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La tetera orbital

Sin duda, quienes promueven el combate contra el cambio climático han instalado el tema en la agenda mundial.

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Pocos temas desatan tantas pasiones como el cambio climático, término con el que se conoce al calentamiento global antropogénico; es decir, causado por nuestra especie. El tema crispa emociones, porque lo asociamos con el apocalipsis y la destrucción del planeta. El análisis a ratos es avasallado por verdaderos dogmas de fe, que dividen a las personas entre los que creen y los herejes negacionistas.

En la orilla de los creyentes dogmáticos está el eco-autoritarismo, donde destaca James Lovelock. Sostiene que "aun las mejores democracias concuerdan en que cuando una guerra se acerca, la democracia se debe poner en descanso por un tiempo… y el cambio climático es tan serio como una guerra". David Shearman y Joseph Wayne Smith plantean, incluso, que la democracia ha fallado contra el cambio climático por los intereses de las élites y el cortoplacismo político, requiriéndose un gobierno autoritario de tecnócratas para detener la destrucción. Otros, como Paul Watson, llegan al extremo de asegurar que se necesita reducir la población mundial a menos de mil millones, un séptimo de lo que es hoy. También están quienes proponen restringir los mercados libres y reestructurar los sistemas políticos y económicos, enfrentando al capitalismo ya no solo con la desigualdad, sino con el clima.

El emblema del otro polo es el expresidente de Greenpeace Patrick Moore, cuyo quiebre con los ambientalistas extremos se produjo cuando, dice, estos comenzaron a ver a los seres humanos como elementos patógenos del cambio climático. Moore opina que el calentamiento global es la gran estafa de la historia, plantea que si los seres humanos no hubiesen emitido CO2, la vida sobre la Tierra habría desaparecido, y que la relación de causalidad entre temperatura y emisiones es inversa.

Sin duda, quienes promueven el combate contra el cambio climático han instalado el tema en la agenda mundial. Pero para solucionar el problema, la discusión no puede reducirse a "creyentes" y "negacionistas". En la era de la ilustración, la verdad hay que buscarla con datos y no con dogmas.

En el debate sobre la existencia de Dios, el filósofo, escritor y matemático británico Bertrand Russell propuso como analogía la presencia de una diminuta tetera de porcelana que orbita alrededor del Sol, entre Marte y la Tierra. Con ello, refutó la idea de que sea el escéptico quien deba demostrar que la tetera (Dios) no existe. En la discusión del calentamiento global viene bien esa analogía que apunta a no obligar al escéptico a probar la inexistencia de algo para que pueda opinar que no existe. No corresponde satanizar a los incrédulos, sino seguir debatiendo y hacerlo con mesura.

Para despejar dudas, son iluminadoras las deducciones del Nobel de Economía 2013, Lars Peter Hansen. Especializado en la lógica de las decisiones bajo condiciones de incertidumbre, este profesor de Chicago fue el orador principal en una comida en Santiago, donde lo conocí. Aunque habló de finanzas, sorprendió con una presentación sobre cambio climático, tras lo cual ha publicado varios papers sobre el tema, el último en agosto de este año.

Según Hansen, hay considerable evidencia del impacto de los humanos y la actividad económica en el clima, pero se mantiene incierta una completa comprensión de la magnitud de este impacto y sus tiempos. La teoría de decisiones bajo incertidumbre aconseja en este caso ser conservadores ante el eventual alto riesgo. La posibilidad de que surjan daños imposibles de revertir justifica una acción decidida ahora, porque esperar a tener total precisión de las consecuencias puede transformar las mitigaciones en extremadamente costosas y tardías.

Algunos culpan al desarrollo económico y a la industrialización, pero ese progreso nos permite acceder a tecnologías para enfrentar el calentamiento global. Los seres humanos han ido reemplazando las materias primas por alternativas menos contaminantes. El ciclo leña-carbón-petróleo-gas es un reflejo de ello. Para buscar soluciones, debemos invertir en I+D, evaluar impuestos a las externalidades de la emisión de CO2, expandir las energías renovables y explorar la energía nuclear como parte de la solución.

El eco-modernismo, o ambientalismo humanista, plantea que un mínimo de polución es inevitable, que la industrialización ha beneficiado a la humanidad y que la tecnología que conlleva ayuda a resolver el problema. Más que actuar con fatalismo, debemos enfocarnos en la búsqueda científica de soluciones concretas, eficientes e innovadoras. Soluciones para los problemas ambientales, que, a la vez, permitan continuar sacando personas de la pobreza y generando mayor calidad de vida para todos.

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