
He visto a todos caer: un relato de Jaime Bayly
Es probable que mi carrera de televisión en este país, que comenzó hace exactamente treinta años, cuando estaba por nacer una de mis hijas, termine más o menos pronto, digamos a finales de este año o mediados del próximo. No renunciaré. Resistiré todo lo que pueda. Haré acopio de paciencia y humildad. De esos treinta años, casi veinte los he trabajado en el canal que ahora no me paga porque no puede hacerlo. No es mala leche del dueño ni de sus gerentes.

El mes ha terminado, el verano no ha terminado, mi hija ha regresado al colegio y el canal de televisión no me ha pagado. Debo ser paciente, debo ser humilde, debo comprender que el canal está en serios problemas financieros. Ya me pagarán más adelante, si acaso me pagan. No quiero renunciar, no todavía. Soy tan mediocre que prefiero que me despidan. Cuando deje de hacer televisión, prefiero tener la certeza de que llegué hasta el final del camino.
A veces los canales dejan de pagarte y pasan los meses y te prometen que ya pronto se pondrán al día, pero al final nunca te pagan y te obligan a renunciar. Hace muchos años le vendí un programa a una televisora del país donde nací. Lo pasaron todos los domingos durante un año entero y no me pagaron un solo episodio. Alegaron que estaban en crisis.
Es probable que mi carrera de televisión en este país, que comenzó hace exactamente treinta años, cuando estaba por nacer una de mis hijas, termine más o menos pronto, digamos a finales de este año o mediados del próximo. No renunciaré. Resistiré todo lo que pueda. Haré acopio de paciencia y humildad. De esos treinta años, casi veinte los he trabajado en el canal que ahora no me paga porque no puede hacerlo. No es mala leche del dueño ni de sus gerentes. El canal está en crisis porque bien poca gente ve televisión y los anunciantes ya no compran publicidad en esa televisora. Cuando acabe mi carrera en ese canal, no me ofreceré a otros canales en este país. Sé que no me contratarán. Me quedaré en casa, escribiendo y haciendo mi propio canal de YouTube, que por suerte ha tenido moderado éxito.
He visto a todos caer en el canal que ha sido mi casa por veinte años. He visto caer a periodistas de talento, de garra, de prestigio, que merecían mejor suerte. Todos han caído en circunstancias tristes, deshonrosas, víctimas de la crisis. Solo yo sobrevivo, sigo en pie, quizás porque he sido flexible y he aceptado estoicamente que me rebajen el salario. He visto caer al periodista uruguayo que era todo un señor, he visto caer al periodista dominicano que era una estrella en la radio, he visto caer al periodista cubano que venía de triunfar en las grandes ligas, he visto caer al comediante venezolano y al humorista cubano, he visto caer al animador chileno, a la diva dominicana, al astrólogo colombiano, he visto caer al periodista venezolano tan simpático que gritaba palabrotas en los cortes comerciales, he visto caer al periodista colombiano siempre bien peinado que venía de un canal importante, he visto caer al periodista argentino de chismes y escándalos, he visto caer a los panelistas de farándula y a los de política, he visto caer a todos, absolutamente a todos, y yo no he caído, no todavía, quizás porque los dueños del canal me tienen cariño, quizás porque mi madre reza por mí, quizás porque ya he caído y aún no me lo han dicho.
Me gustaría aguantar, resistir, seguir en pie hasta que mi hija termine el colegio en cuatro años. Mucho me temo que será imposible. Si resisto un año más, hasta el próximo verano, ya sería un triunfo. Luego me retiraría para ver en casa el mundial de fútbol. Si bien el mundial se jugará en este país, no pienso ir al estadio, no estoy tan loco, quiero ver los partidos en casa, en el sillón reclinable, frente a la pantalla gigante, bebiendo cafés y coca colas. Pero si los dueños del canal me piden que siga con mi programa durante el mundial, seguiré, por supuesto, siempre que me paguen. Si no me pagan tres meses consecutivos, asumiré que no quedan auspiciadores, que no hay dinero, que es mejor quedarme en casa.
En un arrebato bobo de nostalgia, de añoranza por los tiempos de apogeo y esplendor, pensé que, si mi carrera de televisión concluyese este año en el canal que me ha soportado casi veinte, entonces podía hacer una breve temporada de unos pocos programas en alguna televisora de mi país de origen, donde todo este teatro ambulante comenzó hace más de cuatro décadas. En abril habrá elecciones presidenciales allá lejos, entonces pensé que podía hacer un programa semanal, los domingos en la noche, dos meses antes de los comicios, digamos en febrero y marzo, unos diez capítulos en total, entrevistando a los principales candidatos presidenciales, no a todos, porque son muchos, pero a los más favorecidos por las encuestas, o a los que me inspiran simpatía. Ofrecí entonces mis servicios al canal más poderoso e influyente del país. La primera respuesta fue positiva, la segunda el silencio: está claro que no me quieren. Luego ofrecí mi programa a la televisora que lo propaló en sus tiempos más exitosos. La respuesta fue tan amable como negativa: está claro que tampoco me quieren. Así las cosas, he comprendido que mi carrera de televisión terminará en esta ciudad, este país, y no allá, el país en que nací, el país donde aprendí a balbucear frente a una cámara. Para no sentirme del todo disminuido, compré boletos para ir a Madrid en febrero con mi familia a presentar mi novela “Los golpistas” (Galaxia Gutenberg) y a París en marzo porque mi hija cumplirá quince años. Sospecho que le haré un gran favor a mi país de origen no exhibiéndome en sus pantallas de televisión durante la campaña presidencial. Mi mejor contribución será entonces el discreto silencio, o alguna esporádica opinión en mi modesto pero combativo canal de YouTube, que me permite decir lo que yo quiera, dondequiera que me encuentre, y que puede verse fácilmente en todo el mundo. Ha sido una derrota, una más, sentir que ya no soy una estrella de televisión en el país donde nací, pero quizás es mejor ser un escritor que ser una estrella.
Para mi inmensa fortuna, cuando termine mi carrera de televisión, y me quede tranquilo en casa, leyendo y escribiendo, viendo películas y hablando con los gatos, paseando morosamente en bata y calzoncillos, no estaré apremiado para salir a buscar un trabajo en otro canal, porque he sabido ahorrar e invertir y porque mi modesto canal de YouTube ha resultado una buena idea, quién lo hubiera dicho. Tocará entonces, en unos meses, en un año, abrazar sin miedo, con espíritu aventurero, mi condición de escritor y periodista digital, renunciando por fin, aunque duela, que todos hemos de caer, y todos han caído ya menos yo mismo, a mi vetusto empleo como periodista de televisión. Dejaré de usar corbata, de maquillarme, de manejar hasta el canal, dejaré de abordar aviones para llegar a otros canales remotos, en otras ciudades en las que supe fatigar el oficio de hablantín y preguntón, con mayor o menor suerte. Por supuesto, da un poco de miedo dejar de hacer lo que has hecho consistentemente durante más de cuarenta años, pero, al mismo tiempo, me alienta y entusiasma, cumplidos sesenta años, coronar el sueño de toda la vida, es decir, envejecer como un escritor, acallando por fin al hombre de la televisión, aunque no al periodista digital itinerante de YouTube.
Por eso mismo debo cuidar los dineros que he sabido ahorrar durante décadas. En verdad, no es tan fácil. Mucha gente me pide plata porque cree que tengo más dinero del que realmente tengo. Solo en las últimas semanas me han pedido donaciones, ayudas o mecenazgos un intelectual que no consigue vivir de sus libros, un amigo que ha renunciado a sus trabajos para ser un escritor, un joven que trabajó como mayordomo para mi familia, al que le compré una moto, y que ahora pide un auto, y un camarero que ha sido despedido del café donde lo conocí. Por una parte, quiero ayudarlos a todos, no quiero ser mezquino, no quiero fallarles. Por otra parte, debo pensar en mi hija, en mi futuro, ya sin disponer de los dineros gruesos de la televisión. No puedo, por desgracia, mandar dádivas a todos quienes me las piden. Tampoco puedo leer todos los libros que me mandan escritores debutantes, primerizos, en busca de un padrino, un mecenas. En general, prefiero leer lo que me dicta la curiosidad, y no lo que me imponen sus autores pujantes. Pero es bien difícil denegar las platas y las lecturas sin sentirme luego una mala persona, un tipo egoísta. En medio de esos conflictos, esas dudas, esas tensiones, el escritor sigue escribiendo y el periodista hablando. Tal vez seré un mejor escritor, o uno menos malo, cuando deje de salir en televisión.
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