Diario Impreso

Edimburgo, el corazón de Escocia

<P>Esta es una tierra con identidad propia y fuerte. Su historia, paisajes y cultura incitan a una visita. Y si a eso le agrega la simpatía de sus habitantes, no lo dude y venga.</P>

UN VIAJE A Escocia es, por todos lados, una sorpresa. Más aún si se hace en tren. El de Londres a Edimburgo sale siempre con puntualidad británica, of course. En la tranquilidad del impecable vagón, admirando absorto las planicies bajo el clima que casi siempre impera en esas latitudes, habrá un momento en el que obligatoriamente saldrá de su letargo. Escuchará aplausos, gritos y vítores y se preguntará si fue gol del Celtic o del Rangers, pero no será una gesta deportiva el motivo de toda esa algarabía. ¿La razón? El tren acaba de cruzar la frontera y ya estamos en territorio escocés. Desde ahora en adelante, el Good save the Queen no será muy útil, ya que por estas tierras el afecto por la corona británica no es unánime. El que haya visto la película Corazón valiente o conoce la sufrida historia de María Estuardo nos ahorrará explicaciones. El territorio escocés es parte del Reino Unido de Gran Bretaña, aunque eso de unido, en el caso de Escocia, sea un término un tanto exagerado. Todos los chistes que nosotros conocemos de gallegos, aquí son protagonizados por ingleses.

El tren llega a Edimburgo, la capital de Escocia, y del mismo modo que el volcán Villarrica nos cautiva cuando visitamos Pucón, el castillo de Edimburgo -erguido sobre un volcán extinguido- será siempre el ícono hacia donde se irá nuestra mirada, de día o de noche. Por lo mismo, es mejor que sea la primera atracción que visitemos, ya que aquí se tiene un buen barniz de la historia escocesa.

Su construcción comenzó en la Edad Media, hacia el siglo XII, aunque se sabe que seis siglos antes ya albergaba una fortaleza. Su posición es perfecta y estratégica, desde aquí se puede ver prácticamente Edimburgo en 360 grados. Por este castillo entramos en un viaje en el tiempo, transitando por entre sus tradiciones, mitos y leyendas. Interesantes son las joyas de la Corona escocesa y el cañón de las 13, que dispara de lunes a sábado, a la una de la tarde en punto.

Vieja y verde

Aunque Edimburgo tiene su lado moderno, con galerías comerciales y hasta McDonalds -apellido absolutamente escocés-, no será lo que cautive su interés. Por algo la ciudad ha inspirado a muchos escritores a construir personajes como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Sherlock Holmes o Harry Potter. Un paseo por la Princess Street con toda calma o simplemente, sentarse en un banco de la plaza para admirar la Ciudad Vieja, le harán sentir una realidad tan obvia como sorprendente. Y es que la mejor parte de un viaje sucede cuando podemos dejar pasar el tiempo, admirando lo que para muchos es un lugar común. Como las construcciones esculpidas en sandstone, esa piedra de color claro que es el patrón de la arquitectura histórica de la ciudad, o caminar por la Royal Mile (la Milla Real), que nos trae a la cabeza películas sobre héroes y princesas. Por estas calles estrechas, las llamadas closes, el único riesgo que se corre es entrar en una de las tantas tiendas de suvenires y salir vistiendo un kilt (la falda típica masculina), un sporran (ese bolsito de cuero que va delante de la falda) y quién sabe si hasta una gaita bajo el brazo. Edimburgo es una ciudad impecablemente limpia. Aquí es raro ver grafitis o rayados, por el contrario, la vegetación existe en cada esquina, ya que incluso está asegurada por ley (al menos, el 10% del área urbana debe tener vegetación), algo que agradecen y valoran sus 400 mil habitantes.

Anote lo que no puede dejar de conocer. Como visitar la Casa Georgiana, una construcción del siglo XVIII donde se jugó la primera partida de golf de la que se tenga historia. Cuando vaya a conocer el Parlamento, moderna construcción de estilo rupturista y que aunque ha ganado varios premios internacionales de arquitectura, tiene muchos detractores; camine un poquito más y entre al palacio de Holyrood, la residencia de la familia real durante siglos y donde una vez por año la reina Isabel II pasa aquí una temporada. Atrás del palacio están las ruinas de la abadía, el edificio gótico más antiguo e importante del conjunto. Otras sugerencias: Delmeny House, que perteneció a los condes de Rosebery, el Museo Real de Escocia, el Chilhood Museum con una interesantísima colección de juguetes, el Huntly House, para ver como vivían los nobles en el siglo 17, y el Museo de los Escritores, dedicado a sus hijos ilustres Scott, Burns y Stevenson.

¿Mucho recorrido le dio sed? Siéntese en alguno de los más de 700 pubs de la ciudad y hágase el escocés pidiendo una cerveza Tennent's Lager. Tomar whisky aquí es cosa de turistas...

Si viaja entre julio y agosto, puede que coincida justo con el Festival Internacional de Edimburgo, considerado el mayor evento cultural del mundo y que atrae a más de un millón de turistas. Hay actividades de música, teatro, cine, ópera, exposiciones de arte y ballet, además del desfile marcial del Military Tatoo, del ejército británico. Si un festival formal como este no es de su gusto, no se preocupe; paralelamente a este transcurre el Fringe, que es más ecléctico y alternativo, desparramando alegría por las calles de la ciudad. Hay también en esos días un festival de libros y otro de jazz & blues.

Con días de sol y la temperatura que gira al rededor de los 25 °C, la ciudad resplandece y adquiere aún mayor belleza.

Edimburgo es una absoluta sorpresa, una ciudad por cuyo encanto, singularidad y fuerza histórica puede ser comparada con Roma, París o con esa indescriptible fascinación que tienen Venecia o Sevilla.

¿No lo cree? Haga el siguiente ejercicio cuando esté aquí. Espere a que llegue la noche y no se pierda el momento en que se encienden las luces del castillo. Será una visión mágica, una construcción defensiva gigantesca que parece estar suspendida en el aire. Le traerá la idea de estar en Harry Potter.

Si logra manejar a la inglesa, vale decir por el otro lado al que estamos acostumbrados y, además, con el volante y los controles a la derecha, arriende un auto y no deje de visitar las Highlands o tierras altas. Dos pequeñas ciudades no pueden quedar fuera de su paseo, Aberdeen y la encantadora Inverness. No se va a arrepentir.

Escocia es sinónimo de historia y su pasado parece estar siempre presente entre verdes praderas, sus excepcionales precipicios bañados por el Mar del Norte, los paisajes indescriptibles de las Highlands y, claro, en sus lagos y ríos, de donde viene el agua pura que hará fermentar la cebada malteada, que se transformará en el tan apreciado whisky. O mejor dicho, el scotch, como se conoce por acá.

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