Por Pablo Retamal N.László Krasznahorkai, el último Nobel de Literatura: “La palabra ‘patria’ ahora es algo pegajoso y sucio”
En su primera aparición tras el Nobel, el maestro húngaro reflexiona en el CCCB sobre el apocalipsis cotidiano, su rechazo al nacionalismo de Orbán y el refugio sagrado de la lengua.

Desde que el húngaro László Krasznahorkai recibió el Premio Nobel de Literatura en octubre del 2025, no había hablado con los medios internacionales. Hasta ahora. El autor de Tango satánico (1985) y Melancolía de la resistencia (1989) visitó la ciudad de Barcelona y atendió a la prensa desde el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).
Krasznahorkai, de 72 años, se presentó en el CCCB ante un auditorio que colgó pronto el cartel de “no hay entradas” y ofreció una conferencia de prensa seguida de una extensa conversación con su traductor al español, el chileno Adan Kovacsics. Su llegada a Barcelona era esperada desde hacía semanas, desde que anunció que sería la primera parada de su itinerario tras el Nobel, y el recibimiento no defraudó a quienes esperaban encontrar, además del intelectual exigente, a un interlocutor directo con su tiempo.
Consultado cómo fue la experiencia de obtener el Nobel, dijo a El País: “Muy inesperado para mí. No pertenezco al grupo de los que están el primer jueves de octubre ante la pantalla viendo la imagen de una puerta cerrada y esperando que se abra y anuncien un nombre. Fue muy difícil asumir que te colocaban junto a tantos nombres que admiras, ¡Faulkner! Sigo sin saber qué hacer con el Krasznahorkai que tiene el Nobel. Es algo que te eleva a una altura en la que no hay oxígeno, y mis pulmones lo necesitan, es mucho honor para mí. Ha sido una valentía elegirme, porque yo siempre he contado en mis libros una historia de fracasos".

Sobre lo mismo, se explayó con el matutino español acerca de dos de sus principales influencias literarias: el británico Malcom Lowry y el checo Franz Kafka. “Son muchos los escritores que admiro, esos no son los únicos ni mucho menos, pero es cierto que sin Kafka, sin El castillo, yo no sería escritor. Y a Lowry también le debo mucho. No es que haya que elegir. Aliento a todo el mundo a abrirse y leer más autores. Viene un mundo, si seguimos así, en el que las estrategias de supervivencia individuales van a tener un papel definitivo”.
El fallo de la Academia Sueca en 2025 destacó su “obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte”. En Barcelona, Krasznahorkai profundizó en esta idea, alejándose de la visión cinematográfica y ruidosa del fin del mundo para centrarse en una degradación más sutil y profunda. Para él, el apocalipsis se manifiesta en la pérdida de la dignidad, en la erosión de la cultura de calidad y en la desconexión total entre los ciudadanos y las estructuras de poder.
El escritor reconoció que su visión se ha “templado”. Si en su juventud creía firmemente que la única salida era la “revolución radical”, hoy observa con escepticismo unas instituciones de las que “en realidad no se sabe nada”. Fue especialmente duro con la clase política global. “Los políticos no dicen nada nunca en sus alocuciones, pero toman decisiones con enormes consecuencias para todos”, movidos únicamente por “ansias de dinero”.

Cómo ser húngaro
Uno de los puntos más álgidos y emotivos de su intervención fue su reflexión sobre su identidad y su país de origen. En un contexto político tenso bajo el mandato del conservador Viktor Orbán (a quien evitó nombrar porque según dijo a Infobae “muchos húngaros en el extranjero son represaliados por criticar al actual Gobierno”), Krasznahorkai trazó una distinción fundamental entre el Estado y la cultura.
“Mi Hungría es la de la lengua, no la de los húsares”, sentenció, según recoge El País. Esta frase resume su resistencia espiritual: una patria que no se define por fronteras, ejércitos o retórica nacionalista, sino por el refugio sagrado del idioma húngaro.
“Nací húngaro, mi lengua materna es el húngaro. La hungaridad, lucho contra ello todo lo posible -dijo a El País-. Por qué cambiar ser ciudadano del mundo por ser solo húngaro. Mi relación con ser húngaro es como la que tienes con una piedra en la orilla del río. No sabemos por qué es así. Por qué no nací albano o eslovaco. Lejos de mí ideologizar el hecho de ser de alguna nación, de Hungría concretamente. Siempre hay auges del populismo, gente que está orgullosa de ser húngaro, de la patria. ¿Estoy orgulloso de la silla en que estoy sentado? Es muy perjudicial cómo habla la gente de la patria en relación con la realidad. La procedencia no tiene mucho que ver con nada. Ciertamente, a los que hablan como yo los odian. Me gusta la lengua húngara, me siento muy afortunado de que mi lengua materna sea una capaz de expresar matices muy finos. Pero respeto igual otras lenguas y entiendo que se las cuide, como a la lengua catalana, en la que tengo editor".

Por eso, el autor confesó con amargura sus sensaciones sobre la idea del patriotismo hoy, en tiempo en que su país es gobernado por el conservador Viktor Orbán. “Para mí la palabra ‘patria’ ahora es algo pegajoso y sucio. Es una sensación horrible porque estás hablando del lugar donde naciste, en el que fuiste feliz cuando eras un niño y no sabías lo que te esperaba”, dijo a Infobae.
A pesar de este pesimismo, dejó un resquicio a la esperanza de cara a las próximas elecciones del 12 de abril en Hungría. Sin embargo, su advertencia fue clara: si no ocurre un cambio, “habrá que huir del país”. En ese caso, una melancolía de la resistencia se hará muy difícil de aguantar.
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