Manifiesto: Michael Hammer
Mi padre fue asesinado en El Salvador cuando yo tenía 17 años. Días antes, estuvimos en la terraza de nuestra casa en Washington y le pregunté cómo podía seguir yendo si era tan peligroso. El me dijo que uno puede morirse en un accidente de tráfico o cruzando la calle y que esto era algo que él tenía que hacer. El trabajaba en asuntos sindicales, laborales, asociados con las embajadas. En 1981 estaba viendo unas reformas agrarias en un momento turbulento de El Salvador. Ahí, en uno de sus viajes, fue asesinado por dos soldados militares asociados con la extrema derecha en ese lugar. Eso me hizo querer continuar el trabajo de mi papá y dedicarme a esto e influenció en que quisiera hacer una carrera como diplomático.
A los 14 años ya había vivido en cinco países. En Boston, haciendo una maestría, conocí a Margaret, mi esposa. Margaret estaba estudiando para ser diplomática en Islandia, pero eso no dio para más, porque era muy complicado que los dos hiciéramos la misma carrera. Finalmente, me dediqué yo. Hoy tenemos tres hijos. En un inicio vivíamos en Washington, pero nos destinaron a Bolivia. Una de mis hijas me dijo que le estaba destrozando la vida. Dos años más tarde, cuando estábamos regresando a Washington, no quería irse de Bolivia y nuevamente me dijo que le estaba destruyendo la vida.
Me encantan las redes sociales. Mi cuenta de Twitter la manejo yo y trato de poner muchas cosas que me interesen. Las redes sociales nos ayudan, porque quiero ser más accesible como embajador, quiero que la gente piense o crea que puede hablar conmigo o que podemos intercambiar palabras. Obviamente, no puedo juntarme con todos, pero a través de las redes sociales se puede mantener cierto diálogo, sobre todo para derribar la percepción de que a Estados Unidos no le interesa Latinoamérica, porque la verdad es que sí le prestamos mucha atención.
Mi hija se va a graduar próximamente y quisiera estar ahí, pero no sé si voy a poder. No es fácil tener lejos a mis hijos. Dos de los tres viven en sus universidades en Estados Unidos. Es difícil no estar cuando les pasa algo, aunque uno se acostumbra. Por estas obligaciones, uno se pierde muchos cumpleaños. Los fines de semana trato de compartir con mi esposa y mi única hija que vive en Chile, cosa que acá se puede, porque es un país muy familiar, pero se nota la ausencia de mis otros dos hijos. Da pena que no estén para el Día de Acción de Gracias o Navidad, es algo que uno resiente. Este último año eso fue lo más difícil de las fechas importantes.
Trato de leer siempre La Cuarta, para entender los chilenismos. Mi chilenismo favorito es "altiro", porque es muy estadounidense. Me identifica, porque me gusta que las cosas pasen rápido. Los chilenismos, eso sí, son complicados. Al principio no entendía lo del "taco", porque en Estado Unidos era algo que se come, lo otro se llama tráfico. Hay palabras que se relacionan con otra cosa y eso es lo que complica. También usan muchos términos con animales que son buenos o malos. Cuando alguien dice "cabros" me suena muy mal viniendo de España, pero acá es normal. Uso "bacán", pero mi expresión favorita es "altiro".
Mi lugar favorito de Chile es San Pedro de Atacama. Antes, todos me decían al llegar que tenía que ir al sur, a la Patagonia específicamente. Y sí, me encantó, pero esos paisajes ya los he visto. Ir a Punta Arenas es como ir a Islandia. Es muy parecido el panorama y el paisaje. Lo que me ha impactado más es el Desierto de Atacama. Es algo impresionante. Fui con Margaret y mi pequeña hija a ver el desierto florido y fue espectacular. Es místico. En ese lugar me siento bien.
Pisé Chile y se puso a temblar. Santiago me recibió con una gran réplica para el cambio de mando, cuando asumió Sebastián Piñera. Lo viví con tranquilidad y me fui acostumbrando. Me tranquiliza que la gente sepa qué hacer y que la respuesta del gobierno sea tan buena. Eso es algo de lo que tenemos que aprender en Estados Unidos, porque allá las cosas se caen. No les tenía tanto miedo a los temblores, pero una cosa es no tenerles miedo y otra es que duren tanto rato, que sean seguidos y tan fuertes como los de aquí. Mi hija pequeña, después de ese temblor más reciente dijo: bueno, ya podrían parar, ¿no? Y tiene razón.
No puedo ir a trotar, porque mis compañeros carabineros corren más rápido que yo. Prefiero no hacer el show, porque lo voy a pasar mal. Una vez, en Maitencillo, se me ocurrió salir a correr con uno de mis compañeros carabineros que me hablaba todo el rato y yo no podía ni respirar. O corría o hablaba, pero no podía hacer las dos cosas.
Soy hincha de Deportes Concepción, porque juegan de morado. Antes de decirme que iban mal los empecé a seguir en el primer viaje a Concepción. Ya no salgo de esa: fuerza, garra y corazón. Me gusta el fútbol. Me encanta ir al Estadio Nacional cuando juega la Roja. Me gusta la emoción de cuando tocan el himno chileno, se baja el volumen y todos siguen cantando. Me encantan el Pitbull y el Mago. Con Alexis Sánchez tenía problemas, porque él estaba jugando en el Barcelona, pero ahora que está en Arsenal me encanta. He llegado a conocer a Elías Figueroa por esta pasión. Eso es entretenido, y como me crié jugando fútbol, es algo que puedo compartir con otros y me gusta.
Se me hace muy complicado bailar cueca. Me encanta bailar junto a mi esposa y bailo de todo: desde salsa hasta rock. Ahí no me canso, porque la música me anima, pero el primer año acá me di cuenta de que la cueca me cuesta más. Por lo mismo, uno de nuestros guardias que era experto en cueca me quiso enseñar. Se lo tomó muy en serio y me dijo y explicó todos los pasos que tenía que hacer, pero a mí me costaba tratar de hacerlo perfecto. Tenía que practicarlo y tenía un par de semanas nada más para hacerlo frente a todos. Estaba muy nervioso. Finalmente bailé con una guardia que me fue guiando y que se aseguró de que no hiciera el ridículo. Y creo que lo logró.
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