Por Pablo Retamal N.Manuel Rodríguez, el Director Supremo: las 24 horas de caos en que el guerrillero tomó el mando de Chile
Mientras el ejército patriota se dispersaba tras la derrota de Cancha Rayada y el paradero de O’Higgins era un misterio, el célebre guerrillero decidió no huir. Entre el pánico y los rumores de muerte, Santiago lo aclamó como su salvador en un cabildo histórico.

No tendría que haber estado en Santiago. En rigor, el 21 de marzo de 1818, sorprendió al célebre guerrillero Manuel Rodríguez Erdoiza de paso por la ciudad. Había sido destituido de su cargo de auditor de guerra del Ejército de los Andes, y nombrado representante del gobierno de Chile ante Buenos Aires. Por lo mismo, debía estar en pleno viaje. Sin embargo, los rumores y el miedo que se apoderaron de la capital hicieron que Rodríguez se quedara.
Ocurrió que a las nueve de la mañana de ese 21 de marzo, un escalofriante rumor comenzó a correr por las calles de Santiago, que a esa hora congregaban a los primeros devotos que asistían a la misa de sábado santo. El ejército patriota había sido derrotado de forma calamitosa por los realistas en la sorpresa de Cancha Rayada, cerca de Talca, dos días antes. El desastre era total. Poco se había conseguido salvar y el paradero del Director Supremo, Bernardo O’Higgins y del general José de San Martín, era desconocido. Se especulaba que ambos habían muerto.
“Los dispersos referían el desastre con los colores más sombríos y aterradores que les sugería su imaginación embriagada por el pánico”, relata Diego Barros Arana en su Historia general de Chile. “A pesar de las precauciones tomadas por los centinelas para detener los que venían del sur, estos penetraban en la ciudad abatidos y desalentados, contando a cuantos encontraban la total desorganización del ejército patriota”.

No faltaban quienes ya hablaban de una nueva emigración a Mendoza, tal como en 1814 después del Desastre de Rancagua. “Las calles estaban llenas de mulas cargadas y de carros que conducían fuera de la ciudad a los emigrantes con sus mujeres y familias. El número de los que se ponían en marcha era muy grande, y las personas que estaban cerca del gobierno eran las primeras en partir”, detalla Barros Arana. Incluso el reemplazante de Rodríguez como auditor de guerra, el argentino Bernardo de Monteagudo, huyó despavorido hacia dicha ciudad. Pero Manuel Rodríguez estaba hecho de otra madera.
En vez de huir, ese mismo 21 de marzo solicitó formalmente al gobierno no realizar su viaje y quedarse a cooperar en Santiago. La actitud sorprendió al coronel Luis de la Cruz, Director Supremo delegado que había dejado Bernardo O’Higgins mientras este se encontraba en campaña con San Martín. “El director Cruz accedió sin vacilar a esta solicitud, concediéndole el titulo de edecán de gobierno durante el conflicto de la patria”, anota Barros Arana. Pero a Rodríguez las menudencias protocolares lo tenían sin cuidado. Estimaba que De la Cruz no estaba cumpliendo de manera eficiente su labor de defender la capital. “[Rodríguez] creía que era menester levantar la población en masa para reemplazar con un vigoroso impulso popular el ejército aniquilado en la derrota”.
Con el correr de las horas, los ánimos algo se aquietaron con la llegada de una carta del mismísimo San Martín reconociendo la derrota pero llamando a la calma, asegurando que todo estaba bajo control. De la Cruz hacía lo que podía, pidió que se enviara a Santiago al Batallón de Infantes de la Patria, el regimiento de negros y pardos, que se había acantonado en Valparaíso; mandó erigir unas defensas fortificadas en la angostura de Paine, sin embargo, aquellas labores fueron pronto dejadas de lado al notarse que no ayudarían de mucho a frenar al invasor español que, se creía, no tardaría en marchar sobre Santiago.
Pero a un grupo de conspicuos vecinos capitalinos ello no les bastaba. “Los mismos que propalaban esas voces [de desastre y que San Martín y O’Higgins estaban muertos] eran los primeros en acusar al director delegado de flojedad [sic] y vacilación en las medidas que tomaba para organizar la defensa de la capital”, señala Barros Arana. Así, lograron que se convocara a una asamblea en el Palacio de Gobierno, tal como los antiguos cabildos abiertos del período colonial, para discutir las medidas que se debían tomar ante la urgencia. Uno de los impulsores de la idea era justamente Manuel Rodríguez Erdoiza.

“Celo, actividad y patriotismo”
A las 11 de la mañana del 23 de marzo, se reunió un Cabildo en el Palacio de Gobierno para discutir las medidas en torno a la defensa de Santiago. “Gente del pueblo reunidos en la plaza pública, por algunos agitadores de opinión, gritaban: ¡Viva Manuel Rodríguez!“. Es que él y sus aliados -simpatizantes de José Miguel Carrera- veían la ocasión como una oportunidad perfecta para hacerse con el poder.
Rodríguez, de hecho, comenzó a hablar. Sus palabras han quedado registradas por la historiografía: “Me toca una tarea muy penosa: la de comunicar a mis conciudadanos los detalles del triste suceso que ha ocurrido en la noche del jueves 19. El ejército ha sido sorprendido y derrotado tan completamente que en ninguna parte se hallaban esa noche cien hombres reunidos alrededor de sus banderas. iAh! El orgulloso ejército que existía una semana ha, y en el cual fundábamos todas nuestras esperanzas, no existe ya. Se anuncia que el Director O’Higgins ha muerto después de la derrota, y que el general San Martín, abatido y desesperado, no piensa más que en atravesar los Andes. Pero es preciso, chilenos, resignarnos a perecer en nuestra propia patria, defendiendo su independencia con el mismo heroísmo con que hemos afrontado tantos peligros”.

De la Cruz objetó argumentando que existía una carta de San Martín y que la situación era mucho menos calamitosa que la que mostraba Rodríguez. Así, comenzó un áspero debate en el seno de la asamblea. Lo describe Barros Arana: “Algunos de los concurrentes pedían un cambio inmediato de gobierno, y que Rodriguez asumiese el mando supremo para organizar la resistencia. El teniente coronel don Joaquin Prieto, que desempeñaba el cargo de comandante general de armas de Santiago y de jefe de la maestranza, apoyado por algunos de los miembros mas prestigiosos de esa asamblea, se opuso resueltamente a la adopción de esa medida; pero sin poder rechazar victoriosamente las exigencias que se hacían valer a nombre de la voluntad popular, tuvieron él y sus amigos que aceptar un arbitrio conciliatorio, que si bien llevaba al gobierno el contingente de un espíritu ardoroso y capaz de alentar la opinión, envolvía el peligro de hacer desaparecer la unidad de la acción administrativa, mas indispensable que nunca en aquella terrible situación”.
Como la figura de los cónsules de la República en la Roma antigua, cuando el Poder Ejecutivo lo ejercían dos personas, los chilenos de 1818, apremiados por la urgencia, nombraron a dos directores supremos: el ya mencionado Luis de la Cruz, y a Manuel Rodríguez.
El acta de nombramiento rezaba: “En fuerza de la autoridad que reside en el pueblo, que las facultades del supremo director propietario se entiendan una e indivisiblemente delegadas en toda su extensión en los ciudadanos coronel don Luis de la Cruz y teniente coronel don Manuel Rodriguez, de cuyo enérgico celo, actividad y patriotismo espera el pueblo la salvación de la patria, debiendo ellos responder a la generación presente y a una inmensa posteridad del interesante encargo que se les confía”.
Esa asamblea también pasó a la historia por una frase atribuida a Rodríguez en su alocución: “Aún tenemos patria, ciudadanos”. Pero, tal como muchos acontecimientos ligados a su trayectoria, no existe total certeza si ella fue pronunciada. “El registro más antiguo de la arenga al que he podido acceder corresponde al que realiza Salvador Sanfuentes en su obra Chile: desde la batalla de Chacabuco hasta la de Maipo y data del año 1850″, detalla a Culto el investigador serenense Javier Campos Santander, autor del libro Tras la huella de Manuel Rodríguez, aún inédito.“Sin embargo, Sanfuentes no precisa el origen de la información y podría corresponder, incluso, a una licencia del autor”, agrega.

A las 2 de la tarde del 23 de marzo terminó la asamblea y Rodríguez no perdió el tiempo. Recorrió a caballo las calles de la ciudad dando ánimos al pueblo usando su carácter encendido y su carisma con el que seducía a las masas, al contrario del compuesto De la Cruz. Acto seguido, concurrió al almacén de armas, y pese a la oposición del comandante Joaquin Prieto comenzó a repartir fusiles y sables para todo aquel que quisiera tomarlos, para defender la patria.
Acto seguido, creó al célebre regimiento de caballería Los húsares de la muerte. " Tendría este por divisa una calavera de paño blanco sobre fondo negro, como símbolo de la resolución inquebrantable de sucumbir en la campaña antes que tolerar el triunfo del enemigo -describe Barros Arana-. Rodriguez se reservaba el mando de ese cuerpo, y dio los cargos de oficiales a los más ardientes y decididos entre sus amigos y compañeros. El escuadrón llegó a contar hasta doscientos hombres bien armados, pero mal vestidos, y ademas desprovistos de disciplina, lo cual fue una de las causas que se tuvieron en vista para no incorporarlo al ejército regular".
Barros Arana habla más bien de una divisa, no de un uniforme negro con el que se suele representar a Rodríguez. Lo más exacto sería imaginárselo con un dolmán verde, como en la reciente novela El húsar y la muerte, del escritor Andrés Valenzuela. Este, tiene sus razones para aquello, así lo explicó a Culto.
“Las imágenes más célebres de Manuel Rodríguez, como aquella con el uniforme negro de Húsar de la Muerte, fueron realizadas con posterioridad a su muerte, varios años después de hecho, y son obra de artistas por lo que son interpretaciones del personaje. En la novela también se optó vestuario militar, en particular un dolmán verde de alamares negros que se sacó de Vida de Manuel Rodríguez El Guerrillero de Ricardo Latcham, una de las obras más clásicas sobre el tema. Ahí se describe esta indumentaria cuando Manuel Rodríguez marcha hacia su muerte con el regimiento Cazadores de Los Andes y luego cuando una vez asesinado se hace inventario de sus pertenencias. Esto también puede tratarse de una interpretación de parte de aquel autor, pero de serlo está concebida en circunstancias que me parecieron más creíbles".

El regreso de O’Higgins
¿Y dónde estaba O’Higgins? El mismo 21 de marzo, cuando llegaron las noticias calamitosas de Cancha Rayada, De la Cruz mandó a un emisario para que encontrara al Director Supremo titular y lo trajera a Santiago como fuese que se encontrase. Este, tuvo éxito, y halló al general en San Fernando, el 22 de marzo. Ahí, fue informado de cuanto acontecía en la capital. A pesar de que se encontraba con fiebre y debilitado por la pérdida de sangre que la causó la herida recibida en su brazo durante la batalla de Cancha Rayada. El cirujano del Ejército, Juan Green, objetó el viaje argumentando que no le sentaría bien al chillanejo. Pero este, viendo que la situación era desesperada, decidió sin más, montar a caballo y cabalgar a Santiago.
O’Higgins galopó toda la noche y llegó a Rancagua al amanecer del 23 de marzo, solo horas antes que comenzara la asamblea en Santiago. En la ciudad donde había sido derrotado en 1814 descansó unas horas su extenuado cuerpo, revistó las tropas reunidas por el general Balcarce y los coroneles Zapiola y Freire, dio una serie de indicaciones para reunir al Ejército que venía en desbande desde Cancha Rayada, y a continuación, se reunió con el ministro Miguel Zañartu, quien había llegado en coche desde Santiago para verlo, relatarle las últimas nuevas y pedirle que volviese cuanto antes. Esa tarde comenzó el regreso a la capital, donde llegó a las 3 de la mañana del 24 de marzo. De inmediato, pidió ver a De la Cruz. Este acudió presto al llamado. Ahí fue que O’Higgins se enteró de la noticia del nombramiento de Manuel Rodríguez como Director Supremo.
“Habiendo llamado a esas horas al coronel Cruz para imponerse del estado de la capital, supo O’Higgins con todos sus detalles los sucesos del día anterior, conoció el desacuerdo que ya se había pronunciado entre los dos hombres que en ese momento estaban ejerciendo el mando supremo, y creyó ver en las medidas tomadas por Rodriguez, los actos de un espíritu irreflexivo y turbulento que comprometía seriamente la situación, formando un cuerpo de tropas que por su indisciplina no podía prestar servicio alguno efectivo, y distribuyendo indiscretamente entre el populacho las armas que eran indispensables para equipar al ejército”, dice Barros Arana.

Rápidamente, O’Higgins pidió a De la Cruz que llamara a la asamblea de las corporaciones, para antes ellas reasumir el mando de la nación. Se hizo ese mismo 24 de marzo, al mediodía en su despacho del Palacio Directorial. Manuel Rodríguez no puso objeciones, y entregó el poder sin chistar.
“Aunque muchas personas temían que se hubiesen producido manifestaciones populares excita das por los parciales de Rodriguez, para mantener aquella situación provisional, nadie se atrevió a proferir una sola palabra en ese sentido. O’Higgins, por el contrario, fue saludado por la asamblea con todas las demostraciones de respeto y de deferencia; y cuando, levantándose del sillón directorial, se puso de pie con el brazo entrapajado y con el rostro pálido por la fatiga, la concurrencia prorrumpió en calurosos aplausos...O’Higgins reasumió allí mismo el gobierno del estado en medio de las aclamaciones de los circunstantes”.
José de San Martín llegó a Santiago en la profundidad de la noche siguiente, la del 25 de marzo, dispuesto a organizar al Ejército para la batalla que se avecinaba y que se olía decisiva. Era la victoria final que se había escapado en Cancha Rayada, pero que tendría un nuevo nombre, Maipú. Manuel Rodríguez y sus Húsares de la muerte tendrían una participación acotada en esa batalla, que pasó a la historia por el abrazo entre San Martín y O’Higgins. Pero esa es otra historia.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
3.
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lee La Tercera.
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE

















