Columna de Marisol García: Manzanero y Chile, existe un algo entre los dos

Manzanero estrechó vínculos con muchos artistas nacionales. Aquí, en una imagen junto a Lucho Gatica y Los Huasos Quincheros.

En el recorrido profesional de un autor así de clásico las señas de vínculo con Chile no son sólo pistas de nostalgia ni trivia de incontables versiones (de Los Quincheros a Los Ex, de Beat Combo a Antonio Prieto), sino señas que en varios momentos fueron definitorias para el recorrido que él mismo llegó a tener en la música.



Que al talento monumental de Armando Manzanero no es justo reducirlo a la figura quieta del bolerista dotado pero predecible —se repetían ayer los recuerdos a una especie de pianoman quitado de bulla lamentándose a solas porque su amada no aparece bajo la lluvia— es evidente al recorrer sus cruces con la canción chilena.

Pensemos tan sólo en la distancia entre “Voy a apagar la luz” y “Huele a peligro”, que es cronológica pero sobre todo de perspectiva, cadencia y énfasis. El primero, un bolero orquestado que si se volvió universal fue porque Lucho Gatica decidió grabarlo apenas se lo escuchó al autor al piano en su primer encuentro, hacia 1958; la segunda, una balada hecha por encargo para Myriam Hernández cuarenta años más tarde.

Son dos temas que hablan sobre amores librados a la imaginación, no concretados aún; pero si uno es el anhelo casi incontrolable de lo que pronto va a a ser (”¡Cómo te abrazare! / ¡Cuánto te besaré! / Te morderé los labios, / me llenaré de ti…”), el otro es la resignación dolorosa a lo que nunca será (pese a “esa manera de sentir / que no es de amigos”). No hay medida en el deseo ni pudor al expresarlo; e incluso en la alianza con tan diferentes voces (y arregladores), el estilo de Manzanero consigue imponer lo que más importa en una canción de amor: que convenza como lo haría un testimonio.

Surgirán esta semana todo tipo de recuerdos de sus más grandes asociados, pero en el recorrido profesional de un autor así de clásico las señas de vínculo con Chile no son sólo pistas de nostalgia ni trivia de incontables versiones (de Los Quincheros a Los Ex, de Beat Combo a Antonio Prieto), sino señas que en varios momentos fueron definitorias para el recorrido que él mismo llegó a tener en la música. Su alianza como pianista de Lucho Gatica, por ejemplo, se concretó ya en 1959 con una gira por Estados Unidos mucho antes de que el yucateco brillara internacionalmente como autor e intérprete (la sintonía entre ambos forjó montón de créditos compartidos en disco, con versiones del chileno para “Contigo aprendí”, “Esta tarde vi llover” o “Adoro”; y se presentaron juntos en citas para la televisión hasta entrados los años ’90). Comentó una vez el compositor: “Lucho Gatica llevó la música romántica a su máxima expresión. Su sello y distinción son inigualables”.

El mexicano junto a Lucho Gatica y Olga Guillot.

Pero incluso antes de eso, Manzanero había sido un pianista alentado en su evidente talento por Sonia y Myriam, el impecable y precoz dúo de las hermanas Von Schrebler que abrió la compuerta del intercambio musical entre Chile y México. Recordaban ambas en entrevista: “Nos llevaba canciones de [Roberto] Cantoral. Hasta que un día Sonia le preguntó: ¿Y usted no tiene canciones propias? Y así, con su voz chiquitita, él dijo: …es que a mí me avergüenza, porque no me hacen caso. Nos mostró “Ven a mí”, que nadie había grabado hasta entonces. Y Sonia le dijo: ¡La vamos a grabar!”. Cuando Sonia prosiguió como solista —el nombre artístico de Sonia La Única fue idea del mexicano, contaba ella—, Manzanero fue fiel pianista en estudio y escenarios, además de gran amigo.

Siempre atento a lo que de Chile iba saliendo entre intérpretes románticos, enfrentó una vez, ya consagrado, a Los Galos en un hotel de Caracas: “Han grabado canciones de todos, menos mías”, los increpó, antes de mostrarles “Es así como te quiero”, que la voz de Lucho Muñoz dejó en 1973 al servicio de los irresistibles bronces e instrumentos enchufados de sus compañeros de banda. “Con el celo de una fiera / la ternura de un jilguero…” aparece entonces la metáfora del enamorado, que Manzanero sabía articular desde sus brillos pero también sus amenazas; sus sombras y sus pérdidas.

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