“Sic transit gloria mundi”…

SEÑOR DIRECTOR:
Quizás, la ciudad nunca ha sido tan sólida como creemos. Solemos imaginarla como algo permanente y firme, capaz de transitar indemne las olas del tiempo. Pero si tomamos distancia, advertimos que la ciudad que conocemos no es más que la fotografía presente de una cultura y una sociedad en evolución constante. La ciudad cambia, aunque sus muros permanezcan.
A diferencia del pasado, el proceso evolutivo de la sociedad y la cultura se ha vuelto vertiginoso, transformando formas de vida, usos y prácticas urbanas a gran velocidad. La tecnología redefine el trabajo, el comercio, la movilidad, y lo que parecía moderno hace apenas una década comienza a sentirse obsoleto.
Esto pone el dedo en una llaga permanente para quienes planifican y sueñan la urbe: muchas veces, al terminar de consolidar una visión urbana, la sociedad a la que iba destinada ya ha cambiado. Surgen entonces esos espacios que, si bien no están deteriorados físicamente, sí lo están en su simbolismo: correctos en lo técnico, pero desconectados de la vida real.
No estimo que la transitoriedad sea algo negativo en sí misma, dado que nos habla de una sociedad viva, inquieta y en constante reinvención. El problema se plantea cuando olvidamos que la ciudad es un relato compartido, cuando se pierde el vínculo entre historia, espacio y sentido urbano.
Tal vez, solo tal vez, la ciudad construida siempre ha sido lo transitorio, y lo verdaderamente permanente es la cultura que la habita. Pero cuando esa cultura se olvida de sí misma y se degrada, genera lo que hoy percibimos como una forma física desconectada del alma colectiva”.
Juan C. Mazzarello Urzúa
Arquitecto urbanista
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