La Palabra precisa
<P>La digitalización de los contenidos, que amenaza al mundo del papel impreso, podría tener una inesperada víctima: los crucigramas, el pasatiempo que tiene hace un siglo al público rellenando casilleros. Sin embargo, los puzles también se están reinventando.</P>
Los crucigramas nacieron oficialmente en diciembre de 1913 cuando el inglés Arthur Wynne publicó en el suplemento dominical del diario New York World de Estados Unidos un word-cross, o cruce de palabras. La explosión, no obstante, ocurrió una década después cuando en 1924, una tía del incipiente editor Richard Simon le pidió que hiciera un libro de puzles. El joven emprendedor hizo que su recién creada editorial, Simon & Schuster, lo publicara, aunque no sin cierta vergüenza. "La firma imprimió sólo 3.600 copias y prefirió sacar su nombre de una empresa tan poco literaria. Les proporcionó, sin embargo, a los compradores un lápiz gratis", explica la revista Smithsonian. El libro se convirtió en un best seller y hubo que reeditarlo varias veces.
Con el éxito vino la internacionalización. "Desde hace unos meses, Inglaterra padece una nueva fiebre, causada por un pasatiempo importado de los Estados Unidos, un rompecabezas que se titula Cross Words", decía un cronista en 1925, en la revista española Blanco y Negro, la misma que pocas semanas después, publicó el primer puzle que se conoció en España. En Chile, en cambio, este pasatiempo cobra interés masivo en los 60, según cuenta Juan Ostoic, ex seleccionado nacional de básquetbol y autor desde 1981 del crucigrama de La Tercera. Él explica que quien los popularizó fue Horacio D'Ottone, profesor de estadística de la Universidad de Chile, más conocido por su anagrama, Donato Torechio, bajo el cual firmó más de 10 mil puzles, la mayoría de los cuales fueron publicados en la Revista del Domingo en El Mercurio.
"De cierta forma yo soy el primer alumno de Donato Torechio", dice Ostoic, y explica que se convirtió en autor de crucigramas por casualidad un día de 1967 mientras estaba en El Derby, un clásico restaurant de Iquique: "Todos resolvían los puzles de D'Ottone y lo elogiaban. Yo, solo por molestar, dije que eso lo podía hacer cualquiera". Uno de sus amigos lo desafió entonces a que armara uno que él no pudiera resolver. "Me demoré 12 horas, pero gané". El sorprendido amigo le sugirió que se dedicara a hacer puzles y él desde entonces pasó por la revista Flash, estuvo una temporada en El Clarín, el diario Puro Chile, la productora Paparazzi, hasta que en 1973 se fue exiliado de Chile. Volvió en 1981 y retomó su trabajo en periódicos y revistas, hasta que finalmente se quedó en La Tercera donde hoy todavía supervisa el trabajo de los diseñadores que arman los crucigramas, porque con los computadores las cosas han cambiado.
"Yo los hice siempre a mano", explica, y agrega que comenzaba con una columna con la palabra principal del crucigrama. Esa suerte de "ele" le servía de eje para construir el resto de la cuadrícula, procedimiento que se iba replicando hasta completarlo. Junto con el crucigrama en blanco, Ostoic debía entregar la letra de cada casilla por separado, algo bastante engorroso y lento. Hoy el proceso es mucho más simple, y se puede armar un puzle en la pantalla de forma rápida, sin tener que contar a mano las letras y palabras.
La época de oro del crucigrama en Chile, coinciden los entrevistados, fue en los 80, cuando se resolvían en la micro, durante reuniones familiares o en las noches de toque de queda. Por eso en 1987, el ingeniero químico y periodista Francisco Larenas creó la revista SuperPuzzle y puso en la primera portada una foto de la miss Chile Cecilia Bolocco, la que ese mismo año sería coronada Miss Universo. "Todos querían la revista con la foto de la reina y las ventas fueron tremendas", dice.
Otros crucigramas con arrastre en esa época eran los que hacían en la revista APSI, el periodista Andrés Braithwaite y luego el crítico literario Rodrigo Pinto. "Eran parte de la propuesta de humor político de APSI. Utilizábamos personajes de actualidad, pero con descripciones más graciosas", dice Pinto, que firmaba con el seudónimo de Currutaco en referencia a un personaje de Cien años de soledad. Si bien cuando empezó a construir un crucigrama le tomaba uno a dos días, "luego, con la práctica, tardaba un par de horas. Lo hacía todo a mano, en un cuaderno cuadriculado y con la ayuda del Diccionario para Puzzlistas" que editó Donato Torechio en 1974.
Hacer crucigramas es una afición que en muchos casos se hereda de padres a hijos. El periodista de la Universidad Autónoma de Barcelona Roberto Palet, por ejemplo, se interesó gracias a su mamá y después de años de práctica se animó a publicar en 2007 una nueva versión del diccionario original de Torechio. Su Diccionario para Puzzleros tiene más de 18 mil palabras, términos y descripciones y es una excelente guía para aficionados que se agotó rápido y hubo que reeditarlo al año y medio.
En Chile, predomina el formato "compacto", en el que la definición de cada término está en el crucigrama, y no en una lista fuera de la cuadrícula como es costumbre en Estados Unidos, partiendo por el más alabado y conocido de los crosswords, el del New York Times.
Muchos de los compradores nacionales, además de buscar puzles en los diarios se dan cita en las revistas especializadas como las que produce Larenas a través de Graphos Comunicaciones y cuyos precios van desde los 300 a los 1.000 pesos e incorporan palabras de cultura general, historia, geografía, actualidad y política.
Según él, uno de los golpes más duros que ha experimentado el rubro fue el cierre de la empresa ALFA S.A. que distribuía estos productos a nivel nacional, por lo que las ventas se han focalizado en la Región Metropolitana y se perdió todo el mercado regional. Rafael Salinas, mientras tanto, vende la mayoría de esas revistas en su quiosco en el pasaje Bombero Ossa en el centro de Santiago, y asegura que, si bien con los años las ventas han disminuido, tiene clientes fieles que vienen cada uno o dos meses y se llevan 15 o 20 revistas de una vez. La mayoría son personas de edad, o bien sus hijos que llevan estas ediciones para sus padres o para alguien que está enfermo.
Pero internet y los medios digitales son un universo en expansión para los fanáticos de los crucigramas: las aplicaciones para smartphones y tablets, los sitios que permiten hace puzles en línea o descargarlos e imprimirlos le están dando nueva vida a este pasatiempo. Por el momento, la aplicación más atractiva es la versión digital del crucigrama del New York Times. Catalogada por el columnista Dan Moren, del sitio especializado en tecnología Macworld, como el "estándar dorado de los puzles digitales", esta app se puede probar gratuitamente por dos semanas y la suscripción anual vale 20 dólares, pero está en inglés.
Por ejemplo, una sencilla búsqueda de la palabra "crucigrama" en la Play Store para equipos con sistema operativo Android, arroja más de 100 resultados, con casi la mitad en español.
En Chile, además, la empresa Crucigramas Interactivos lanzó hace un par de meses una aplicación (también para Android) que dispone de 20 puzles interactivos adecuados a la realidad local, con tres niveles de dificultad y versiones en inglés y español, además de elementos interactivos como audio e imágenes que enriquecen la experiencia. Y como los puzles tienen un enorme potencial para el aprendizaje y la promoción del lenguaje, el portal EducarChile tiene disponible un crucigrama interactivo que ayuda a repasar contenidos vistos en la escuela. Por eso, Roberto Palet dice: "Me cuesta creer que los crucigramas vayan a desaparecer, su esencia no cambia en el paso del papel a la pantalla, ya que los mundos que abarcan los puzles son infinitos".
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