la obra que Parvex revela que hubo conversaciones para llevar la historia al formato audiovisual. “Canal 13 compró los derechos de Un veterano de tres guerras para una producción audiovisual. Incluso en 2019 el proyecto ganó el concurso del Consejo Nacional de Televisión, pero la pandemia impidió el inicio de la producción y el premio fue anulado. Canal 13 tiene la palabra, pues, como decía, tiene adquiridos los derechos”. Por ahora habrá que seguir esperando para ver las aventuras de José Miguel Varela en pantalla.

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