Más allá de la violencia escolar: la crisis de salud mental y soledad en la niñez
Detrás de los episodios que hoy generan alarma, hay historias cotidianas marcadas por la desconexión, el aislamiento y la falta de espacios de contención. Niñas y niños que pasan horas solos, que encuentran refugio en las pantallas y que enfrentan malestar emocional sin acompañamiento. La evidencia muestra que la crisis no comienza en la violencia, sino mucho antes.

Martín tiene doce años, vive con su mamá y su hermana menor, acaba de pasar a séptimo básico y su vida es como la de miles de niñas y niños en Chile. Nadie diría que está solo. Al volver del colegio se instala en su pieza a hacer las tareas, pero como a veces no entiende bien una de las instrucciones y no hay nadie que lo ayude, la deja a medias. Después mira el celular. Pasan las horas. Nadie sabe bien qué ve ahí, qué aprende, qué aplicaciones usa, con quién habla. Él tampoco reflexiona mucho acerca del tema. Solo siente que ahí, en la pantalla, hay algo que lo entretiene, lo acompaña y lo hace sentir parte de algo. Su hermana, que tiene diez años, al igual que él pasa horas en su pieza mirando el celular. Están solos hasta que vuelva su mamá del trabajo. Ella se va poco antes que ellos salgan al colegio y llega cuando el sol ya se puso. Apenas se ven. Apenas conversan.
Martín es, en muchos sentidos, el retrato de una generación. Y los datos que analiza la agenda Violencia contra la niñez, publicada en 2025 por Observatorio Niñez de Fundación Colunga y el Centro Justicia y Sociedad muestran que detrás de esa imagen cotidiana hay una crisis silenciosa que lleva años incubándose.
El 27 de marzo, esa crisis tuvo un nombre y un lugar: Calama. Un estudiante de 18 años apuñaló y dio muerte a una inspectora en el Instituto Obispo Silva Lezaeta y dejó herida a otra junto a tres estudiantes. Desde ese día, la violencia ha estado presente de manera constante en las escuelas. En la comuna de Renca un niño de 12 años acuchilló a otro de primero básico. Días antes en Curicó detuvieron a un estudiante de 15 años por asistir con un arma de fuego al colegio; al día siguiente lo mismo ocurrió en Rancagua. También, luego de lo ocurrido en Calama, en múltiples establecimientos educativos del país se han reportado amenazas de tiroteos, llegando a suspender las clases por el temor a que se cumpliera.
Aquí nacen preguntas urgentes. ¿Cómo pudo pasar? ¿Qué falló? ¿Qué hacemos ahora? Paloma Del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga, lleva años mirando los números que anteceden a esas preguntas. “Lo que estamos viendo en los colegios es un síntoma de una cuestión mucho más sistémica”, dice. “En una sociedad donde hay violencia, los niños reproducen lo que aprenden, lo que ven”.
Una década de datos que nadie quiso ver
La agenda Violencia contra la niñez, el mayor esfuerzo de sistematización de información acerca de la violencia que han vivido niñas y niños en Chile en la última década, es contundente. En los últimos diez años, la violencia contra la niñez ha aumentado de manera sostenida en Chile, y lo ha hecho en múltiples frentes al mismo tiempo. No solo en las escuelas —que es lo más visible—, sino también al interior de las familias, en la negligencia y en la violencia sexual, que afecta principalmente a niñas y que creció de manera significativa tras la pandemia.
El informe da cuenta de que cerca de un 8% de niñas y niños en Chile reporta vivir situaciones de negligencia (Encuesta Nacional de Polivictimización 2023), es decir, la persona que debería cuidarlos no lo hace. Uno de cada doce. No es un número abstracto: es Nicolás, el compañero que llega sin desayuno; es Sofía, la niña que llegó sin los materiales; es Agustín, que no tiene quién lo lleve al médico.
Y en las escuelas, los números que más preocupan al Observatorio Niñez Colunga son los de violencia entre pares, que son los únicos indicadores que han empeorado de forma significativa en los últimos años según la encuesta Juventud y Bienestar 2024 de SENDA: desde 2021-2022, la participación en burlas subió casi diez puntos porcentuales —del 30,6% al 40%—, y el daño físico a otra persona pasó de 7,8% a 10,9%. “Esto confirma la tesis de que la violencia entre niños en las escuelas está aumentando”, señala Del Villar.
Juan Pablo Venegas, gerente de incidencia de World Vision —organización internacional con sede en Chile que, entre otras cosas, busca prevenir la violencia por medio de intervenciones en comunidades escolares—, lo describe con precisión desde el terreno: “La violencia no surge de la nada, suele ser el último capítulo de un malestar que se viene acumulando”. Detrás, dice, hay pobreza material, falta de redes de apoyo, estrés, conflictos relacionales que se normalizan, y climas familiares y barriales tensos que terminan afectando las dinámicas escolares. “Muchas comunidades están pidiendo ayuda antes de que ocurra lo grave, pero no son muy escuchadas”.
Carla Ljubetic, directora ejecutiva de Fundación Valientes —organización que promueve la equidad y previene la violencia a través del trabajo con las comunidades escolares y el liderazgo—, amplía el diagnóstico: “Lo que estamos viendo hoy en las escuelas no es un fenómeno aislado: es el reflejo de una violencia estructural que atraviesa nuestra sociedad. Vivimos tiempos marcados por la precarización de los vínculos, el deterioro de las condiciones de vida y una profunda falta de acompañamiento a la niñez y adolescencia. Las escuelas no están ajenas a ese contexto; todo lo contrario, en ese espacio se reproducen y se expresan estas problemáticas”.
World Vision, Fundación Valientes y también Colunga integran Pacto Niñez, una red de 130 organizaciones de la sociedad civil que trabajan por el bienestar de niñas, niños y adolescentes en Chile. Tras los hechos de Calama, la red se manifestó públicamente con un llamado al Estado y la comunidad, para que la prevención esté al centro, con inversión sostenida en vínculos, salud mental y acompañamiento, antes de que la crisis escale.
El niño que nadie ve
En el colegio, Martín no da problemas. No pelea, no grita, no llama la atención. A veces está callado, pero los profesores tienen cuarenta alumnos por sala, nadie tiene tiempo de preguntarle cómo está de verdad. Él tampoco sabe muy bien cómo responder esa pregunta. Lo que sí sabe es que en las redes hay gente que lo entiende, o al menos eso parece.
Las señales, sin embargo, están. Venegas, gerente de incidencia de World Vision, las enumera con la claridad de quien las ha visto repetirse: “Aislamiento, cambios bruscos de ánimo, ausentismo y pequeños incidentes de violencia repetidos que nunca se reparan”. También bromas humillantes que se vuelven rutina, apodos, hostigamiento virtual. “En nuestros programas escolares, muchas veces el punto de quiebre es cuando un niño o niña deja de sentirse seguro y empieza a defenderse atacando o escapando: ahí el conflicto ya escaló”.
El 62,7% de los adolescentes chilenos pasa más de tres horas diarias en redes sociales (SENDA 2024). Es un salto de once puntos porcentuales en solo dos años. A su vez, el tiempo en videojuegos bajó. Del Villar lo lee como una migración preocupante: los niños se están moviendo desde entornos de entretenimiento hacia plataformas sociales con contenido no supervisado, ni filtrado por ningún adulto.“Cuando las niñas y niños no tienen el acompañamiento de sus padres ni una comunidad que los acoja, escuche y contenga, hay otros que llenan esos vacíos”, explica la directora de Observatorio Niñez Colunga.
Carla Ljubetic, directora ejecutiva de Fundación Valientes, ha observado de cerca este fenómeno. “Las redes pueden amplificar estas situaciones e instalan modelos de comportamiento que los niños y jóvenes replican. Esto lo hemos visto estas semanas, en las que situaciones similares se reproducen entre distintas escuelas del país casi de manera simultánea”, explica.
Sumado a esto, existe una dimensión más profunda. La encuesta de Juventud y Bienestar más reciente les pregunta directamente a los adolescentes de segundo año medio cómo se sienten, y sus respuestas son preocupantes. El 41% cree que no es bueno para nada. El 34% siente que es un fracaso. El 16% se sintió solo casi todos los días durante la última semana. Si bien estas cifras han mejorado respecto de 2021-2022 —el peak de la pandemia—, siguen siendo extraordinariamente altas. “Que uno de cada tres adolescentes se sienta un fracaso sigue configurando una emergencia”, subraya Del Villar.
Y hay otro dato que revela la distancia que muchos niños sienten respecto de los adultos que los rodean: el 37% dice que le resulta difícil o muy difícil tener conversaciones sobre temas personales con sus padres o cuidadores.
Martín es uno de ellos. No porque su mamá no lo quiera —lo quiere, y mucho—, sino porque las jornadas largas, el estrés económico y el agotamiento de la vida cotidiana generan una distancia que a veces no tiene solución fácil y crea una brecha entre ellos. El Observatorio Niñez Colunga lo documenta: las jornadas laborales extensas y el estrés económico postpandemia que afecta a las familias agravan la soledad infantil de manera estructural.
Y una dimensión que no puede quedar fuera es la perspectiva de género. “En la gran mayoría de estos casos, son niños y adolescentes varones quienes protagonizan estos episodios de violencia. Eso nos obliga a preguntarnos qué está pasando con las masculinidades hoy, qué modelos están recibiendo, qué se les está enseñando sobre la resolución de conflictos, cómo ejercer poder, cómo relacionarse”, dice Ljubetic. Incorporar esa mirada, dice, es una tarea necesaria para entender el problema y abordarlo de manera efectiva.
Cuando el sistema no llega
Cuando ocurren tragedias como la de Calama, el primer reflejo colectivo es mirar al colegio. “¿Cómo no se dieron cuenta?” “¿Por qué nadie hizo algo?” “Hay que aumentar la seguridad”. Para Del Villar, esa reacción es comprensible pero profundamente injusta. “El colegio es muchas veces el único espacio de cuidado para niñas y niños en situación de vulnerabilidad, pero no le podemos exigir al docente que sea psicólogo ni psiquiatra. El profesor puede detectar y alertar, pero necesita un sistema articulado que permita derivar y atender”.
El problema es que ese sistema, en muchas partes de Chile, simplemente no existe. En Calama —la ciudad que ostenta el mayor PIB per cápita del país gracias a su actividad minera— no había ningún especialista en salud mental infantil al momento de la tragedia. No es una excepción: el Informe Nacional del Bienestar de la Niñez 2024, también publicado por Observatorio Niñez Colunga, muestra que múltiples regiones del país tienen un ratio insuficiente de psiquiatras infantiles por población.
La Ley de Convivencia Escolar, promulgada a comienzos de este mes, establece que todos los colegios deben contar con psicólogo y encargado de convivencia escolar. Es un avance. Pero la ley existe sobre el papel y la realidad de los colegios es otra. “Las escuelas necesitan tiempo y espacio real para trabajar estas dinámicas desde una lógica formativa, no solo reactiva. Hoy muchos equipos docentes quieren hacer ese trabajo pero no tienen las condiciones para hacerlo”, asegura Carla Ljubetic. Un sistema que cuide, dice, involucra a las familias, a las escuelas, a las autoridades y a la política pública actuando de manera coordinada.
La ilusión de seguridad
Frente al miedo, la respuesta más inmediata fue también la más visible: en el marco de la misma discusión legislativa, se incorporó la facultad que permite instalar detectores de metales en los establecimientos educacionales. Sin embargo, esto puede ser insuficiente y potencialmente peligroso como señal, situación en la que concuerdan las tres organizaciones.
“Entendemos la urgencia: cuando hay temor, la reacción inmediata suele ser más control”, dice el gerente de incidencia de World Vision. “Pero si solo ponemos el foco en vigilancia, llegamos tarde. La violencia se mueve, cambia de forma, y la sanción no repara el daño”. Ljubetic, directora ejecutiva de Fundación Valientes, va en la misma dirección: “Sabemos que combatir la violencia con más violencia solo reproduce el ciclo. Si no tocamos los factores estructurales que están detrás, las soluciones que propongamos no resolverán el problema de fondo”.
“Existe el riesgo de que los detectores de metales desplacen la atención de las inversiones estructurales necesarias. Dan una sensación de seguridad inmediata, pero no abordan las causas de fondo”, advierte Del Villar.
Esto también lo advierten las y los estudiantes. El lunes siguiente a la tragedia en Calama, cientos de estudiantes marcharon por las calles de la comuna, y entre carteles demandando mayor seguridad y justicia para la inspectora fallecida, otros pedían priorizar su salud mental.
Invertir temprano en prevención tiene mejores resultados que la respuesta reactiva ante la emergencia. El Observatorio Niñez Colunga propone un modelo de tres niveles: prevención universal para todas las niñas y niños —deporte, fortalecimiento de vínculos familiares, protección en entornos digitales—; apoyo focalizado para quienes presentan mayor vulnerabilidad; e intervención intensiva y especializada para los casos más graves. “Lo que necesitamos es reducir la cantidad de niños que lleguen a la punta de la pirámide de riesgos. Porque si tenemos muchos niños ahí, no hay sistema que aguante”, dice Del Villar.
Ljubetic lo resume bien: “Lo que necesitamos es poner en el centro el bienestar de la niñez y la adolescencia. Eso implica presencia, conversación, reconstruir los vínculos. Significa que las niñas, niños y jóvenes tengan adultos significativos cerca, que se sientan vistos y acompañados. Las medidas que hemos visto no avanzan aún en esa dirección”.
Martín sigue en su pieza, con el teléfono. Aparentemente no está en riesgo, o al menos nadie lo sabe con certeza. Cuando tiene hambre, va a la cocina y come lo que pilla. Se siente fracasado y triste, pero no se lo cuenta nadie. Sigue yendo al colegio, mientras crece su malestar. Está solo a veces, pero tiene internet. Nadie está atento a él. No porque nadie lo quiera ver, sino porque el sistema no está diseñado para verlo.
“Es muy importante que el nuevo gobierno ponga el bienestar infantil como prioridad central de su agenda”, dice Del Villar. Y agrega algo que suena simple pero que en Chile todavía no ocurre: “Necesitamos ponernos de acuerdo, como sociedad, en cómo vamos a proteger a niñas y niños. Y que no se nos olvide en seis meses, cuando tengamos detectores de metales en todos los colegios y creamos que el problema está resuelto”.
El problema no estará resuelto. Seguirá ahí, en la pieza de ese niño, en la pantalla encendida, en el silencio que nadie interrumpe.
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