Diario Impreso

La vida de un medallista ciego

<P>Fuera de competencia, Cristián Valenzuela, el mejor atleta paralímpico chileno, pasa sus días entre Conchalí, donde creció y perdió la vista a los 12 años, y Renca, donde entrena. Cuando no está en ello, está sobre un escenario dando charlas motivacionales, las que junto a los premios que ha recibido le permiten, como a pocos, vivir del deporte. </P>

-Me gustaría saber quiénes de aquí hacen deporte. Levanten la mano, así los puedo contar - la audiencia queda perpleja.

Son las 9 de la mañana de un lunes en Renca y el auditorio está repleto de lado a lado. El silencio es absoluto. Frente a todos está él, de lentes oscuros, con ambas manos pegadas al micrófono. Entonces, les pide que cierren los ojos, que imaginen a un niño correr y jugar sin preocupaciones. Así era él, dice. Así era antes de perder la vista a los 12 años. Cuando se saca los lentes, Cristián Valenzuela, el mejor atleta paralímpico chileno en la historia, deja al descubierto esos ojos nebulosos que ya no ven.

La primera vez que se paró ante un público para hablar sobre sí mismo fue el año pasado, después de volver de Londres con la medalla de oro de los cinco mil metros alrededor del cuello, la primera para Chile en unos Juegos Paralímpicos. Su público, esa vez, fue la plana mayor de un banco privado. Cuando aceptó, no sabía qué iba a decir ni cuánto iba a cobrar, pero días antes de la charla se juntó con un coach amigo. El le dio dos consejos: primero, escarbar entre sus propios recuerdos, y segundo, aprovechar su particular humor para armar su testimonio.

Cuando entre la audiencia de Renca se escucha una carcajada, Cristián Valenzuela logra al fin olvidar los nervios, algo que pocas veces controla por sí mismo. Desde que ofrece charlas motivacionales, se ha enfrentado a públicos de todo tipo. Niños y jóvenes de todos los niveles sociales, trabajadores de fábricas y hasta grandes empresarios. Esta mañana, sin embargo, no se trata de cualquier público. La mayoría lo conoce bien y desde hace ocho años, cuando un joven no vidente de cabello largo y actitud rapera llegó a trabajar al call center de ese Sodimac. Tenía 22 años.

El miércoles pasado, mientras estaba en su casa, el teléfono de Cristián sonó. Del otro lado, una voz le dijo que le iban a hablar, que no colgara. Cristián se puso tenso. A los segundos lo saludó Gabriel Ruiz Tagle, subsecretario del Instituto Nacional del Deporte. "Tengo que comunicarte algo", le dijo, "pero no puedes divulgarlo aún, porque no se ha dado a conocer públicamente". La noticia lo estremeció. El Premio Nacional del Deporte 2012 era suyo. Con ello, se convirtió en el primer deportista discapacitado en lograrlo. Además del reconocimiento, la distinción viene acompañada de un cheque de $ 10 millones.

Sin embargo, antes de ser reconocido por quien es hoy, Cristián Valenzuela vivía junto a su madre en una habitación en el segundo piso de la casa de sus abuelos, en Conchalí. Allí jugaba a la pelota, tocaba el timbre de sus vecinos y luego corría a esconderse. Allí también perdió la vista producto de un glaucoma, y pasó cuatro años encerrado y casi sin poder levantarse de la cama por una depresión. Dejó el colegio, perdió amigos, se enojó con Dios. Sintió que el mundo se le venía encima.

En el auto otra vez, Cristián toma su celular, conectado a un audífono. La pantalla permanece apagada, pero usa sus dedos para maniobrarlo. "Es un programa que se llama Voice Over, me lee todo lo que señalo en la pantalla. Pruebo en cualquier lado y toco dos veces cuando es lo que quiero. También lo tengo en el computador, así puedo revisar mis correos yo solo durante las tardes", explica. Así también maneja hasta su Facebook.

Luego vuelve atrás en la conversación. "Recordar todo hoy, 18 años después y con 30 en el cuerpo, me sirvió para aceptar lo que había pasado. Estuve cuatro años muy mal y luego me levanté. Terminé el colegio, tomé talleres de computación y conseguí un trabajo para ayudar en los gastos". Con los años comprendió cómo y por qué de un día para otro, un niño como él, nacido y criado en una población acechada por la drogadicción y la delincuencia, se topó años más tarde con el atletismo. El nuevo motor de su vida. Después de refugiarse en el rap y la escritura de poemas, un profesor del Centro Educacional Santa Lucía le mostró el goalball, un deporte para ciegos. Al poco tiempo, el mismo maestro -Erwin Jiménez- le dijo que en el Estadio Nacional buscaban jóvenes ciegos que quisieran practicar atletismo. Fue y quedó. Era el mejor del grupo. En poco tiempo, tuvo una meta relevante: si lograba la marca de los 100 metros, podría competir en un torneo en San Paulo. Lo logró.

Fue ahí cuando se propuso una meta más personal: correr para regalarle una casa a su mamá. Diez años después, en 2011, tras su paso por Nueva Zelandia, donde obtuvo medalla de oro en maratón y de plata en 10 mil metros, volvió con un premio en dinero suficiente como para repartirlo entre su equipo y él. Con eso, pagó la mitad del valor de la vivienda para Edith, su madre, y para el resto tomó un crédito. La cena del Año Nuevo 2012 la celebraron en la casa nueva.

El auto se detiene frente a esa casa. Cristián baja apoyado en el hombro de su mamá. Abre la reja y tres perros de patas cortas salen a recibirlos. Al fondo está Luis, la pareja de Edith. Allí viven los tres. Manuel y Pedro, sus hermanos mayores, viven con sus familias. Y de Manuel, su padre, Cristián dirá luego que sólo recuerda sus paseos al hipódromo, que vive cerca de ellos, pero que no mantiene relación con él. Confesará, además, que fue un padre ausente, que no lo acompañó en sus momentos más difíciles.

En el living cuelga una vitrina con todas sus medallas. "Esta es mi favorita", dice Edith, mostrando la que obtuvo su hijo en Londres 2012 y que parece un galletón de oro escrita en braille. Cristián se sienta en un sillón y toma una revista. Parece algo incómodo. Comienza a hojearla. No se detiene. "Esta tele me la compró mi hijo, me llevó engañada, eso sí, a comprarla", insiste ella. Las hojas de la revista siguen avanzando. "¿Comamos algo?", exige Cristián.

Ya sentados a la mesa, Luis agradece a Dios. Cristián creció en "cuna evangélica", como él mismo lo define. Iba a la iglesia, participaba en talleres y se sentía cercano a Dios. Cuando quedó ciego vino el quiebre. "Me enseñaron que no se cae ni una hoja de un árbol sin la voluntad de Dios, entonces no entendía. ¿Lo merecía, me estaba castigando? Años después volví a acercarme a El, volví a ir a la iglesia y hoy voy cuando puedo. Siempre voy de frente, digo que soy evangélico, y en todas mis carreras me encomiendo a El", comenta.

Durante la comida, suena su teléfono. Contesta. La llamada dura algunos minutos.

-¿Quién era?- pregunta Edith.

-Harold Mayne-Nicholls. Quiere que haga dos charlas con él, una en la Universidad Católica y otra no sé dónde. Me simpatiza él.

En su habitación la luz nunca se enciende, y durante casi todo el día suenan canciones de rap. De las paredes cuelgan una camiseta de Colo Colo, una bandera chilena y fotografías familiares. Sobre el velador hay una Biblia forrada en cuero, y en otro mueble, un teclado. A veces toca. En otras escribe, y usa su cuenta de Facebook para publicarse. Cristián está apoyado en el ropero y con una maleta vacía a sus pies. Debe llenarla con ropa para viajar a Iquique esa misma tarde. Allá dará tres charlas y entrenará ante varios jóvenes en el estadio Tierra de Campeones.

Desde que comenzó a correr, Cristián entrena todas las mañanas y tardes. Siempre en el Estadio Municipal de Recoleta. Allí tiene todo lo que necesita, una pista de recortán, a su entrenador, Ricardo Opazo -con quien trabaja desde el 2008-, y a los seis guías que se turnan para correr junto a él enlazados por una cuerda a la muñeca. Uno de ellos, Francisco Muñoz, será su chaperón en su viaje a Iquique.

Mientras trabajaba en el call center, los entrenamientos dependían del horario del trabajo y sólo los podía hacer una vez al día. Luego de estar en Beijing 2008, cuando decidió dedicarse sólo a correr, optó por entrenar en dos tandas. Se levantaba a las 7 a.m., pedía un auto y se iba al estadio, donde entrenaba poco más de dos horas. Luego volvía a casa, desayunaba y volvía a salir solo. Cuando tenía que ir al trabajo, lo hacía en micro, caminando con su bastón hasta el paradero y parando cualquier bus, si le servía lo tomaba. Su mamá trabajaba como asesora del hogar, ya no. Y desde el 2012, cuando ya había ganado los premios de Londres, Nueva Zelandia y se transformó en "rostro" de la Fundación Luz -dedicada a educar a niños ciegos-, él tampoco trabaja ni una hora en el call center.

En su casa, Cristián conoce los espacios de memoria. Anda sin bastón y a paso firme. Lo único que tiene prohibido hacer es cocinar, por el riesgo de quemarse. Sin embargo, sabe que es algo que tendrá que poner en práctica. Esta semana arrendó en el centro de Santiago, a pasos del Teatro Teletón. En los próximos días comenzará a trasladar de a poco sus cosas y se irá a vivir solo. Aunque ahora está sin polola, dice que quiere vivir solo antes de casarse y tener un hijo. Ese es otro de sus sueños.

"Con los años he perdido la seguridad en la calle. Además, mi 'ma' (mamá) se ha puesto miedosa desde que gané medallas y me he hecho más conocido. Hoy me muevo en auto, a menos que alguien ande conmigo. Si voy a salir con una chica, por ejemplo, me hago el valiente y agarro el bastón. Pero en el día a día prefiero moverme más seguro y rápido para no perder tiempo. Antes me demoraba una hora, hora y media en llegar a cualquier parte. Hoy, me toma 20 minutos".

En el aeropuerto de Iquique, ciudad donde no había estado nunca antes, cuenta que cada vez que pisa un aeropuerto recuerda su regreso de Londres, en 2012. La prensa lo esperaba. Ese día, un periodista le hizo una pregunta que le quedó dando vueltas. "Me dijo: 'Si ya eres campeón mundial y medallista paralímpico, ¿qué se viene ahora?'. No le pude responder. Pensaba y pensaba. Ahora tengo la respuesta".

Tiene varios proyectos en carpeta. Por un lado están las charlas. Dicta unas cinco a seis por mes. Y si a las empresas ya ha podido llegar a cobrar un millón de pesos por ellas, a los establecimientos educacionales y fundaciones pequeñas no les cobra.

La próxima semana materializa otro proyecto: abrirá una tienda -en Manquehue Norte- de artículos para corredores. La idea se le ocurrió después de un viaje a España, hace dos años. El local ya está arrendado, se llamará "Re-corrido", y sólo faltan algunas marcas para el stock. Por otro lado, planea una corrida para personas con discapacidad para el 22 de diciembre, y junto al Servicio Nacional de la Discapacidad (Senadis) establecerá el tramo a correr. La meta es reunir tres mil personas frente a La Moneda.

"Ese mismo día pretendo lanzar otro proyecto, uno aún más importante. Crearé una fundación para abrir espacios de inserción para personas con discapacidad en lo laboral, social, educativo y hasta en el deporte. Estoy trabajando con dos abogados que me convencieron de la idea de hacer algo paralelo al deporte y estamos viendo el tema de los formularios y la personalidad jurídica en estos días".

-Tanto proyecto huele a retiro. ¿Tienes 30 años, ya consideras dejar las pistas?

-Me proyecto hasta el 2016, pensando en el Parasudamericano y otro Panamericano en 2015, pues no tengo medallas en campeonatos de ese tipo. En 2016 habrá otros Juegos Paralímpicos y pretendo volver con las manos alzadas. Ese año cumpliré 10 años en el deporte, y me parecen suficientes. Quiero retirarme así, que la gente piense que me fui como campeón y que no decaí para hacerlo. Si surge otra cosa en el camino, bienvenida sea".

Después de una charla en Alto Hospicio a jóvenes de tercero y cuarto medio, de almorzar y otra charla a jóvenes en Iquique, Cristián vuelve al hotel para cambiarse de ropa. Francisco, su ayudante, no se le despega. En el trayecto al Estadio de Campeones, el auto pasa frente a la playa.

-¿Conocen la camanchaca?-pregunta, y sin esperar respuesta sobre esa neblina espesa de la costa, él sigue. -Así es como veo todo. Borroso, como una gran e interminable nube-.

Ya en el estadio, 30 jóvenes lo esperan. Algunos se toman fotos con él, le piden tocar y ver de cerca las medallas. Otros, los menos, prefieren acompañarlo durante el entrenamiento. El cielo iquiqueño está oscuro, y un manto gris lo cubre por completo. Cristián comienza a correr. Francisco, su guía, le sigue el paso. Casi una hora y media después, Cristián dirá que no recuerda cuántas vueltas dio, que da lo mismo, que lo que importa es nunca dejar de hacerlo. Dirá también que cuando corre, su pista es gris e interminable. Que si pudiera, correría el mundo entero.S

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